El Septimo Pecado, Nouvelle Vague (2025) de Richard Linklater, 

Nouvelle Vague (2025) de Richard Linklater, 

Fingir la historia o un homenaje que se fila así mismo

Metacinema Revolucionario

La película «Nouvelle Vague» (2025) de Richard Linklater representa un ejercicio cinematográfico excepcional que recrea la génesis de «À bout de souffle» (1960) de Jean-Luc Godard. Filmada en blanco y negro, formato 4:3, con actores franceses (Guillaume Marbeck como Godard, Zoey Deutch como Jean Seberg, Aubry Dullin como Belmondo), esta obra funciona como homenaje, falso documental y meditación sobre el poder liberador del cine, abordando temas que van desde la revolución artística hasta el contexto político de finales de los años cincuenta.

El Homenaje a los Directores de la Nouvelle Vague

Linklater reconoce que la Nouvelle Vague no fue obra de un genio aislado sino de una generación de jóvenes críticos-cineastas. La película presenta no sólo a Godard, sino también a François Truffaut, Claude Chabrol, Éric Rohmer y Agnès Varda, cada uno retratado con sus particularidades. El homenaje es doble: celebra su audacia teórica al desarrollar la «política de autores» en «Cahiers du Cinéma» y su valentía práctica al filmar sin permisos, con equipos mínimos, inventando soluciones técnicas que se convertirían en el lenguaje del cine moderno.

La decisión de filmar en francés, con actores franceses, en las locaciones originales de París, demuestra el profundo respeto de Linklater por la autenticidad del movimiento. Guillaume Marbeck interpreta a Godard como un personaje complejo: brillante pero socialmente torpe, visionario pero inconsiderado, seguro artísticamente pero inseguro en las relaciones humanas. Linklater no romantiza ni condena; presenta a un joven de 29 años descubriendo su voz mientras lidia con su personalidad difícil, mostrándolo improvisando en el set, frustrando al equipo con cambios constantes, pero capturando momentos de genialidad espontánea.

Falso Documental: La Construcción de una Leyenda

«Nouvelle Vague» funciona como brillante «falso documental», recreación dramatizada del rodaje de «À bout de souffle». Aquí surge una paradoja fascinante: vemos una película de ficción que recrea la realización de otra película de ficción que, a su vez, rompió las barreras entre ficción y documental. Linklater adopta una estrategia visual que simula acceso privilegiado a un momento histórico, con la cámara observando desde cierta distancia los eventos del rodaje, como mosca en la pared durante el verano de 1959.

El aspecto de «making-of» muestra el proceso creativo: cómo Godard llegó a los famosos jump cuts, cómo trabajaba con Seberg y Belmondo, cómo improvisaba escenas sin guión previo. Pero este «making-of» no es neutral; es una interpretación de Linklater basada en testimonios históricos, inevitablemente filtrada por su sensibilidad. La película examina cómo se construyó la leyenda: 23 días de rodaje sin permisos, cámara en mano, calles de París, presupuesto mínimo. Pero también desmitifica parcialmente al mostrar el caos, frustraciones y dudas del proceso. Jean Seberg aparece confundida por los métodos de Godard, el equipo técnico desconcertado, el productor Georges de Beauregard dudando de la coherencia narrativa.

Esta tensión entre mito y realidad es el corazón conceptual de la película: las obras maestras no nacen como tales, sino que emergen del caos creativo, de la experimentación arriesgada, de romper reglas sin saber exactamente qué resultado se obtendrá.

Cine como Revolución en Tiempos de Cambios Políticos

Aunque «À bout de souffle» se filmó en 1959, Linklater contextualiza su creación dentro del clima político más amplio de Francia. La guerra de Argelia (1954-1962) definió a esa generación, un trauma colonial que expuso las contradicciones de la democracia francesa y radicalizó a muchos jóvenes intelectuales. La Nouvelle Vague no puede separarse de este contexto: sus cineastas cuestionaban instituciones establecidas, rechazaban la autoridad paterna, buscaban nuevas formas de vivir y expresarse.

Linklater sugiere sutilmente esta dimensión política mostrando a los jóvenes cineastas discutiendo no solo de cine sino también de acontecimientos contemporáneos. La decisión de Godard de filmar en las calles sin permisos era también una forma de reclamar el espacio público, afirmar que el arte no necesitaba autorización burocrática del Estado. El espectador contemporáneo ve en estos jóvenes rebeldes a los precursores del Mayo francés de 1968. La Nouvelle Vague anticipó estéticamente la explosión política que vendría: cuando los estudiantes gritaron «la imaginación al poder», actualizaban políticamente lo que Godard había hecho en cine.

Lo que la película celebra es la idea del cine como acto de libertad. En un contexto de tensiones coloniales, conformismo social de posguerra, control cultural institucional, hacer cine independiente con recursos mínimos era profundamente revolucionario. Esta dimensión se transmite vívidamente en las escenas donde Godard improvisa, toma decisiones espontáneas, confía en su instinto por encima de las reglas tradicionales. Cada toma es un pequeño acto de insurrección contra el cine industrial convencional.

