Con quien menos nos conoce

Hay conversaciones que empiezan con un:

—No sé por dónde empezar.

Y, unos minutos después, estamos hablando de algo que llevábamos tiempo guardándonos.

Es algo que llevo tiempo observando.

Me ha pasado con personas que conozco, con personas que acababa de conocer y también con personas que llegan a mí por lo que hago.

Empiezan contándome una cosa y, casi sin darnos cuenta, terminan contándome otra que estaba mucho más dentro.

A veces basta una pregunta cualquiera.

Una conversación que parecía no tener demasiada importancia.

Y, de pronto:

—Esto no se lo había contado a nadie.

—Ni siquiera sé por qué te estoy contando esto.

—Qué raro… siento que puedo hablar contigo.

Entonces aparece una pregunta:

¿Por qué a veces resulta más fácil contarle algo a alguien que apenas conocemos que a una persona que lleva años a nuestro lado?

No necesariamente porque confiemos más en ese desconocido.

Puede ser porque no hay una historia previa.

No sabe cómo solemos reaccionar.

No conoce la versión de nosotros que los demás ya tienen en la cabeza.

Y nosotros tampoco sabemos todavía qué espera de nosotros.

Con las personas que queremos puede ocurrir algo distinto.

Precisamente porque nos conocen.

Han visto nuestras distintas etapas, nuestras formas de reaccionar, nuestras fortalezas y nuestras contradicciones.

Y a veces cuesta contar algo que sentimos que no encaja con la imagen que tienen de nosotros.

Con esa persona que siempre ha podido con todo.

Que suele estar bien.

Que está acostumbrada a ayudar y no tanto a pedir.

No significa que no haya confianza.

A veces hay demasiada historia.

Sabemos lo que los demás piensan de nosotros y, sin darnos cuenta, empezamos a cuidar esa imagen.

Con alguien que acabamos de conocer no tenemos tanto que proteger.

Podemos decir:

—Tengo miedo.

—Estoy cansada.

—No sé qué hacer.

Y no tenemos que explicar por qué eso no encaja con la imagen que alguien acaba de hacerse de nosotros.

Simplemente lo decimos.

Y quien tenemos delante escucha.

Por eso algunas conversaciones inesperadas terminan siendo más íntimas de lo que imaginábamos.

No porque quien tenemos delante tenga las respuestas.

Ni porque nos conozca mejor.

Sino porque, durante un rato, podemos hablar sin preocuparnos demasiado por quién cree el otro que somos.

Y eso también puede hacernos pensar en nuestras relaciones más cercanas.

¿Hay cosas que no contamos porque no confiamos?

¿O porque nos cuesta que alguien que ya nos conoce nos vea de una manera diferente?

Tal vez la respuesta no sea tan sencilla.

Pero la pregunta puede quedarse ahí.

Porque quizá no siempre nos cuesta hablar de lo que nos pasa.

A veces nos cuesta hablar de ello con quienes creen que ya saben quiénes somos.

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