Heated Rivalry (Más que rivales)
Cuando el hielo arde: sexo, amor y homofobia en el deporte profesional
El 5 de febrero de 2026 llegó a España a través de Movistar Plus+ el fenómeno romántico del momento: «Heated Rivalry» («Más que rivales»), una serie canadiense de seis episodios que ya había arrasado en Estados Unidos y Canadá desde su estreno en noviembre de 2025. Basada en la novela homónima de Rachel Reid, la serie narra la historia de Shane Hollander e Ilya Rozanov, dos estrellas del hockey profesional que desarrollan una relación secreta que se extiende a lo largo de ocho años. Lo que podría haber sido otra historia romántica más se ha convertido en el acontecimiento cultural queer de 2025, alcanzando el 95% de aprobación en Rotten Tomatoes y generando millones de conversaciones en redes sociales. Pero el éxito de «Heated Rivalry» no es casual: la serie pone el dedo en heridas que el mundo del deporte (y la sociedad en general) siguen sin querer curar.
El fenómeno romántico del momento: por qué ahora y por qué ellos
«Heated Rivalry» llega en un momento bisagra para la representación queer en los medios mainstream. Después del éxito de «Heartstopper» (Netflix) y «Rojo, blanco y sangre azul» (Prime Video), el público ya no se conforma con representaciones edulcoradas de la experiencia LGBTIQ+. El creador Jacob Tierney lo tiene claro: «Lo que es fundamentalmente diferente en Heated Rivalry es el sexo. El sexo es desarrollo de personajes; no es solo una escena de sexo aleatoria en cada episodio». Esta apuesta radical (casi todas las escenas sexuales del libro aparecen en la serie) es lo que ha convertido la serie en viral.
La química entre Connor Storrie (Ilya) y Hudson Williams (Shane) ha generado tal revuelo que ambos actores fueron seleccionados como portadores de la antorcha olímpica para los Juegos de Invierno de Milán-Cortina 2026, desfilaron en pasarelas de moda y presentaron un Globo de Oro. El éxito es aún más notable considerando que se trata de una producción modesta: rodada en 36 días para Crave, una pequeña plataforma canadiense, con un presupuesto ajustado. HBO Max adquirió los derechos apenas días antes del estreno, intuyendo el tesoro que tenían entre manos.
El fenómeno trasciende lo puramente romántico. «Heated Rivalry» toca una fibra cultural específica: la fantasía del rival-que-se-vuelve-amante, la tensión erótica del conflicto deportivo, el deseo de ver masculinidades viriles coexistiendo con vulnerabilidad emocional. Y lo hace sin pedir perdón, sin suavizar aristas, mostrando el sexo explícito como lo que es: comunicación, negociación, descubrimiento.
¿El sexo hace al amor o el sexo es la excusa cuando te quiero amar?
Esta es quizá la pregunta más incómoda y honesta que plantea la serie. Shane e Ilya se encuentran tres veces al año durante ocho años y tienen sexo. Solo sexo. O eso se dicen a sí mismos. Tierney explica: «Se conocen a través del sexo. Se reúnen tres veces al año y tienen sexo hasta que llegan a un punto en el que dicen: ‘Dios mío, seguimos haciendo esto'». La serie invierte la lógica romántica tradicional: no es que el amor lleve al sexo, sino que el sexo (Repetido, intenso, cada vez más íntimo) termina construyendo algo que se parece peligrosamente al amor.

Hay una verdad incómoda en esta narrativa: a veces el deseo es la única forma de comunicación que nos permitimos. Shane e Ilya no pueden hablar de lo que sienten (La homofobia internalizada se lo impide, sus carreras están en juego, sus familias no lo entenderían) pero sí pueden tocarse. El sexo se convierte en el único territorio donde pueden ser honestos, donde las máscaras caen, donde la vulnerabilidad es posible.
La serie plantea que el sexo puede ser la excusa que nos damos cuando queremos amar pero nos da miedo reconocerlo. «Es solo sexo» es el mantra que repiten, la mentira que se cuentan para poder seguir viéndose sin admitir que se están enamorando. El cuerpo sabe antes que la mente; el deseo es más valiente que las palabras. Y cuando finalmente llega el momento de nombrar lo que llevan años haciendo, el amor ya estaba allí, construido centímetro a centímetro, orgasmo a orgasmo, conversación precoital a conversación postcoital.
Los desafíos culturales: Canadá vs Rusia y la homofobia como arma geopolítica
Shane Hollander es canadiense, de los ficticios Montreal Metros. Ilya Rozanov es ruso, de los Boston Raiders. Esta diferencia no es anecdótica: es el núcleo del conflicto externo de la serie. Canadá legalizó el matrimonio igualitario en 2005 y es considerado uno de los países más progresistas en derechos LGBTIQ+. Rusia, por el contrario, aprobó en 2013 la infame «ley de propaganda gay» que prohíbe cualquier representación positiva de la homosexualidad, especialmente dirigida a menores.