Quiebre del Paradigma Capitalista y del Sistema de Estudios

«À bout de souffle» se filmó con aproximadamente 400,000 francos, fracción de una producción comercial francesa típica. Linklater dedica considerable atención a este aspecto económico, mostrando a Godard convenciendo al productor de apostar por una película sin estrellas establecidas, sin guión completo, sin plan detallado. Esta capacidad de obtener financiamiento fuera del sistema tradicional fue crucial y estableció un modelo que influyó en generaciones de cineastas independientes mundialmente.

La Nouvelle Vague defendió ferozmente la idea del director como autor, comparable al escritor de novelas. Esta «política de autores» era, en el fondo, una afirmación anticapitalista: rechazaba el cine como producto manufacturado según fórmulas para maximizar beneficios, insistiendo en el cine como expresión personal de un artista individual. Linklater muestra este conflicto en acción: el productor quiere certezas sobre plazos y estructura; Godard insiste en improvisación y experimentación. Esta tensión entre control industrial y libertad artística define las relaciones de poder en el set.

La victoria de Godard (el éxito crítico y comercial de «À bout de souffle») demostró que el modelo de autor podía ser también económicamente viable, transformando la industria cinematográfica mundial y abriendo espacios para voces más personales y experimentales.

La inclusión Femenina: Luces, Sombras y Reconocimiento a las Montadoras

La Nouvelle Vague presenta una paradoja notable respecto a la presencia femenina. Estuvo dominada por directores masculinos cuyas películas frecuentemente presentaban miradas problemáticas sobre las mujeres. Sin embargo, la ruptura con el sistema de estudios abrió espacios para mujeres en roles técnicos y creativos antes cerrados. Linklater presenta a Jean Seberg (Zoey Deutch) no solo como actriz/musa de Godard, sino como mujer con agencia propia que cuestiona los métodos del director y negocia su espacio en el set.

Aunque la película se centra en «À bout de souffle», Linklater incluye apariciones de Agnès Varda, gran cineasta frecuentemente marginada en las historias oficiales del movimiento. Varda había dirigido «La Pointe Courte» en 1955, antes que las óperas primas de Godard o Truffaut, pero rara vez recibe reconocimiento como fundadora. Su inclusión es un acto de justicia histórica que recuerda que había mujeres creando dentro del movimiento, filmando con la misma libertad formal, pero desde perspectivas que cuestionaban representaciones patriarcales dominantes.

Uno de los aspectos más destacables de «Nouvelle Vague» es su reconocimiento explícito del papel crucial de las montadoras. Linklater dedica tiempo significativo a mostrar el trabajo de postproducción, donde la película realmente toma forma. Los famosos «jump cuts» de «À bout de souffle» no fueron solo decisiones de Godard, sino resultado del trabajo colaborativo en la sala de montaje. Históricamente, el montaje fue una de las pocas áreas del cine profesional donde las mujeres pudieron establecerse. Montadoras como Agnès Guillemot (colaboradora de Godard y Truffaut) fueron fundamentales para la construcción del lenguaje de la Nouvelle Vague.

Linklater rinde homenaje a estas mujeres mostrando el montaje como espacio de colaboración creativa genuina. No eran simplemente «las manos» que ejecutaban la visión del director-varón, sino artistas que contribuyeron activamente a la invención de nuevas formas narrativas. El ritmo fragmentado, la temporalidad disruptiva, la yuxtaposición inesperada de imágenes fueron creadas tanto en la sala de montaje como en el set.

Ese punto de Partida para Movimientos Posteriores: Dogma 95 y Más Allá…

La influencia de «À bout de souffle» se extiende mucho más allá de los años sesenta. El movimiento Dogma 95, fundado en 1995 por Lars von Trier y Thomas Vinterberg, puede entenderse como una actualización directa de los principios de la Nouvelle Vague para la era digital. Su «Voto de Castidad» establecía reglas estrictas: filmación en locaciones reales, sonido directo, cámara en mano, sin iluminación artificial, sin música no diegética, sin filtros ópticos. Estas restricciones auto-impuestas buscaban exactamente lo mismo que Godard: liberar al cine de artificios industriales, devolver autenticidad a la imagen, forzar al director a confrontarse con la realidad sin mediaciones técnicas excesivas.

La influencia en el cine estadounidense es inmensa. Directores del Nuevo Hollywood como Scorsese, Coppola, De Palma y Altman reconocen abiertamente su deuda con Godard y Truffaut. Películas como «Bonnie and Clyde» (1967) o «Easy Rider» (1969) son impensables sin el ejemplo previo de «À bout de souffle». El propio Linklater es heredero de esta tradición: su cine independiente, especialmente «Slacker» (1990) o la trilogía «Before», comparte con la Nouvelle Vague la prioridad de la conversación sobre la acción, la improvisación controlada, la filmación en locaciones reales, el interés en capturar la espontaneidad de la vida cotidiana. Al hacer «Nouvelle Vague», Linklater reconoce explícitamente esta genealogía.

