El eterno renacer en los planes de año nuevo
En el umbral de cada año nuevo, un ritual colectivo se despliega ante nosotros: la elaboración de planes, resoluciones y promesas que buscan reinventar nuestra existencia. Este fenómeno, tan universal como efímero, invita a una exploración profunda. ¿Por qué nos embarcamos en esta danza anual de aspiraciones? ¿Qué revela sobre nuestra condición humana?
Friedrich Nietzsche, con su concepto del eterno retorno, nos desafía a preguntarnos: ¿planearía yo lo mismo si tuviera que revivir este año infinitamente? Esta idea transforma los planes triviales en afirmaciones vitales, invitándonos a una voluntad de poder que trasciende lo efímero. No se trata de metas cuantificables, sino de una afirmación existencial: «Sí, quiero y acepto esta vida, con sus planes y fracasos».
Los planes anuales son ilusiones si no se anclan en la virtud diaria. ¿Por qué esperar al año nuevo para cambiar, cuando el presente es el único tiempo real?

Estos planes revelan nuestro «ser-en-el-mundo» (Dasein), donde el futuro se proyecta como posibilidad auténtica. Sin embargo, a menudo caemos en la inautenticidad del «se dice» las resoluciones populares dictadas por la sociedad—, en lugar de forjar un camino propio.
Cada plan es una elección que define nuestra esencia, nos recuerda Jean Paul Sartre. Fallar en un plan no es fracaso, sino una oportunidad para reelección, recordándonos que «la existencia precede a la esencia».
Filósofos aparte, invariablemente en estas fechas aparece la necesidad de tomar un espacio solitario y tiempo sin prisas para reveer el año que parte y listar esperanzas a materializar en el que está llegando. No conozco a nadie que eluda esta tarea.
Desde una perspectiva psicológica, los planes de año nuevo emergen como un mecanismo de coping ante la incertidumbre de la vida. El psicólogo Carl Rogers, en su teoría humanista, hablaba de la tendencia innata del ser humano hacia la autorrealización, un impulso que se intensifica en momentos de transición como el fin de un ciclo calendario.
Al formular resoluciones ya sea perder peso, aprender un idioma o cultivar relaciones más profundas, estamos respondiendo a un anhelo de congruencia entre nuestro «yo ideal» y nuestro «yo real». Sin embargo, esta brecha, conocida en psicología como disonancia cognitiva (término acuñado por Leon Festinger), a menudo genera más ansiedad que resolución.
Consideremos el rol de la dopamina, este neurotransmisor que actúa como el combustible de la motivación. Al inicio del año, el mero acto de planificar libera una oleada de placer anticipatorio.

Planeamos no tanto por el logro futuro, sino por la ilusión inmediata de control. Pero aquí radica la trampa: la psicología conductual nos recuerda que los hábitos no se forjan con intenciones vagas, sino con refuerzos consistentes. Varios estudios estiman que formar un hábito toma en promedio 66 días, explican por qué el 80% de las resoluciones fallan antes de febrero: nuestros planes suelen ser abstractos, ignorando las barreras cognitivas como la fatiga de decisión o el sesgo de optimismo irreal.
Cuando un plan surge de una motivación intrínseca por ejemplo, ejercitarse por el goce del movimiento, no por presión social, su longevidad aumenta. De lo contrario, se convierte en una cadena externa, propensa al autosabotaje. Así, los planes de año nuevo no son meras listas; son espejos de nuestra psique, revelando vulnerabilidades como el miedo al estancamiento o la búsqueda de validación.
El 1 de enero no es más que una marca arbitraria en el calendario, pero simbólicamente representa un renacimiento, un kairós —momento oportuno— para redefinirse. En este sentido, se asemeja al mito de Sísifo de Albert Camus: cada año empujamos nuestra roca de aspiraciones montaña arriba, sabiendo que podría rodar de nuevo, pero es en ese acto absurdo donde hallamos significado.
Desde una mirada terapéutica, quizás el desafío no sea “hacer mejores planes”, sino cambiar la relación que tenemos con ellos. Preguntarnos menos qué queremos lograr y más desde dónde queremos vivir. ¿Desde la exigencia o desde el cuidado? ¿Desde el miedo a repetir o desde la confianza en el proceso?
Aquí resulta valioso introducir una actitud más compasiva y realista: aceptar que todo plan es provisional, que el error no es fracaso y que el cambio auténtico rara vez ocurre de manera lineal. La flexibilidad emocional es, muchas veces, un objetivo más saludable que cualquier meta concreta.
El inicio de un año puede entonces convertirse en un ritual de escucha interior. Un momento para revisar no solo lo que queremos sumar, sino también lo que necesitamos soltar: expectativas ajenas, ritmos impuestos, ideales inalcanzables. En lugar de grandes resoluciones, tal vez baste con una intención honesta: vivir con un poco más de presencia, coherencia y amabilidad hacia uno mismo.
Al final, los planes más transformadores no son los que prometen una vida perfecta, sino aquellos que nos permiten habitar la imperfección con mayor conciencia. Porque no se trata de comenzar el año siendo otros, sino de continuar siendo, con más autenticidad, quienes ya somos. Brindo por un 2026 con brillantes reinvenciones personales. Nos leemos en febrero.
1 comentario en «El eterno renacer en los planes de año nuevo»
Lo dejas tan claro, aceptar los claros cursos, aceptarnos imperfectos. gracias