EL sexo también cambia de piel después de los 50
A los 50 o a los 60 pueden pasar cosas muy distintas con nuestra sexualidad. Una mujer puede descubrir una libertad que a los 30 no tenía, sentirse más dueña de su cuerpo y disfrutar del sexo con una tranquilidad nueva; otra puede empezar a notar sequedad, escozor o dolor durante las relaciones; otra puede llevar años sin pareja y estar perfectamente bien con esa parte de su vida o no saber cómo gestionarla en caso de juntarse a alguien nuevamente. La edad, por sí sola, cuenta muy poco de la historia sexual que está viviendo cada una.
Precisamente por eso me parece interesante hablar de lo que ocurre con nuestro cuerpo después de los 50 sin convertir la menopausia en una sentencia sobre nuestra vida sexual. Se me ha ocurrido hacerlo precisamente este mes, porque octubre nos ofrece además una buena ocasión, ya que el 18 se celebra el Día Mundial de la Menopausia y este año el tema elegido internacionalmente es el dolor crónico en la mitad de la vida.
Cuando hablamos de sexualidad en esta etapa conviene mirar algo que durante mucho tiempo hemos tratado como si fuera una sola cosa. Deseo, excitación, lubricación, sensibilidad, placer y dolor están relacionados, claro que sí, pero no son exactamente lo mismo. Una mujer puede tener deseo y sentir dolor; puede sentir excitación y necesitar más lubricación; puede tener poca lubricación y disfrutar de otras formas de contacto; puede tener poco interés sexual durante una temporada y encontrarse perfectamente con ello.
Esta distinción importa mucho porque, cuando mezclamos todas estas experiencias, es muy fácil llegar a una conclusión demasiado rápida: «Desde que llegué a la menopausia, mi sexualidad ha cambiado». Puede haber cambiado, sí, pero todavía queda por descubrir qué parte ha cambiado y qué necesita nuestro cuerpo ahora.
El cuerpo cambia, por supuesto; pero cada cuerpo tiene su propia historia.

Durante la menopausia disminuyen los estrógenos y ese descenso puede producir cambios en los tejidos de la vulva y la vagina. La lubricación puede disminuir, la mucosa puede volverse más fina y menos elástica y pueden aparecer síntomas como sequedad, irritación, picor, ardor o dolor durante las relaciones sexuales. También pueden aparecer molestias urinarias. Ahora bien, conocer estos cambios no significa asumir que todas vamos a vivirlos de la misma manera.
Una mujer puede presentar cambios físicos importantes y apenas notarlos en su sexualidad. Otra mujer puede experimentar bastante sequedad o dolor y sentir que aquello está interfiriendo muchísimo en su manera de relacionarse con el sexo. Otra puede tener una vida sexual satisfactoria porque ha encontrado otras formas de disfrutar, porque conoce mejor su cuerpo, porque se siente más libre o simplemente porque sus cambios físicos han sido pequeños.
Lo cierto es que la sexualidad después de los 50 no viene con un patrón obligatorio. Esta idea me parece especialmente importante porque hemos pasado de una época en la que prácticamente no se hablaba de la sexualidad femenina madura a otra en la que, en ocasiones, parece que a los 50 tenemos que convertirnos en una especie de versión sexualmente renovada de nosotras mismas. Como si ahora hubiera que demostrar que seguimos deseando, seguimos teniendo orgasmos, seguimos siendo atractivas y seguimos disfrutando exactamente igual.
Claro que podemos disfrutar muchísimo, claro que podemos descubrir formas nuevas de place y claro que algunas mujeres viven después de los 50 una sexualidad mucho más satisfactoria que cuando eran jóvenes.
También puede ocurrir que nuestra sexualidad cambie, que durante un tiempo tengamos menos interés, que necesitemos otro tipo de contacto o que sencillamente nuestra vida sexual deje de ocupar el lugar que ocupaba antes. Todo eso forma parte de la diversidad de nuestra experiencia.
Pero, ¿Qué pasa cuando el placer empieza a encontrarse con el dolor?
