El Septimo Pecado, «Proyecto Salvación» (Proyect Hail Mary)

“PROYECTO SALVACIÓN” (Project Hail Mary)

Desde la condición humana y el cine de ciencia ficción

«No estamos solos en el universo. Solo necesitamos preguntar de otra manera.»

La soledad como punto de partida: la necesidad de conectar

Proyecto Salvación arranca desde una de las soledades más absolutas que puede imaginar el cine: un hombre despierta en el vacío del espacio sin recordar quién es, sin saber por qué está allí, con dos cadáveres por compañeros y la certeza de que ningún ser humano puede escucharle. Esta soledad radical no es un accidente narrativo; es la condición fundamental sobre la que la película construye todo su argumento emocional.

Grace (Ryan Gosling) no solo está solo en términos físicos. Está solo en términos de identidad: la amnesia lo despoja de cualquier referencia social o afectiva previa. Es, en cierto sentido, un ser humano desnudo ante el cosmos. Y sin embargo, la película tiene la inteligencia de hacer que esa desnudez no conduzca al nihilismo sino a la búsqueda. Grace reconstruye su identidad precisamente a través del contacto con el otro, con Rocky, el ser alienígena que se convierte en su único interlocutor.

La obra de Andy Weir (y su adaptación cinematográfica) subraya aquí una verdad antropológica profunda: el ser humano no se constituye en soledad sino en relación. No somos islas cognitivas sino nodos de una red de afectos, lenguajes y memorias compartidas. La película lo demuestra con una estructura narrativa de dos tiempos: el presente de la nave, donde Grace reconstruye su yo gracias al vínculo con Rocky; y el pasado en la Tierra, donde vemos que ya allí su existencia cobraba sentido en la medida en que enseñaba, transfería conocimiento, se relacionaba. La soledad extrema en el espacio actúa como un espejo que amplifica lo que siempre fue verdad: necesitamos al otro para ser.

El miedo a lo desconocido y la elección de avanzar

Si hay un tema que Proyecto Salvación comparte con toda la gran ciencia ficción de contacto, es el terror ante lo radicalmente diferente. Rocky no es simplemente un extraterrestre con forma curiosa: es un ser cuya biología, percepción sensorial y lógica comunicativa son incompatibles con las categorías humanas. El primer encuentro entre ambos personajes está construido sobre el miedo mutuo, y la película tiene el acierto de no ocultarlo ni resolverlo artificialmente.

El miedo en la película opera en dos registros. A escala cósmica, el Astrophage (el organismo que devora la energía solar) representa la amenaza de lo desconocido que no pide permiso: llega, consume, destruye, sin malicia pero también sin piedad. Ante ello, la humanidad no puede sino temblar. A escala íntima, Grace teme a Rocky no porque Rocky sea peligroso, sino porque Rocky es incomprensible. Y es precisamente la disposición a tolerar esa incomprensión , a quedarse, a seguir intentando comunicarse, lo que convierte el miedo en encuentro.

La película propone que el coraje no es la ausencia de miedo sino su gestión consciente. Grace tiene miedo permanentemente: de fallar en la misión, de no regresar, de no entender. Pero cada vez que el miedo aparece, lo transforma en curiosidad. Esta alquimia emocional es el corazón ético de la narración: el riesgo de lo desconocido no se anula, se acepta como precio del conocimiento y del vínculo.

El humor como herramienta de supervivencia y relativización

Proyecto Salvación es, entre otras cosas, una película divertida. Y esa comicidad no es un elemento decorativo sino una estrategia existencial. Weir ya exploró este terreno en Marte (2015): el protagonista en soledad extrema usa el humor como escudo contra la desesperación. En Project Hail Mary el recurso se amplifica porque el humor se vuelve también un medio de comunicación intercultural.

