«Hamnet» (2025)

Dirigida por Chloé Zhao

Entre la Historia y la Reinvención

“Hamnet”, la adaptación cinematográfica de la aclamada novela homónima de Maggie O’Farrell (2020), representa el retorno de Chloé Zhao al cine intimista tras su incursión en el universo Marvel con *Eternals*. Coescrita por la propia O’Farrell y Zhao, la película narra la tragedia que marcó la vida de William Shakespeare (Paul Mescal) y su esposa Agnes (Jessie Buckley): la muerte de su hijo Hamnet a los once años, víctima de la peste bubónica. Esta pérdida, sugiere la película, sería la génesis emocional de *Hamlet*, la obra maestra del dramaturgo.

Con seis nominaciones a los Globos de Oro, el galardón a Mejor Película de Drama, y el Critics Choice Award para Jessie Buckley, “Hamnet” se posiciona como uno de los trabajos más ambiciosos de la temporada de premios 2026. Sin embargo, más allá de su reconocimiento institucional, la película plantea cuestiones fundamentales sobre cómo el cine contemporáneo aborda la historia, el duelo y la perspectiva femenina silenciada.

La Mezcla de Ficción y Realidad: Reescribiendo los Márgenes

Uno de los mayores aciertos de *Hamnet* es su decisión consciente de no pretender ser un biopic convencional. Zhao y O’Farrell asumen desde el principio las limitaciones históricas: los registros de la época nos dicen que Hamnet Shakespeare murió en 1596, pero se desconoce la causa exacta. La película elige la peste como mecanismo narrativo y, a partir de ahí, construye un cosmos doméstico completamente ficcionalizado.

Esta estrategia permite a las creadoras explorar lo que la Historia no documenta: la vida interior de Agnes Hathaway (llamada así en algunos registros legales, aunque es más conocida como Anne). Tradicionalmente reducida a notas al pie de página en la biografía de Shakespeare, Agnes emerge aquí como el verdadero centro gravitacional de la historia. No es la musa idealizada ni la esposa abandonada del mito, sino una mujer compleja, práctica, profundamente conectada con la naturaleza y poseedora de conocimientos de herbolaria que la sitúan en los márgenes de su comunidad, a veces llamada bruja, y el rumor de que era hija de una bruja hizo profundizar el mito.

La película dialoga abiertamente con la controversia histórica sobre el matrimonio de Shakespeare: ¿fue un error de juventud? ¿Una imposición familiar? Zhao rechaza estas interpretaciones simplificadoras y presenta una relación de genuino magnetismo inicial que se ve fracturada no por falta de amor, sino por la incompatibilidad de lenguajes emocionales frente al duelo. William canaliza el dolor a través de la distancia y la creación; Agnes lo vive de manera física, inmediata, visceral.

Reivindicación Feminista: La Voz de Quien Sostuvo la Vida

El gesto político más contundente de “Hamnet” es su decidido desplazamiento del centro de gravedad: del genio creador hacia quien sostiene la vida mientras otros escriben la historia. La película se niega a perpetuar el mito del artista atormentado como única figura digna de atención y, en cambio, nos muestra la brutal intimidad de la maternidad en el siglo XVI.

Agnes no solo es la madre que pierde a su hijo; es la sanadora, la gestora del hogar, la que maneja las tensas relaciones familiares con los Shakespeare, la que enseña a sus hijos a leer el mundo natural. Zhao dedica tiempo considerable a mostrar el trabajo doméstico, el contacto con la tierra, la preparación de remedios herbales. Estos momentos, lejos de ser mero relleno, refuerzan la idea de que la tragedia no pertenece solo al genio creador.

La perspectiva femenina se manifiesta también en cómo se retrata el parto, la crianza de los gemelos Hamnet y Judith, y especialmente en la devastadora escena de la enfermedad. Cuando la peste llega al hogar, es Agnes quien debe tomar decisiones imposibles, quien debe tocar el cuerpo febril de su hijo, quien debe enfrentarse a la materialidad del dolor. William está ausente, en Londres, construyendo su carrera mientras ella sostiene el mundo que él dejó atrás.

Esta reivindicación no cae en el maniqueísmo de demonizar a Shakespeare. La película muestra a un hombre que ama a su familia pero que es incapaz de habitar el presente, siempre proyectado hacia sus ambiciones literarias. No es un villano, pero tampoco es inocente. Su ausencia se convierte en una especie de catástrofe secundaria, una réplica del terremoto principal.

