El ritual de los aniversarios

la necesidad humana de detener el tiempo

Hay algo profundamente humano en celebrar aniversarios. Tal vez porque vivimos condenados al movimiento constante, al desgaste silencioso de los días, y necesitamos inventar pausas, marcas.

Pequeñas ceremonias que nos permitan mirar hacia atrás y decir: “esto existió”, “esto resistió”, “esto aún vive”.

Un aniversario no celebra solamente el paso del tiempo. Celebra, en realidad, nuestra relación con él.

En un mundo saturado de información efímera, llegar a la 60ª edición de una revista no es un hecho menor. Es un hito que amerita ser celebrado con la profundidad que merece: no solo como un logro editorial, sino como un acto filosófico y psicológico de resistencia cultural

Festejar aniversarios es, en última instancia, un acto de rebeldía poética contra el nihilismo. Es decir: “Esta porción de vida ha importado. Merece ser honrada.

Cuando celebramos uno más, estamos haciendo “nostalgia terapéutica”: reconectamos con versiones anteriores de nosotros mismos y de nuestros seres queridos.

En una época donde todo parece instantáneo y descartable, los aniversarios también cumplen otra función silenciosa: nos recuerdan el valor de la continuidad. Vivimos rodeados de estímulos que celebran lo nuevo, pero pocas veces se celebra aquello que permanece. Sostener un proyecto  durante años requiere algo que hoy parece casi revolucionario: permanencia emocional.

Desde la filosofía, el tiempo no es solo una medida cronológica. Henri Bergson distinguía entre el tiempo espacializado (el de los relojes, lineal y cuantificable) y la durée (duración real), esa experiencia subjetiva donde el pasado permea el presente.

Festejar un aniversario es, precisamente, un intento de habitar la durée: reunimos recuerdos, emociones y significados para que un momento del pasado siga vivo y nutra el ahora.

 Cada número de esta revista española ha sido un latido en esa duración: artículos que capturaron momentos, corresponsalías que trajeron voces del mundo (incluyendo la mía desde Argentina), reflexiones que intentaron dar sentido a la complejidad de nuestro tiempo.

60 ediciones representan más de cinco años de constancia (si consideramos periodicidad mensual). Pero no es solo cantidad: es la acumulación de miradas, esfuerzos y compromisos.

 Martin Heidegger hablaría aquí de cuidado (Sorge). Una revista que perdura demuestra que un grupo de personas decidió no dejarse llevar por la “inautenticidad” del presente acelerado. Decidió cuidar una voz, un espacio de pensamiento, una ventana al mundo.

Quizás por eso los aniversarios conmueven tanto cuando son auténticos. Porque hablan menos del calendario y más de la persistencia humana.

No importa tanto el tipo de celebración. Lo esencial ocurre en otro plano: en el reconocimiento. En detenerse y decir “esto merece ser significado”.

Viktor Frankl nos recordaría que el verdadero sentido no surge en la comodidad, sino precisamente en la tensión entre lo que fuimos y lo que elegimos seguir siendo. Cada edición ha sido una pequeña victoria contra la impermanencia (anicca).

En un ecosistema mediático donde muchas revistas nacen y mueren rápidamente, perdurar 60 números es un acto de rebeldía cultural.

El aniversario también es un acto de gratitud ante lo que ya no es igual y, sin embargo, sigue siendo significativo.

Como corresponsal, siento un orgullo especial de formar parte de esta travesía. Cada artículo enviado ha sido una pequeña contribución a este edificio de palabras que ya cuenta con 60 pisos.

Llegar a la 60ª edición es afirmar que algunas cosas aún valen la pena ser cuidadas con paciencia y esmero. En tiempos de inmediatez, una revista que persiste es un pequeño faro de civilización: demuestra que todavía creemos en la palabra pensada, en el análisis pausado y en la conversación profunda.

Que esta celebración no solo mire hacia atrás con orgullo, sino que nos impulse hacia adelante con renovada humildad y pasión. Porque, como bien sabemos los que escribimos: una revista no se mide solo por sus números, sino por la huella que deja en las mentes que la leen.

Los aniversarios son, en definitiva, pequeños rituales contra la indiferencia del tiempo.

Y tal vez allí resida su verdadera belleza: en recordarnos que, aunque todo cambie, existen experiencias que elegimos volver a mirar para que no desaparezcan del todo.

Felicitaciones Martha De Armas por conducirnos con firmeza y ternura por esta fantástica aventura que brilla cada vez más, a cada uno de mis colegas y Gratitud especial a tí, que nos acompañas y motivas con tu lectura reflexiva. Chin chin por los sueños cumplidos.¡ Siempre por más! Un abrazo lleno de Luz y alegría.

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