Para Ilya, salir del armario no es solo arriesgar su carrera: es poner en peligro a su familia en Rusia, es convertirse en objetivo político, es perder la posibilidad de regresar a su país. La serie muestra con crudeza cómo la homofobia no es solo un prejuicio individual sino una política de Estado. Ilya lleva el peso de dos países en los hombros: el que lo acogió profesionalmente pero donde nunca será completamente aceptado como gay y ruso, y el que lo vio nacer pero que lo rechazaría violentamente si supiera la verdad.
Shane, por su parte, enfrenta el privilegio de la tolerancia canadiense con la realidad de la homofobia deportiva: su país podría aceptarlo, pero el hockey no. Esta asimetría crea una tensión constante. Shane puede imaginar un futuro donde salgan del armario juntos; Ilya sabe que ese futuro es una fantasía peligrosa. La serie no romantiza esta diferencia: la muestra como el obstáculo real y doloroso que es. El amor no conquista todo cuando hay leyes que criminalizan tu existencia.
La homofobia externa e interna: dos jaulas, una sola prisión
La serie aborda magistralmente las dos caras de la homofobia: la externa, institucional, violenta; y la interna, silenciosa, autodestructiva. La homofobia externa es visible: los comentarios en vestuarios, el miedo a ser fotografiados juntos, la imposibilidad de defender públicamente al otro cuando lo insultan, las bromas que «son sólo bromas» pero que construyen un clima de terror. Shane e Ilya viven en una industria donde la masculinidad es performativa y vigilada, donde cualquier desviación de la heteronormatividad es castigada con exclusión.
Pero la homofobia interna es aún más devastadora porque la llevan dentro. Shane se pregunta si merece amor, si está roto, si podría haber sido «normal» si se hubiera esforzado más. Ilya se castiga por desear a otro hombre, siente vergüenza incluso en los momentos de placer, ha interiorizado el mensaje de que lo que siente es sucio y debe permanecer oculto. La serie muestra cómo la homofobia no necesita estar presente físicamente para hacer daño: la hemos metabolizado, vive en nuestros pensamientos, en nuestra autoimagen, en la forma en que nos negamos la felicidad porque creemos no merecerla.

El proceso de liberación de esa homofobia internalizada es lento y doloroso. Requiere desaprender mensajes que llevan toda una vida instalados. Requiere arriesgarse a ser vulnerable, a nombrar el deseo sin vergüenza, a creer que el amor entre dos hombres es tan legítimo y valioso como cualquier otro. «Heated Rivalry» no ofrece soluciones mágicas: muestra el trabajo emocional real que implica quererse a uno mismo cuando te han enseñado a odiarte.
El juego de los cuerpos «perfectos» y su idealización problemática
No podemos hablar de «Heated Rivalry» sin mencionar el elefante en la habitación: Connor Storrie y Hudson Williams son objetivamente hermosos, atléticos, con cuerpos esculpidos por entrenamientos profesionales. La serie no esquiva esto; lo celebra, lo filma con detalle pornográfico. Movistar Plus+ promociona el estreno español con mensajes como «ha llegado el momento de disfrutar de los poros de Shane Hollander e Ilya Rozanov en alta calidad». Los actores fueron agradecidos en redes con mensajes como «gracias por tuitear sobre nuestros culos».
Esta estética tiene implicaciones complejas. Por un lado, normaliza el deseo gay masculino en pantalla, lo hace visible, lo legitima. Hay un poder político en mostrar dos hombres deseándose con la misma intensidad visual con que el cine mainstream ha mostrado durante décadas el deseo heterosexual. Pero por otro lado, perpetúa un estándar de belleza inalcanzable: blanco, musculado, sin un gramo de grasa, hipermasculino.
¿Dónde están los cuerpos diversos?

¿Los gordos, los mayores, los que no encajan en el molde del atleta de élite?
La serie es consciente de esta tensión pero no la resuelve. Shane e Ilya son objetos de deseo precisamente porque sus cuerpos son herramientas de trabajo: son deportistas profesionales cuya supervivencia económica depende de mantener una forma física específica. Pero la glorificación de estos cuerpos en el discurso de los fans puede ser problemática, creando una fantasía donde solo los hombres «perfectos» merecen amor, deseo, historias. Es un dilema sin solución fácil:
¿Cómo celebramos la representación que tenemos sin dejar de exigir más diversidad?
La homofobia en el deporte: el caso Borja Iglesias como espejo español
Mientras «Heated Rivalry» triunfa en la ficción, la realidad del deporte profesional sigue siendo brutalmente homófoba. El caso de Borja Iglesias, delantero del Celta de Vigo, es paradigmático y demoledor. Iglesias es heterosexual. Repitámoslo: es heterosexual. Y aun así, lleva años siendo víctima de insultos homófobos sistemáticos por gestos que rompen la masculinidad hegemónica deportiva: pintarse las uñas, usar bolso, apoyar públicamente al colectivo LGBTIQ+.