La Excelencia Técnica: Fotografía y Banda Sonora

Fotografía de Łukasz Żal

El trabajo de Łukasz Żal (Títulos como: “Ida”, “Cold War”, “The Zone of Interest”) es, sin duda, uno de los pilares fundamentales de “Hamnet”. Su aproximación a la luz natural y su decisión de rodar sin apenas iluminación artificial crean una textura visual que evoca la pintura inglesa de la época isabelina. La fotografía no solo documenta, sino que construye significado.

Żal trabaja con contrastes deliberados: el mundo luminoso y orgánico de Agnes, filmado en exteriores con luz difusa que parece emanar de la propia naturaleza, frente a los espacios interiores confinados de William en Londres, donde la luz de las velas apenas penetra la oscuridad. Esta oposición visual refuerza la separación emocional de la pareja.

Es importante aclarar que, según las fuentes disponibles, no se confirma el uso de la cámara Alexa 35 en esta producción. Lo que sí está documentado es el enfoque de Żal en crear una «belleza castigada», como si el mundo insistiera en ser hermoso incluso cuando la belleza resulta insoportable. Las imágenes tienen una calidad táctil: podemos casi sentir la textura del barro, el peso de las telas húmedas, el calor de la fiebre.

Uno de los hallazgos visuales más poéticos de la película es la representación del más allá. Según cuenta el propio Żal, la fotógrafa de producción Agata Grzybowska capturó por accidente la parte trasera de un telón teatral, su lado sin pintar, lleno de texturas y vacío. Esa imagen accidental se convirtió en la clave para visualizar el umbral entre mundos, esa frontera donde Hamnet habita después de la muerte.

Banda Sonora de Max Richter

La música de Max Richter es otro de los grandes activos técnicos de la película, aunque también uno de sus puntos más controvertidos. Richter, conocido por su capacidad para crear paisajes sonoros profundamente emotivos, compone una partitura que «flota y regresa como un pensamiento del que uno no puede deshacerse», como señala un crítico.

Sin embargo, la decisión de utilizar «On the Nature of Daylight» en la escena climática ha generado división. Esta composición, ya utilizada en “La llegada” (2016) y otras producciones, se ha convertido prácticamente en sinónimo de la representación del duelo en el cine contemporáneo. Para algunos espectadores, su uso aquí funciona como un golpe emocional devastador; para otros, delata las «mañas lacrimógenas» de la película y su dependencia del «reciclaje de emociones ajenas».

El Problema del Ritmo: Entre la Contemplación y el Tedio

Aquí llegamos al aspecto más divisivo de *Hamnet*: su ritmo. La película tiene una duración de 2 horas y 5 minutos, pero se siente considerablemente más larga… 

Zhao apuesta por un tempo pausado, casi ascético, con escenas que se prolongan más allá de lo estrictamente necesario. Esta es una decisión deliberada, no un error, pero su efectividad dependerá enteramente de la disposición del espectador.

Para quienes conectan con esta aproximación contemplativa, “Hamnet” ofrece una experiencia inmersiva donde el dolor se mueve a través del paisaje como el tiempo a través de la tierra. Los silencios, las repeticiones de gestos cotidianos, las miradas que no encuentran palabras: todo forma parte de una red sensorial que permite al duelo manifestarse sin subrayados ni grandes discursos.

Sin embargo, para otros espectadores (en los cuales me incluyo, que mire el reloj 3 veces durante la proyección) la película puede resultar agotadora, incluso aburrida. La tendencia a alargar escenas «confiando en que la repetición de gestos o el drama intenso sustituya a la progresión dramática» genera, en ocasiones, la sensación de estar ante una película que se escucha demasiado a sí misma, preocupada por ser «importante», «sensible» y “atormentada”, inclusos unos quiebres de eje que a J.L. Godart o Lars Von Trier se los permito ya que están dentro de su paradigma, pero aquí me sacaron de el foco de atención.

Hay momentos donde Zhao no confía suficientemente en el silencio o la ambigüedad, y parece subrayar su propia gravedad «como si temiera que el espectador no perciba la magnitud del dolor sin una guía explícita». Este desequilibrio entre contemplación genuina y manipulación emocional programada es lo que provoca la sensación de artificiosidad, de película «snob» diseñada para conquistar premios más que para conectar orgánicamente con su audiencia.

