¿El poder de la queja?

Reivindicar lo incómodo para no desaparecer en el silencio

Hace poco, cerrábamos el año con una invitación a buscar sentido y no sólo productividad. A entrar en este nuevo ciclo con preguntas más que con respuestas. Pero para que esa búsqueda sea real, hay un obstáculo que debemos derribar primero: la dictadura de que «todo tiene que estar bien».

Enero suele ser el mes de los buenos propósitos, de la lista de metas y de la sonrisa forzada ante el calendario. Pero, 

¿Y si empezamos por otro lado? 

¿Y si antes de sumar hábitos, nos atrevemos a escuchar lo que nos chirría?

Desde pequeños nos han enseñado a no quejarnos. A resistir. A callar. A «aguantarse como los valientes», como si el dolor, el descontento o la frustración fueran señales de debilidad que debiéramos ocultar.

Decir “me molesta”, “esto me duele” o “esto no es justo” ha sido, culturalmente, percibido como un signo de inmadurez o falta de carácter.

Y, sin embargo, ¿qué tal si la queja no es el problema, sino un síntoma necesario?

¿Y si acallar la queja es, en realidad, silenciar algo vital?

La queja mal comprendida, ignorada, minimizada o ridiculizada puede ser uno de los gestos más humanos, más potentes y más reveladores de nuestra conciencia ética, emocional y existencial. Pero también puede volverse una sombra permanente, un ruido molesto y repetitivo si no se canaliza con sentido. En esa tensión reside su poder.

Quejarse no es lo mismo que victimizarse

Vivimos en una cultura que ha confundido expresión emocional con debilidad, y autoconciencia con dramatismo. Al hacerlo, ha puesto en la misma bolsa a quien se queja para no sucumbir con quien lo hace para manipular, desahogar sin filtrar o instalarse en la pasividad. Y esto es injusto. Hay una diferencia clara aunque sutil  entre la queja legítima como resistencia crítica y el victimismo como huida de la responsabilidad.

Quien se queja con conciencia está señalando una disonancia, un dolor no procesado, una injusticia aún no reparada. Lo hace para ponerla en palabras, confrontarla, compartirla, procesarla o buscar solución. No está pidiendo lástima, está pidiendo escucha. Y eso merece respeto.

En cambio, quien se instala en el lamento constante sin propósito ni acción, convierte la queja en un ruido de fondo que acaba por desactivar toda posibilidad de cambio. Esa forma de queja desvitalizada, reactiva, crónica  sí puede volverse tóxica, y lo sabemos. Pero no todas las quejas son así.

Algunas son verdaderos gritos silenciosos, ahogados por años de aguante, que solo necesitan un cauce ético para emerger sin romperlo todo.

La brújula de la autoconservación

La queja también puede ser un acto de autoconservación. Como una fiebre en el cuerpo que avisa de que algo no anda bien, la queja nos habla de lo que duele, de lo que necesita ser mirado, ajustado, reparado. Reivindicar su legitimidad es defender nuestra capacidad de sentir, de marcar límites, de no aceptar lo inaceptable.

Y eso es radicalmente humano.

Silenciar la queja por miedo al conflicto, al juicio o a la desaprobación  no nos hace más maduros, ni más espirituales, ni más profesionales. Solo nos desconecta de nuestra capacidad de detectar cuándo algo no está bien. Nos convierte en versiones adormecidas de nosotros mismos. Nos aliena.

Frente a eso, la queja consciente puede ser brújula y frontera. Nos indica cuándo algo nos está dañando, nos informa sobre nuestras necesidades, y puede darnos el impulso para trazar una línea clara entre lo que toleramos y lo que ya no.

Cultura de la positividad obligatoria

Vivimos en una era de autoayuda edulcorada donde todo parece resolverse con “agradece más”, “enfócate en lo positivo” o “haz como si nada pasara”. Esta lógica de la “positividad obligatoria” no sólo es ingenua, sino peligrosa. Nos exige neutralizar emociones incómodas como la rabia, la tristeza o el desencanto en nombre de una paz aparente que no transforma nada.

Pero la queja puede ser, precisamente, un punto de inicio para la transformación.