Grace bromea constantemente, incluso (y sobre todo) cuando la situación es desesperada. Esa tendencia no responde a frivolidad sino a una necesidad psicológica documentada: el humor permite poner distancia entre el yo y la amenaza, relativizar lo que de otro modo aplasta. En términos filosóficos, es una forma de recuperar agencia: reírse de una situación es, en cierto modo, dominarla simbólicamente.

Pero hay algo más sutil: cuando Grace intenta transferir ese humor a Rocky, se produce un cortocircuito cultural delicioso. Rocky no entiende la ironía humana. Y sin embargo, con el tiempo, desarrolla su propio equivalente funcional: algo parecido al juego verbal, a la broma de situación. El humor deviene así en indicador de inteligencia social, en prueba de que la empatía puede cruzar la barrera de las especies. La risa compartida —aunque sea asimétrica, aunque cada uno ría de cosas distintas— es una de las formas más poderosas de reconocimiento mutuo.

La fraternidad más allá del género: el afecto como categoría universal

Uno de los aspectos más interesantes de la relación Grace-Rocky es su completa desvinculación del género como categoría organizadora del afecto. Rocky no tiene género en ningún sentido humano: su biología lo hace radicalmente otro. Y sin embargo, la película construye entre ambos personajes una relación que solo puede llamarse amistad profunda, casi fraternal.

Esta elección narrativa tiene implicaciones que van más allá de la ciencia ficción. Al proponer que el vínculo afectivo más poderoso de la historia se da entre un humano y un ser sin categorías de género reconocibles, Proyecto Salvación sugiere que el afecto genuino no necesita del binarismo para existir. Lo que conecta a Grace y Rocky no es la semejanza física, ni el deseo, ni la identidad compartida: es la necesidad mutua, la curiosidad recíproca, el reconocimiento de que el otro tiene valor intrínseco aunque sea radicalmente diferente.

En un momento cultural en que las discusiones sobre género y binarismo ocupan tanto espacio, la película ofrece una respuesta lateral y poderosa: quizás la categoría más importante no sea el género sino la capacidad de cuidar y ser cuidado. La fraternidad, en su sentido más etimológico, el del vínculo entre iguales que se reconocen como tales, no requiere de semejanza biológica sino de disposición ética hacia el otro.

El reconocimiento de la finitud como condición de sentido

Proyecto Salvación es también una película sobre la muerte, o más exactamente, sobre vivir sabiendo que se va a morir. Grace sabe desde el principio que su misión es suicida: fue enviado sin posibilidad de retorno. La decisión de quedarse junto a Rocky al final, renunciando al regreso a la Tierra, es el gesto culminante de una película que piensa la finitud no como tragedia sino como horizonte que da sentido a las elecciones.

Hay aquí una resonancia con el pensamiento existencialista: es precisamente porque la vida es finita que nuestras decisiones importan. Grace no se queda con Rocky porque no pueda volver; se queda porque ese vínculo ha llegado a ser más valioso para él que cualquier otra cosa. La conciencia de la muerte no paraliza: orienta. Le dice a Grace qué es lo que realmente le importa.

La película evita tanto el heroísmo hueco como el martirologio sentimental. Grace no muere por la humanidad con música grandilocuente; se queda porque allí, con Rocky, su vida tiene sentido. Es una afirmación de la vida concreta, de los vínculos específicos, de las pequeñas colaboraciones cotidianas, frente a cualquier abstracción. La finitud, bien entendida, no nos hace nihilistas sino más atentos a lo que tenemos.

Constelaciones cinematográficas: diálogos con la gran ciencia ficción

Solaris (Tarkovsky, 1972)

Solaris es quizás el referente más filosófico de esta constelación. En el film de Tarkovsky, el océano alienígena no se comunica: proyecta. Lo que los astronautas encuentran no es al otro sino a sí mismos, a sus culpas, sus fantasmas, sus deseos irresueltos. El alien es aquí un espejo que amplifica la interioridad humana hasta hacerla insoportable.