Hay una diferencia enorme entre que una relación sexual resulte menos intensa que antes y que empiece a doler. El dolor durante las relaciones puede aparecer en la entrada de la vagina, en la zona de la vulva o más profundamente en la pelvis… y, puede sentirse como presión, escozor, quemazón, tirantez o dolor propiamente dicho. Después de la menopausia, la sequedad asociada a la disminución de estrógenos puede ser una de las causas, aunque existen también otras razones que conviene valorar.

Aquí aparece algo que me parece fundamental para quienes nos relacionamos con la sexualidad de manera consciente: el cuerpo empieza a relacionarse de una manera diferente con aquello que le duele.
Si una mujer ha tenido varias experiencias sexuales dolorosas, es comprensible que la siguiente aproximación al sexo venga acompañada de cierta preocupación. Puede aparecer tensión antes de la penetración, dificultad para excitarse, ganas de evitar determinadas prácticas o una disminución del deseo de repetir la experiencia. La propia expectativa de dolor puede formar parte del problema, especialmente cuando los músculos de la zona pélvica se contraen ante el miedo o la incomodidad.
Por eso decirle a una mujer «relájate» cuando está sintiendo dolor puede resultar bastante poco útil. Primero necesitamos saber qué está ocurriendo. Cuando existe dolor frecuente o intenso durante las relaciones, conviene consultarlo con profesionales sanitarios para descartar causas ginecológicas y valorar otras opciones disponibles. Existen tratamientos para la sequedad y otros síntomas relacionados con la menopausia, desde lubricantes e hidratantes vaginales hasta tratamientos médicos que pueden ser adecuados en determinados casos. Por otra parte, está la sexualidad consciente que puede acompañar ese proceso, pero no sustituye una valoración médica cuando existe un dolor que persiste.
Hay una parte de nuestro cuerpo que suele pasar bastante desapercibida hasta que empieza a dar problemas, te hablo del suelo pélvico. Ese suelo que sostiene mucho más de lo que imaginamos y que se compone de un conjunto de músculos y tejidos que sostienne las estructuras de la pelvis y que también participa en funciones relacionadas con la sexualidad. Puede estar debilitado, claro que sí, pero también puede estar excesivamente tenso, de modo que pensar que todo se soluciona haciendo más y más ejercicios para fortalecerlo sería simplificar demasiado.
En algunos casos, la fisioterapia especializada del suelo pélvico puede formar parte del tratamiento de determinados problemas de dolor o de función sexual. También puede ser necesario trabajar la capacidad de relajar esa musculatura, mejorar su coordinación o aprender a percibir qué está ocurriendo en esa zona.
Esto también me parece interesante porque muchas veces tenemos una relación bastante desconectada con esa parte de nuestro cuerpo. Sabemos localizar las manos, los pies, los hombros o el abdomen; pero cuando alguien nos pregunta qué ocurre en nuestro suelo pélvico durante una relación sexual, probablemente muchas de nosotras tengamos bastante menos información. Sin embargo, conocer esa zona puede cambiar la manera en que entendemos algunas sensaciones. Puede ayudarnos a distinguir entre tensión y excitación, entre contracción y placer, entre una respuesta corporal espontánea y una respuesta que aparece porque estamos intentando protegernos de una molestia.
Por otra parte, me gustaría recordar algo que en realidad ya sabemos, pero está bien tenerlo presente y es que el placer tampoco tiene que parecerse al de los 30 ¡ Claro que lo sabemos, pero bien que nos asustamos cuando cambia de repente y no estamos preparadas para ello, lo mismo que nos sucede cuando asoman las primeras arrugas!… Y aquí aparece una de las cuestiones que más me interesan de la sexualidad después de los 50.
Quizá el objetivo no sea recuperar exactamente las sensaciones de otra época. Nuestro cuerpo ha vivido embarazos o no, partos o no, relaciones, separaciones, enfermedades, tratamientos, estrés, cambios hormonales, años de mayor o menor actividad sexual, momentos de mucho deseo y temporadas en las que el sexo ha quedado completamente fuera de nuestra vida. Todo eso forma parte de nuestra historia corporal.
Por eso lo que te propongo es algo que puede parecer sencillo, aunque en realidad requiere bastante atención: conocer cómo responde nuestro cuerpo ahora.