No toda crítica es destructiva. No todo descontento es ingratitud. No todo malestar es debilidad. Reivindicar el derecho a la queja es reconectar con la parte de nosotros que aún se resiste a normalizar lo injusto, lo incoherente o lo hiriente. Que aún dice “esto no está bien, y no quiero vivir como si lo estuviera”.

Buber y el riesgo de no decir “tú”

En su obra Yo y Tú, Martin Buber distingue entre dos tipos de relaciones: las que están marcadas por la experiencia de encuentro Yo-Tú  y las que se dan en la lógica instrumental Yo-Ello. 

En la relación Yo-Tú, el otro es un sujeto con dignidad, con voz, con misterio. En la relación Yo-Ello, el otro se convierte en objeto, en cosa útil o descartable.

La queja, cuando surge desde una herida en la relación, es a veces la última tentativa de recuperar el “tú” antes de que todo se vuelva “ello”. Es el modo en que alguien dice: “¡mira que estoy aquí, que esto me afecta, que todavía me importa!” Si no la escuchamos, lo que viene después es el silencio, el desapego, la deshumanización.

Porque sin el Tú, y sin el Nosotros, el Yo se desintegra. No hay identidad plena sin vínculo, sin reconocimiento, sin reciprocidad. Y la queja, bien gestionada, es muchas veces el grito desesperado de ese vínculo por no romperse del todo.

Elogio del malestar lúcido

La queja puede doler. Puede incomodar. Pero también puede salvarnos de convertirnos en piezas sumisas de un sistema que premia el aguante silencioso y castiga la expresión honesta.

No todas las quejas son ruidosas. Algunas son música disonante que aún resiste la domesticación del alma. No todas las quejas son reclamos infantiles. Algunas son gritos adultos que se niegan a aceptar que esto sea todo lo que hay. No todas las quejas son negativas. Algunas son profundamente afirmativas: afirman que merecemos más, que deseamos algo mejor, que aún creemos en la posibilidad del cambio.

Así como escuchamos al cuerpo cuando tiene sed, también deberíamos aprender a escuchar nuestra “queja interna”. Esa voz que no siempre grita, pero que se hace presente como malestar persistente, como microirritación, como necesidad no atendida.

Si no la escuchamos a tiempo, se transforma en ruptura.
Si no la nombramos, se convierte en resentimiento.
Si no la legitimamos, se vuelve cinismo o indiferencia.

Escuchar la queja antes de que se convierta en agotamiento, enfermedad o silencio irreversible es un acto de cuidado profundo. Es hacernos cargo del mensaje que late detrás del ruido, para descifrar su llamada.

Reivindicar la queja no es hacer apología del lamento perpetuo, ni instalarse en la quejumbre improductiva. Es reconocer que hay dolores que necesitan voz, frustraciones que merecen ser escuchadas, y situaciones que solo pueden empezar a cambiar cuando alguien dice: “¡ya basta!”.

El reto está en no quedarnos allí. En usar esa energía para movernos. En canalizar la queja para comprender, para transformar, para actuar.
Porque toda queja bien escuchada puede ser el inicio de una historia diferente.

Para este inicio de año, te propongo un reto diferente: Escucha tu queja interna. No la ignores, no la ridiculices, no la silencies. Dale un cauce. Dale palabras. Pregúntate qué revela, qué reclama, qué desea.

Y si aún no sabes cómo gestionarla… será un placer y un honor acompañarte a liberarla, comprenderla y transformarla en cualquiera de mis espacios semanales “Vivir tu mejor vida”, o en los otros coloquios participativos, reflexivos y autoevaluativos que coordino en vivo y en directo, de lunes a viernes.

Porque toda queja bien escuchada puede ser el inicio de una historia diferente.

Nos vemos dentro.Semper Fidelis,Ber

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1 comentario en «¿El poder de la queja?»

  1. Muy buen artículo Bernhard!

    es tremendo como los conceptos llevan asociadas determinadas connotaciones que en gran medida distorsionan la manera de ver y atender lo que nos sucede, fuera y dentro de nosotros.

    Gracias por compartir esta visión tan interesante de la queja!
    May

    Responder

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