El 13 de enero de 2026, tras el partido Sevilla-Celta, Borja fue increpado a la salida del estadio: «A ver si te mueres, maricón de mierda», «píntate las uñas», «sinvergüenza, vete a tu casa». Su respuesta en redes fue devastadoramente irónica: «Qué raro, si esto en el fútbol no pasa nunca». No fue un incidente aislado: en abril de 2025, tras marcar tres goles al Barcelona, recibió mensajes como «Día histórico, Borja Iglesias se convierte en el primer homosexual en anotar un hat-trick al Barcelona». La crueldad es que ni siquiera es gay, pero eso no importa a los homófobos: la desviación de la norma masculina es suficiente para el castigo.
En 2023, Borja protagonizó una campaña viral: «Hola, soy Borja Iglesias y soy heterosexual», invirtiendo los roles para visibilizar el absurdo de la discriminación. «¿A ti te agreden por ser heterosexual?», preguntaba. La respuesta del Celta de Vigo a los últimos insultos fue conmovedora: llamaron a los aficionados a acudir al estadio con las uñas pintadas en solidaridad. Miles lo hicieron. Jugadores del primer equipo saltaron al campo con las uñas pintadas. Pero las respuestas en redes evidenciaron el problema: «bochorno», «mariconada», «julandrones», «deberían ir al médico”.
El paralelo con «Heated Rivalry» es doloroso. Shane e Ilya viven con el terror de que pase exactamente lo que le pasa a Borja: que el simple gesto de ser diferente (O de ser percibido como diferente) los convierta en objetivo. Borja ha declarado: «Desde que de niño entras en una cantera de élite parece que no puedes, que si eres homosexual no vas a ser jugador de fútbol». El mensaje es claro: el armario no es una elección, es una estrategia de supervivencia. Y funciona porque casos como el de Borja demuestran que incluso la alianza heterosexual es castigada con violencia.
El problema de la blancura: ¿dónde está el resto del arcoíris?
Y aquí llegamos a la crítica más incómoda: «Heated Rivalry», como la mayoría de las representaciones LGBTIQ+ mainstream, es abrumadoramente blanca. Shane es blanco canadiense. Ilya es blanco ruso. Los personajes secundarios que tienen peso narrativo son mayoritariamente blancos. Esta no es una observación menor: es un patrón sistémico en la representación queer comercial. «Rojo, blanco y sangre azul», «Heartstopper», «Love, Simon»: todas celebradas, todas protagonizadas por hombres blancos, cisgénero, convencionalmente atractivos.
¿Dónde están las personas LGBTIQ+ negras, latinas, asiáticas, indígenas?
¿Dónde están las historias trans, no binarias, las identidades que van más allá de la G en el acrónimo?
La respuesta es brutal: en el margen, en producciones de menor presupuesto, con menos distribución, con menos hype. La industria ha calculado que las historias queer «vendibles» son aquellas que menos asustan a la audiencia heterosexual: hombres blancos, masculinos, que podrían «pasar» por heterosexuales si no fuera por el pequeño detalle de con quién se acuestan.

Esta blanquitud no es accidental. Es el resultado de décadas de racismo en la industria del entretenimiento que ha determinado qué cuerpos son «universales» (blancos) y cuáles son «nicho» (todos los demás). La comunidad LGBTIQ+ es diversa racialmente, pero no lo parecería si sólo miráramos lo que Hollywood produce. Las personas trans siguen siendo interpretadas mayoritariamente por actores cisgénero. Las personas no binarias apenas tienen representación. Las lesbianas, especialmente las que no encajan en estándares de feminidad convencional, son invisibles.
«Heated Rivalry» es importante, sí. Pero no puede ser suficiente. Necesitamos urgentemente diversificar no solo la orientación sexual de los personajes, sino sus razas, sus cuerpos, sus identidades de género, sus clases sociales. Necesitamos que las historias de personas LGBTIQ+ negras, gordas, trans, pobres, discapacitadas, tengan el mismo presupuesto, el mismo marketing, la misma celebración que esta serie. Porque la lucha por la representación no termina cuando conseguimos que dos hombres blancos se besen en pantalla. Apenas empieza.
«Heated Rivalry» es el fenómeno del momento porque toca nervios que llevaban demasiado tiempo adormecidos. Nos muestra el deseo gay sin disculpas, la homofobia sin filtros, el costo emocional del armario sin romantizarlo. Pero también nos recuerda, con su éxito y sus limitaciones, cuánto camino queda por recorrer. Mientras celebramos que Shane e Ilya puedan amarse en pantalla, no olvidemos a los Borja Iglesias del mundo real que siguen siendo castigados por gestos de simple humanidad. Mientras disfrutamos de sus cuerpos perfectos, exijamos historias de cuerpos reales, diversos, imperfectos. Y mientras aplaudimos esta representación, recordemos que la sigla LGBTIQ+ tiene muchas más letras que aún esperan su momento en el centro del escenario. El hielo se está derritiendo, sí. Pero aún queda mucho por descongelar.
Dialoguemos, debatamos, compartamos.
QUEER AS CINEMA +:
«Donde cada película cuenta una revolución.»
Miquel Claudí-López
Comunicador Audiovisual
Periodista
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