Masculinidad vs Machismo
Caminar por la vida en el tiempo actual exige un gran esfuerzo, especialmente para las mujeres. La cotidianidad está atravesada por una sobrecarga invisible pero aplastante, la doble presencia laboral y doméstica, la gestión mental perpetua, la exigencia de la hiperproductividad y la necesidad constante de control. En este escenario de agotamiento crónico, millones de mujeres se ven empujadas a sostenerlo todo ellas solas.
Paralelamente, las pantallas y las redes sociales se han inundado de discursos virales que diagnostican este malestar bajo una óptica diferente, se dice que la mujer actual está «agotada porque vive atrapada en su energía masculina», y que la solución milagrosa consiste en «bajar a su energía femenina», entregarse, rendirse y dejar que el hombre «haga de hombre».
Sin embargo, reducir un problema estructural, económico y social a un simple desequilibrio de polaridades energéticas es una trampa peligrosa. Me gustaría poder profundizar en los orígenes de esta crisis, el auge de dichos discursos y la necesidad urgente de transitar hacia masculinidades éticas y relaciones basadas en la corresponsabilidad real.
Para poder entender por qué las mujeres soportan tanta carga y por qué los roles de género siguen tan enjaulados, es necesario mirar la historia. El patriarcado y el capitalismo nunca han caminado separado.
Como señala Carole Pateman, los contratos sociales modernos se construyeron sobre un pacto sexual silenciado que relegó a los hombres a la esfera pública (la política, el poder, el trabajo remunerado) y a las mujeres a la esfera privada (el hogar y los cuidados gratuitos). La masculinidad se cimentó sobre las llamadas «tres P» (protección, provisión y potencia sexual), instaurando una estructura de dominación normalizada bajo argumentos biologicistas.

Aunque las diferentes olas feministas han conquistado derechos civiles, laborales y reproductivos fundamentales, el sistema ha sabido mutar bajo otro tipo de lógica. Hoy, las mujeres han salido masivamente al mercado laboral, pero la estructura del hogar y de los cuidados no se ha transformado al mismo ritmo, condenándolas a la doble presencia.
¿Por qué está de moda la «energía femenina»?
En este contexto de fatiga generalizada surge el fenómeno de las redes sociales. Las corrientes de desarrollo personal y los reels de autoayuda han popularizado la narrativa de que el malestar femenino se debe a un exceso de «energía masculina» (razón, control, acción).
Existen varios factores que interfieren al respecto. La explotación del cansancio, que promete un alivio inmediato al agotamiento crónico mediante fórmulas estéticas y actitudes de supuesta sumisión o «rendición» ante el varón.
Una forma de machismo, que bajo el paraguas espiritual de las energías polares, a menudo se reintroducen los roles de género más tradicionales del patriarcado, exigiendo a la mujer que reprograme su identidad en la complacencia y la pasividad.
La individualización del problema, se culpa a la mujer de su propio estrés por querer controlarlo todo, ignorando que su hipervigilancia y su necesidad de control no son un capricho identitario, sino una respuesta adaptativa a la falta de corresponsabilidad de su entorno.
Entonces ¿qué significa, realmente que el hombre «haga de hombre»?
Frente a la polarización superficial que exige sumisión por un lado o reproduce el machismo clásico por el otro, la psicología y los estudios sobre masculinidades proponen una redefinición profunda de lo que implica la presencia masculina en una relación.
Un hombre que «hace de hombre» desde una perspectiva sana, consciente y ética no ejerce autoridad ni opresión, sino que asume:
Corresponsabilidad: Asume de forma proactiva y sin recordatorios el 50% de las tareas del hogar, la crianza y la carga mental.
Creación de entornos seguros: Su presencia es firme, estable y previsible, lo que permite que su pareja (independientemente de su género) pueda bajar la guardia y soltar el control por confianza mutua, no por imposición.

Gestión emocional y vulnerabilidad: Rompe con el mandato tradicional de la invulnerabilidad y la ira, permitiéndose mostrar afecto, sostener emocionalmente a su pareja y transitar la intimidad desde la empatía.
La superación real de esta crisis no pasa por encasillar a las personas en arquetipos rígidos de energía masculina o femenina, sino por capacidad de mezclar ambas formas y adaptarse con libertad a las necesidades. Todos los seres humanos poseemos la capacidad de actuar, estructurar y poner límites, así como de fluir, cuidar y ser vulnerables.
La solución al agotamiento de las mujeres no radica en obligarlas a amoldarse a una «energía femenina» impuesta ni en devolverlas a una posición de subordinación estética. La verdadera transformación exige que los hombres abandonen los privilegios del dominio histórico, asuman su responsabilidad afectiva y transformen las estructuras sociales y económicas. Solo a través de la corresponsabilidad, la justicia y el cuidado mutuo se podrá construir un futuro donde la vida humana no dependa de la opresión de género, sino de la libertad compartida.