Los personajes tampoco ayudan a sostener el peso de las dos horas. William queda algo desdibujado, funcionando más como símbolo que como persona completa. Los hijos, Hamnet y Judith, «sirven solo como dispositivos narrativo-discursivos», según señala un crítico. Esto es particularmente problemático porque la muerte de Hamnet debería ser el eje emocional, pero al niño apenas se le permite existir como individuo antes de convertirse en víctima sacrificial de la narrativa.

Contradicciones Temáticas: Maternidad y Patriarcado

Uno de los aspectos más problemáticos de *Hamnet* es su tratamiento contradictorio de la maternidad. Por un lado, la película intenta reivindicar a Agnes como mujer compleja más allá de su rol maternal. Por otro, termina definiendo su feminidad casi exclusivamente a través de su «vinculación instintiva con la vida y la muerte», reforzando precisamente los estereotipos que dice cuestionar.

Agnes es resiliente, sí, pero su resiliencia se construye siempre en función de otros: sus hijos, su marido, su familia política. La película sugiere que su fortaleza proviene de su conexión «casi mágica» con la naturaleza, una caracterización que, aunque visualmente hermosa, puede leerse como otra forma de mistificación de lo femenino en lugar de una verdadera humanización.

Las relaciones familiares también se vuelven repetitivas: discusiones sobre lealtad conyugal, ausencias paternas, cargas maternas. Estos patrones se repiten «ad nauseam», según algunos críticos, sin que la película logre profundizar genuinamente en la dinámica de poder de la institución matrimonial patriarcal que supuestamente examina.

Una Obra Valiosa pero Desigual

“Hamnet” es una película que merece respeto por su ambición y por algunos de sus logros innegables. La fotografía de Łukasz Żal es magistral, creando un universo visual coherente donde la luz se convierte en lenguaje emocional. La interpretación de Jessie Buckley es devastadora en su fisicalidad contenida. Y la decisión de centrar la historia en Agnes representa un gesto político importante en la representación cinematográfica de figuras históricas.

Sin embargo, la película también sufre de una autoconciencia que termina por distanciar al espectador. Su ritmo pausado cruza frecuentemente la línea entre contemplación y tedio. Su uso de recursos emocionales conocidos (la música de Richter, la estética de «cine de prestigio») puede resultar calculado. Y sus contradicciones temáticas sobre género y maternidad revelan que reivindicar una perspectiva femenina requiere más que simplemente cambiar el foco de atención.

La comparación que hace un crítico es reveladora: «‘Hamnet’ abusa mucho más del reciclaje de emociones ajenas de lo que se atrevería a confesar». Es una película que aspira a la emotividad pura pero que, paradójicamente, alcanza sus momentos más auténticos en los detalles pequeños: las manos que trabajan la tierra, los cuerpos que se buscan o se evitan, los gestos cotidianos que revelan más que cualquier gran discurso.

Para espectadores dispuestos a someterse a su tiempo y a perdonar sus excesos, “Hamnet” puede resultar una experiencia profundamente conmovedora, especialmente en sus últimos 15-20 minutos. Para otros, quedará como una obra técnicamente impecable pero emocionalmente fría, una película más interesada en su propia importancia que en la verdadera exploración del dolor humano.

La percepción de que se hace pesada, aburrida y «snob» no es una lectura superficial, sino una respuesta legítima a las estrategias narrativas de Zhao. Al final, “Hamnet” es una película que te exige mucho (tiempo, paciencia, entrega emocional) y no todos los espectadores sentirán que lo que reciben a cambio justifica la inversión. Y eso, lejos de ser un defecto del espectador, es un recordatorio de que incluso el cine más «prestigioso» no está exento de la obligación fundamental de conectar, no solo de impresionar.

Personalmente me da la impresión de que esta película desde su producción hasta distribución ha sido resuelta para ganar “Premios” no para conectar con el espectador, sino dar un cierto “snobismo” y para mi en palabras de J.L. Godart “El cine no es un arte que filma la vida, el cine está entre el arte y la vida”.

«Porque el mejor cine siempre es una conversación tras los créditos, una copa de vino o un café con qué pecado sigues el diálogo”

Miquel Claudì-Lopez

Comunicador Audiovisual

Periodista

@miquelclaudilopez

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