El deseo que se esconde en lo cotidiano
Esto suele suceder de manera tan sutil que casi ni nos damos cuenta. Dime si te resuena: una pareja que se quiere, se respeta, comparte la casa, los hijos, los proyectos e incluso humor y una complicidad que solo ellos entienden ( hasta aquí suena típico); pero en un momento dado uno o ambos, empiezan a sentir que algo falta. La intimidad física, ese espacio de encuentro natural y placentero, se va apagando. En su lugar aparece la incomodidad, los silencios, las evasiones… como si la relación tuviera un jarrón frágil que todos temen romper.
No hablo de una mala racha ni de una etapa estresante pasajera, pues todas las parejas han de pasar por ello, sino estaríamos viviendo una relación idealizada y no verdadera. De hecho, son muchas veces esos desajustes cotidianos los que nos llevan a mejorar la relación hasta hacerla “ nuestra” , para conocernos bien, cuadrar los sistemas de los que cada uno venimos y crear el nuestro propio. Ahora me refiero a ese proceso lento, casi invisible, donde el deseo pierde su lugar mientras el afecto y la convivencia permanecen intactos. Justamente por eso nace la confusión: se ama, se cuida, se mantiene la relación y aun así el cuerpo no responde como antes. Esa distancia entre el cariño y el deseo puede ser devastadora, porque nos hace cuestionar si el amor alcanza, si “algo está mal” con nosotras, cuando en realidad lo que está pasando es mucho más común de lo que pensamos.

“Amar es un arte que requiere conocimiento y esfuerzo” Erich Fromm
Lo dice para el amor en todas sus formas, pero pocas veces pensamos en la intimidad como parte de ese arte. Se da por hecho que el deseo se mantiene solo y, cuando no ocurre, aparecen la frustración y la culpa, sin una brújula clara sobre cómo manejarlo.
Efectivamente es un tema candente. En consulta veo muchas mujeres que se sienten atrapadas en este conflicto (que suelen llevar como una carga sin compartir): aman a su pareja, valoran la historia compartida, pero su cuerpo ya no responde como antes, no acompaña. Algunas acceden a los encuentros por miedo a que la relación se rompa, otras evitan el tema con la esperanza de que el tiempo lo solucione. En ambos casos, se va construyendo una distancia que no es solo sexual, sino también emocional, porque cuando algo tan central no se puede hablar con libertad, la complicidad se resiente y los días pasan y tras ellos las semanas e incluso años ¡ sí, años!.
Los hombres también sienten esta desconexión y a menudo sufren en silencio, confundidos, culpables o inseguros. Algunos insisten demasiado, otros se retiran y también los hay que buscan fuera la validación que no encuentran dentro. Ninguna de estas salidas resuelve el fondo del asunto, porque el problema no es solo la frecuencia de los encuentros, sino el significado que la intimidad ha ido tomando con el tiempo.
Cuando el espacio íntimo empieza a asociarse con presión, obligación o expectativa de rendimiento, el cuerpo responde cerrándose. Así de claro. Sabemos que no es generalmente por falta de amor ni de cariño, sino porque el deseo necesita libertad para aparecer y la libertad desaparece cuando cada encuentro se siente como un examen ( entre otras cosas).
Lo que muchas parejas necesitan no son fórmulas mágicas, pues no las hay, salvo en los libros de hadas. Tampoco van a encontrar la solución con ejercicios rápidos, sino con una gran y profunda honestidad y , por su puesto, con conversaciones valientes, tan serias y cuidadas como si estuvieran tratando un tema de salud o de finanzas. Poner palabras a lo que está pasando, sin culpar, sin montar por ello un drama, aunque ya sé que la situación puede parecerlo cuando se lleva un año o más sin encuentros o evitándolos o forzándolos… devuelve el tema al terreno compartido y permite que cada unx se sienta escuchadx.

A veces es necesario redefinir qué significa encontrarse físicamente. Puede ser empezar por abrazos largos, caricias sin objetivo, miradas cómplices que devuelvan confianza al cuerpo. Otras veces hay que mirar qué dinámicas de la relación han ido apagando el deseo, por ejemplo un exceso de roles prácticos, la falta de espacio personal, pequeños resentimientos que se acumulan y pesan bastante más de lo que imaginamos.
Marzo abre la puerta a la primavera y no hay mejor momento para mirarse de frente y reconocer cómo se encuentra la intimidad. Hablar del deseo y de su ausencia no rompe el amor; por el contrario, seguramente conseguiréis que desaparezcan esos silencios incómodos ( los que no lo son, siempre son bienvenidos), la resignación y la sensación de estar solxs dentro de un vínculo que parece funcionar desde fuera. Cuando se aborda con honestidad y cuidado, el encuentro puede reconstruirse y transformarse en algo más auténtico, más consciente y más vivo, que responda a quienes somos hoy y no a quienes éramos al principio de la relación. Recordemos que la vida es cambio y la relación también va cambiando a medida que crecemos, que maduramos o al menos, que pasan los años.
Te invito a mirar tu deseo, a cuidar tu cuerpo, a hablar con claridad y ternura, a permitir que la intimidad recupere su lugar en tu vida y en tu relación porque mereces sentirte deseada y viva y, porque mereces que tu vínculo siga nutriéndote en todos los planos.
Con cariño y complicidad,
Abhaya Fdez. de Castro
@laviadeltantra.abhaya