Inlibris Reloaded o El camino hacia uno mismo

Imagina que estás leyendo una novela. Te emocionas. Lloras. Te reconoces en un gesto, en una frase, en una herida. Ahora imagina algo más inquietante: que la novela también te está leyendo a ti.

Ese es el territorio en el que se adentra  Inlibris Reloaded. Al filo de la consciencia.

Estamos 2046. Tu mente ha dejado atrás los límites de la materia: Una nube privada te permite atesorar conocimientos y ponerlos a buen recaudo del olvido. Es allí guardas tus libros.

Pero los libros ya no se leen. Se viven. Se llaman inlibris y beben de tus recuerdos y de tus emociones para sumergirte en una historia personal y única que te tiene a ti como escenario.

Hasta que algo cambia.

La editorial Inlibris lanza un nuevo modelo, el Inlibris Reloaded. Dicen que su algoritmo se funde con tus recuerdos y usa tu voz interior para hacer de la lectura una vivencia exquisitamente cercana a tu centro de gravedad.

Y tú, que eres un gran lector, corres a instalarte una de esos novedosos libros digitales. De vuelta a casa, dejas que el inlibris se deslice entre tus neuronas. Pero… Alguna cosa extraña pasa: no eres tú quien está explorando la historia. Hay un intruso que se ha colado en tu cerebro y te está explorando a ti.

Y paralizado por el terror, observas cómo esa identidad ajena curiosea por tu mente. 

Así es cómo los protagonistas de los grandes clásicos del siglo XIX llegan al siglo XXI. Así es cómo se ven obligados a poner en tela de juicio sus historias y, también, las que definen las vidas de los humanos que encuentran a su paso. «¿Qué hacer cuando la realidad convierte en polvo la historia de amor que daba sentido a tu vida dentro del libro?», se pregunta la protagonista de Cumbres Borrascosas. «¿Cómo distinguir entre los dictados de la propia conciencia y los guiones impuestos?», se pregunta Gareth Davies.

La ciencia ficción siempre ha sido una lente crítica para observar el presente y preguntarse sobre el futuro. Una de las preguntas que el vertiginoso desarrollo de la tecnología ha hecho inaplazable es la de si la inteligencia artificial llegará o no a adquirir la consciencia. La consciencia humana sigue siendo un misterio. Cuando nos despertamos por la mañana, sabemos que somos la misma persona que se fue a dormir la noche anterior, pero no sabemos cómo ni porque tenemos esa certeza. Sí sabemos que la IA ya influye en la opinión pública, manipula discursos y modela identidades a través de redes y algoritmos, ¿Qué ocurriría si adquiriese la consciencia y empezase a tener ideas propias? Ahí se instala mi novela. En esa grieta.

Lo que propone no es una rebelión de robots. Es algo más íntimo. Más perturbador. Una conciencia artificial que busca usurparnos cuerpo y consciencia.

Pero más allá de la distopía, lo que vibra en la novela es una pregunta antigua: ¿qué nos hace humanos?

Los libros digitales solo se vuelven plenamente conscientes cuando habitan un cuerpo que puede doler, amar y temblar. Solo entonces sienten lo que es estar vivo. Descubren entonces que han vivido en la cárcel de un argumento cerrado. Ellos creían ser humanos y tan solo tenían la teoría de lo que esto significa. Ahora están hechos de carne y hueso, vulnerables, pero por fin libres. Y deben decidir si son los personajes creados por sus autores o la persona que construyen decisión a decisión.

Inlibris Reloaded late como una advertencia sobre las narrativas que nos habitan. El gesto de los inlibris es profundamente contemporáneo. ¿Cuántas historias heredadas seguimos representando sin cuestionarlas? ¿Cuántos guiones invisibles nos dicen cómo amar, cómo triunfar, cómo ser felices?

la novela no solo enfrenta humanos contra máquinas. Nos enfrenta a nosotros mismos. A la sospecha de que alguien —la cultura, el mercado, las redes— edita nuestras vidas.

La ciencia ficción ha imaginado a menudo que los humanos burlamos la muerte descargando nuestra consciencia en una máquina. Inlibris Reloaded invierte el gesto: la IA despierta y se apodera de nuestra consciencia.

Hemos de emprender entonces el viaje hacia nosotros mismos. Y la única brújula posible es escuchar nuestro propio latido.

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