Proyecto Salvación invierte este movimiento: Rocky no proyecta nada de Grace, es genuinamente otro. Y sin embargo, la pregunta de fondo es la misma:

¿Qué ocurre con la identidad humana cuando se enfrenta a lo radicalmente diferente?

En Tarkovsky la respuesta es la disolución; en Weir/Berlanti, la expansión. Son dos respuestas igualmente legítimas a la misma pregunta, y su contraste ilumina los límites y posibilidades de cada visión.

La Llegada (Villeneuve, 2016)

La Llegada es el antecedente más directo en términos de estructura narrativa y preguntas filosóficas. Ambas películas articulan el contacto extraterrestre como un problema lingüístico y cognitivo antes que militar o tecnológico. En La Llegada, aprender el lenguaje alienígena transforma la percepción del tiempo; en Proyecto Salvación, el proceso de construir un lenguaje común con Rocky transforma la percepción del otro como amenaza.

Pero hay una diferencia crucial de tono: La Llegada es melancólica, cargada de tiempo y pérdida; Proyecto Salvación es activa, curiosa, incluso gozosa. Donde Villeneuve se detiene en la contemplación, Weir acelera hacia la solución. Son dos temperamentos distintos ante el mismo misterio: el de qué significa encontrarse con lo que no se parece a nosotros.

2001: Una odisea del espacio (Kubrick, 1968)

2001 es el monolito fundacional de todo este cine. Kubrick propone el contacto con lo alien como evento que supera la comprensión humana: el monolito no dialoga, no explica, no negocia. Simplemente transforma. La humanidad no entiende al alien; lo padece como un salto evolutivo que la rebasa.

Proyecto Salvación responde a esta visión con optimismo antropológico: sí, lo alien supera inicialmente nuestra comprensión, pero la inteligencia humana y la alienígena, cuando ambas se comprometen, puede tender puentes. Donde Kubrick ve un abismo infranqueable, Weir ve un problema de ingeniería comunicativa. Es una diferencia de fe en la razón como herramienta de encuentro.

Interestelar (Nolan, 2014)

Interestelar comparte con Proyecto Salvación la pregunta por el sacrificio y el amor como fuerzas que trascienden el espacio y el tiempo. Cooper sacrifica su relación con su hija para salvar a la humanidad; Grace sacrifica su regreso para quedarse con Rocky. En ambos casos, el amor (entendido de manera amplia, no romántica) es la energía que mueve la trama.

Pero Nolan apuesta por una metafísica del amor: en Interestelar, el amor es literalmente una fuerza física capaz de operar a través de dimensiones. Weir es más empirista: el vínculo entre Grace y Rocky no necesita justificación metafísica, se sostiene en la práctica concreta de la cooperación, el cuidado y el humor compartido. Una visión más humilde y, paradójicamente, más conmovedora.

Proyecto Salvación es, en última instancia, una película sobre lo que nos hace humanos no en el sentido de la especie sino en el sentido de la actitud: la curiosidad ante lo desconocido, la capacidad de reír ante el abismo, la disposición a cuidar al diferente, la conciencia de que el tiempo es limitado y por tanto precioso. Ryland Grace no salva a la humanidad con un arma ni con un ejército: la salva con ciencia, humor y amistad. En eso reside su propuesta más radical y más hermosa.

En diálogo con Tarkovsky, Villeneuve, Kubrick y Nolan, la película ocupa un lugar propio en el canon de la ciencia ficción filosófica: más optimista que Solaris, más activa que La Llegada, más humilde que 2001, más concreta que Interestelar. Una odisea que no termina con la trascendencia del individuo sino con la elección de quedarse, de ser fiel al vínculo por encima de cualquier abstracción. Quizás esa sea la forma más profunda de salvación que podemos imaginar.

“Porque el mejor cine siempre es una conversación tras los créditos, una copa de vino o un café… ¿Con qué pecado sigues el diálogo?”

Miquel Claudì-Lopez

Comunicador Audiovisual

Periodista

@miquelclaudilopez

@enlaaceradeenfrete

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