La Influencia en Cine y Televisión: Un Nuevo Lenguaje

La Nouvelle Vague cambió fundamentalmente la gramática del cine. Elementos que hoy damos por sentados (montaje fragmentado, finales abiertos, narrativas no lineales, mezcla de géneros, cuestionamiento de la cuarta pared) fueron revolucionarios cuando Godard los introdujo. La película de Linklater ilustra vívidamente cómo se inventaron estas técnicas, mostrando a Godard descubriendo el jump cut casi por accidente, buscando solución al problema de tener demasiado material filmado. Lo que en el cine clásico habría sido considerado un error se convierte en nuevo lenguaje.

La influencia se extiende profundamente en la televisión contemporánea. Series como «Breaking Bad», «True Detective», «Fleabag», «Atlanta» o «Russian Doll» emplean técnicas narrativas con origen directo en las experimentaciones de Godard, Resnais y Marker. La ruptura de la cuarta pared en «Fleabag», los saltos temporales de «Westworld», la ambigüedad moral de «The Sopranos», la fragmentación narrativa de “Lost» (Todas las características de la televisión de calidad contemporánea) son herederas de la libertad formal que la Nouvelle Vague introdujo.

La Libertad de Movimiento: Cámara y Narración

Una de las imágenes más poderosas de «Nouvelle Vague» es ver a Godard filmando con cámara en mano, moviéndose libremente por las calles de París, siguiendo a Belmondo y Seberg sin los pesados equipos de iluminación y sonido que caracterizaban al cine de estudios. Esta libertad física de la cámara era también libertad conceptual. La cámara podía ir donde quisiera, mirar lo que le interesara, detenerse o moverse según la lógica del momento. Era casi como un ojo documental vagando por la realidad, aunque estuviera filmando ficción.

Linklater captura esta sensación de descubrimiento, de improvisación controlada, mostrando a Godard decidiendo en el momento dónde colocar la cámara, cómo encuadrar una escena. El cine se vuelve un arte del presente, del ahora, no de la planificación exhaustiva. Paralela a la libertad de movimiento de cámara estaba la libertad narrativa. «À bout de souffle» no sigue la estructura clásica de tres actos, no tiene progresión causal clara de eventos, no resuelve todas sus líneas argumentales. Michel y Patricia deambulan por París, conversan, hacen el amor, discuten, y la película no juzga ni explica exhaustivamente.

Esta apertura narrativa confía en la inteligencia del público, no subestima su capacidad interpretativa, lo invita a ser co-creador del significado. El final ambiguo permite múltiples lecturas que coexisten sin resolución. Linklater, maestro de la narrativa no convencional (la trilogía «Before» es una conversación sin giros dramáticos tradicionales), reconoce en Godard a un predecesor fundamental.

El Legado Vivo de la Revolución

«Nouvelle Vague» de Richard Linklater es mucho más que una recreación histórica. Es una meditación profunda sobre la naturaleza de la creación cinematográfica, el significado de la libertad artística, la relación entre cine y política, el poder transformador de la imaginación. Al elegir filmar en blanco y negro, en formato 4:3, en francés, en las locaciones originales, Linklater no solo rinde homenaje sino que participa activamente en el espíritu de experimentación que caracterizó a la Nouvelle Vague.

La pregunta central que Linklater plantea es: 

¿Sigue siendo posible la revolución cinematográfica hoy? 

En una era dominada por franquicias corporativas, algoritmos de streaming, homogeneización global del gusto, 

¿Puede el cine todavía ser un acto de libertad radical? 

La respuesta es cautelosamente optimista. Al recordarnos que hace 66 años un grupo de jóvenes con cámaras baratas inventó un nuevo lenguaje que transformó el medio para siempre, Linklater nos invita a creer que la reinvención sigue siendo posible.

«Nouvelle Vague» es una película sobre el poder duradero de la libertad creativa. En un mundo que constantemente amenaza con restringir esa libertad, este mensaje no es solo relevante sino urgente. La revolución que Godard y sus compañeros iniciaron en 1959 no ha terminado; cada nueva generación debe reinventarse para su propio tiempo. Como dijo el propio Godard: «Todo lo que necesitas para hacer una película es una chica y un arma». O, reduciéndolo a principios más amplios: todo lo que necesitas es imaginación y la voluntad de usarla sin pedir permiso.

Quizás las respuestas a  las preguntas planteadas se encuentren en un nuevo cine, no está en las plataformas actuales ni en la mera narración con dispositivos móviles, sino en recuperar la libertad que propuso la Nouvelle Vague: abandonar el narcisismo del selfie y volver a mirar el mundo desde una perspectiva abierta, personal y verdaderamente libre.

«Porque el mejor cine siempre es una conversación tras los créditos, una copa de vino o un café con que pecado sigues el diálogo”

Miquel Claudì-Lopez

Comunicador Audiovisual

Periodista

@miquelclaudilopez

@enlaaceradeenfrete

@queerascinema

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