La Incomodidad de la Calma
A veces lo difícil no es parar. Es dejar de sentir que tienes que estar haciendo algo todo el tiempo.
Hay momentos en los que parar no es lo difícil.
Lo difícil es no hacer nada con la sensación de que deberías estar haciendo algo.
Hay personas que esperan todo el año a que lleguen las vacaciones.
Dicen que necesitan descansar. Desconectar.
Y sin embargo, cuando por fin llegan esos días… aparece algo difícil de explicar.
“Necesito hacer algo.”
Entonces buscan una tarea. Ordenan algo. Planifican lo siguiente. Miran el móvil. O simplemente se encuentran con ese vacío que incomoda un poco por dentro.
También pasa en lo cotidiano.
Preparas un café. Te sientas unos minutos.
Y antes de terminar el primer sorbo, ya estás mirando el móvil o pensando en lo que sigue.
Como si ese momento también tuviera que servir para algo.
Quizá no es casualidad.
Nos hemos acostumbrado tanto a responder, resolver y cumplir, que cuando aparece la calma, algo dentro no sabe qué hacer con ella.

El cuerpo pide pausa.
Pero la mente sigue en marcha, como si todavía hubiera algo pendiente.
Y entonces lo que buscábamos… se vuelve extraño.
A veces no es que nos cueste descansar.
Es que nos cuesta no sentir que el día tiene que justificar su sentido.
Sin darnos cuenta, empezamos a medir la vida por lo que hacemos, más que por cómo la vivimos.
Eso se cuela en lo pequeño.
Responder mensajes mientras comes.
Sentir que una tarde libre debería ser “aprovechada”.
Buscar el móvil apenas aparece un silencio.
Rellenar cualquier hueco antes de habitarlo.
No porque alguien lo pida.
Sino porque lo hemos aprendido así.
Hasta que un día algo se vuelve evidente:
podemos hacer muchas cosas… pero nos cuesta simplemente estar.
Y no es falta de tiempo.
Es otra cosa más sutil.
Hay momentos que no necesitan ser útiles. Solo vividos.
Quizá descansar no empieza en las vacaciones.
Quizá empieza en lo cotidiano.
En ese café sin pantalla.
En caminar sin convertirlo en objetivo.
En sentarte unos minutos sin tener que transformarlos en algo.
No para producir.
No para aprovechar.
Sino para volver a ti.

Y entonces la pregunta cambia.
No es cuánto tiempo tienes para descansar.
Es algo más íntimo:
¿Cuándo fue la última vez que estuviste en calma sin intentar llenarla?
Porque hay días que no necesitan ser productivos para tener valor.
Hay días que no se recuerdan por lo que hicimos.
Se recuerdan por cómo nos sentimos al vivirlos.
Y a veces, volver a eso… ya es suficiente.
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