Cuando dar se convierte en deuda
Hay un tema que aparece una y otra vez en conversaciones con amigos, con amigas y con personas que conozco.
No importa la edad.
Ni el momento de la vida.
Después de escuchar muchas historias parecidas, hay una frase que vuelve una y otra vez:
«Siempre estoy para todo el mundo. Y luego, cuando necesito algo, no hay nadie.»
Cada vez que la escucho me ocurre lo mismo.
No pienso primero en quienes no estuvieron.
Pienso en quien la pronuncia.
Y me pregunto cómo habrá llegado hasta ahí.
Porque, si algo he aprendido observando a las personas, es que hay quienes parecen estar siempre disponibles.
Hay personas que contestan «claro» casi antes de haber pensado si podían.
Que reorganizan su día para hacer sitio al problema de alguien más.
Que siempre encuentran un momento para los demás.
Y que rara vez dicen que no.
Al principio, suele parecer una forma de generosidad.
Con el tiempo, muchas terminan agotadas.
Y entonces aparece otra frase que también se repite:
«Siempre doy más de lo que recibo.»
Durante mucho tiempo pensé que el problema estaba en los demás.
En quienes se acostumbraban a recibir.
En quienes no devolvían el gesto.
Hasta que un día apareció una pregunta que cambió mi manera de mirar esta situación.
¿Qué nos hace seguir dando cuando hace tiempo que sentimos que no hay reciprocidad?

Porque, si algo nos pesa tanto…
¿Por qué seguimos haciéndolo?
Quizá porque dejar de dar no siempre es tan sencillo como parece.
A veces creemos que damos libremente.
Pero el día que intentamos dejar de hacerlo aparece la culpa.
O el miedo a decepcionar.
O esa incómoda sensación de estar siendo egoístas.
Y entonces seguimos.
No porque realmente queramos.
Sino porque, después de mucho tiempo, ya no sabemos relacionarnos de otra manera.
No creo que esto ocurra siempre.
Ni que toda generosidad esconda una necesidad.
He conocido personas que ayudan con una ligereza que no espera nada a cambio.
Y se nota.
Cuando el otro no responde como esperaban, no sienten que les hayan fallado.
Aceptan que no todo vuelve de la misma forma.
Pero también existe otra manera de dar.
Una que, poco a poco, empieza a pesar.
No porque el gesto cambie.
Sino porque cambia el lugar desde el que nace.
Y quizá esa sea la pregunta que merecemos hacernos de vez en cuando.
No cuánto damos.
Sino desde dónde damos.
Porque, a veces, el cansancio no viene de haber hecho demasiado por los demás.
Viene de haber esperado, en silencio, que el otro entendiera, adivinara o devolviera algo que nunca llegamos a pedir.
Y esa expectativa, cuando permanece mucho tiempo, acaba pesando más que el propio gesto.
Hay un dar que se parece a un regalo.
Y hay otro que, casi sin darnos cuenta, acaba convirtiéndose en una deuda.
No para quien recibe.
Sino para quien lleva demasiado tiempo sosteniéndola.
Hay personas que seguirán necesitando de nosotros.
Y probablemente seguiremos queriendo estar ahí.
La diferencia casi nunca está en lo que hacemos.
Está en el lugar desde el que, una y otra vez, elegimos hacerlo.
El problema nunca fue dar.
Fue el día en que dar dejó de sentirse como una elección.
Yudith Techera
Psicóloga
Porque a veces entender empieza simplemente por ponerle palabras a lo que vivimos.
yudithtechera.com