¿Qué tipo de contacto resulta agradable? ¿Qué zonas tienen más sensibilidad? ¿Qué ocurre cuando dejamos de pensar que el encuentro sexual tiene que conducir necesariamente a la penetración? ¿Qué necesita el cuerpo para sentirse cómodo? ¿Qué intensidad resulta placentera y cuál empieza a resultar excesiva? ¿Qué nos gusta recibir? ¿Qué nos gusta dar? ¿Qué cosas hemos seguido haciendo durante años simplemente porque así aprendimos a tener relaciones sexuales?

Estas y otras preguntas en ese sentido pueden abrir una sexualidad mucho más amplia.
Mencionar que existe una mirada especialmente interesante hacia esto desde mi perspectiva tántrica, porque el placer no se reduce a los genitales ni tiene como única meta el orgasmo. El cuerpo entero puede participar en la experiencia, la atención puede dirigirse hacia las sensaciones y el encuentro puede convertirse en una exploración en la que importa tanto lo que sentimos como aquello que hacemos. Yo creo que eso puede ser especialmente liberador después de los 50, cuando ya tenemos suficiente experiencia para saber que seguir un guion aprendido no garantiza disfrutar.
Además, hay mujeres que empiezan a disfrutar más tarde y también me gustaría reivindicar esta otra cara de la historia, porque hablar de menopausia, sequedad y dolor puede hacernos olvidar que muchas mujeres viven precisamente en esta etapa una sexualidad estupenda.A los 20 quizá había más disponibilidad física, pero también podían existir inseguridades, miedo al embarazo, dificultad para decir que no, desconocimiento del propio cuerpo, relaciones poco satisfactorias o una enorme preocupación por gustar.
Con los años pueden aparecer otras herramientas pues sabemos mejor lo que queremos, conocemos nuestros límites, nos importa menos representar un papel y tenemos más capacidad para decir «esto sí», «esto no», «así me gusta» o «necesito que vayamos de otra manera».
Claro que cumplir años no garantiza ninguna de esas cosas. Sin embargo, cuando aparecen, pueden modificar profundamente nuestra experiencia sexual. La sexualidad en la madurez puede tener menos prisa y más conocimiento; puede tener menos necesidad de demostrar y más capacidad para elegir. Puede incluir penetración, autoplacer, caricias, masaje, sensualidad, intimidad, fantasía, juego, conexión, afectividad o simplemente una forma de contacto que resulte agradable. También puede incluir una etapa sin pareja, sin encuentros sexuales o sin ganas de buscar ninguna.
El caso es que la sexualidad sigue siendo nuestra aunque no estemos teniendo relaciones sexuales. Entonces, ¿qué hacemos cuando nuestro cuerpo ha cambiado?
Lo primero es dejar de meterlo todo en el mismo saco. Si existe sequedad, ardor o dolor, conviene atender ese síntoma. Si existe una molestia persistente, conviene buscar su causa. Si el suelo pélvico está implicado, puede ser útil una valoración especializada. Si el problema tiene relación con la respuesta sexual, la comunicación, la ansiedad o la propia historia erótica, también merece atención. Cada pieza puede necesitar algo diferente.
Un lubricante puede facilitar una experiencia concreta, pero no resuelve necesariamente un problema de deseo. Un tratamiento para la sequedad puede mejorar el dolor, pero quizá después haya que volver a descubrir qué resulta excitante. Trabajar el suelo pélvico puede ser importante en determinados casos, aunque fortalecerlo sin saber qué necesita esa musculatura no sea siempre lo adecuado. Una conversación con la pareja puede abrir posibilidades que llevaban años cerradas, especialmente cuando hemos seguido haciendo las cosas de una determinada manera sin preguntarnos si todavía nos gusta.
Justo ahí es donde la sexualidad consciente puede aportar una mirada diferente, porque no trata el cuerpo como una máquina que tiene que funcionar como antes, sino que aprendemos a relacionarnos con él tal como está hoy. Eso implica curiosidad, conocimiento y también bastante honestidad; porque quizá nuestra sexualidad no necesite volver a ser la de los 30. Quizá necesite convertirse en la sexualidad de la mujer que somos ahora.
Conocer nuestro cuerpo a estas alturas de la vida también es descubrir que todavía tiene conversaciones pendientes con nosotras.
Con cariño
Abhaya Fdez. de Castro
@laviadeltantra.abhaya