Sirāt: El Camino Recto entre la Desesperanza y la Libertad
Dirigida por Oliver Laxe
Esta semana no me detendré en un estreno en salas, sino en una película que ha circulado con fuerza por festivales (incluido Cannes) y que ha recibido nominaciones a los Oscar y a los Goya. Disponible en plataformas, Sirāt es una experiencia que puede generar fascinación o rechazo, pero difícilmente deja al espectador sin una opinión.
“Alerta de Spoiler”
El Camino que Conduce a la Pregunta
“Sirāt”, la última obra del director Oliver Laxe, se presenta como un ejercicio de cine contemplativo que transforma el viaje físico en peregrinación existencial. El título árabe, que significa «camino», «sendero» o «vía», evoca inmediatamente el concepto islámico de “Sirat al-Mustaqim”, el «camino recto» que conduce a la salvación. Sin embargo, Laxe subvierte esta promesa de claridad moral y destino trascendente para plantear preguntas más incómodas:
¿Qué sucede cuando el camino recto se tuerce?
¿Cuándo la fe en la continuidad de la vida se agota?
¿Qué libertad queda cuando la esperanza ha sido abandonada?
La película funciona en múltiples registros simultáneos: es road movie y meditación filosófica, es retrato de vínculos familiares y es tratado sobre el derecho a morir, es contemplación del paisaje y es interrogación sobre el sentido del sufrimiento. Esta complejidad estructural permite a Laxe explorar territorios éticos y espirituales difíciles sin recurrir a didactismos o respuestas cerradas. El resultado es una obra que incomoda precisamente porque rehúsa confortar, que plantea dilemas morales sin resolverlos, que acompaña a sus personajes en decisiones que desafían nuestras certezas sobre la vida, la muerte y la dignidad.
El Sirat al-Mustaqim Invertido: Del Camino Recto al Camino Escogido
La referencia al “Sirat al-Mustaqim” no es meramente decorativa sino estructuralmente constitutiva de la propuesta estética y ética de la película. En la tradición islámica, este camino recto representa la vía de la rectitud moral que conduce al paraíso, mencionado en la sura Al-Fatiha del Corán. Es un camino trazado por la divinidad, que los creyentes deben seguir con fe y sumisión. Implica un destino, una dirección, una promesa de salvación para quienes permanecen fieles a su trazado.
Laxe toma esta noción y la invierte radicalmente. El viaje físico que emprenden los protagonistas no está guiado por certezas religiosas sino por una decisión profundamente personal y secular: el derecho a escoger el momento y la forma de la propia muerte. El «camino recto» se convierte en «camino escogido», y esta elección (ejercicio último del libre albedrío) contradice fundamentalmente las prescripciones religiosas que consideran el suicidio como pecado capital.
Esta tensión entre el camino predeterminado por tradiciones espirituales y el camino decidido por la voluntad individual atraviesa toda la película. Los personajes no buscan salvación trascendente sino dignidad inmanente; no persiguen el paraíso sino el control sobre su propio final. El viaje se vuelve así profundamente irónico: utilizan la metáfora del camino religioso para ejecutar un acto que las religiones condenan.

Sin embargo, Laxe no presenta esta decisión como simple rebeldía o nihilismo. Hay una espiritualidad profunda en la forma como los personajes encaran su final, una dimensión ritual y ceremonial en el acto de «morir bailando» que sugiere que lo sagrado no desaparece sino que se reubica. La salvación no se busca en el más allá sino en la posibilidad de morir con dignidad, rodeado de afecto, en los propios términos. El camino recto deviene entonces camino recto hacia la propia verdad, no hacia una verdad revelada.
La elección del título árabe en un contexto europeo contemporáneo también dialoga con cuestiones de migración, pertenencia cultural y desplazamiento. El *Sirat* evocado no es solo el islámico sino también el camino del exilio, del desarraigo, de la búsqueda de lugar en geografías ajenas. Los personajes transitan tanto paisajes físicos como paisajes culturales y emocionales, negociando identidades múltiples, herencias contradictorias, pertenencias ambiguas.
De lo Físico a lo Introspectivo: El Viaje como Metáfora de la Conciencia
Si bien “Sirāt” presenta todos los elementos estructurales del road movie (el desplazamiento geográfico, la sucesión de paisajes, los encuentros fortuitos en el camino), Laxe sistemáticamente frustra las expectativas del género. No hay aventuras en sentido convencional, no hay giros dramáticos espectaculares, no hay revelaciones súbitas que transformen a los personajes. El viaje físico opera más bien como contenedor, como marco estructural que permite el verdadero movimiento: el viaje interior hacia la aceptación, hacia la paz, hacia la claridad respecto a la propia muerte.
La cámara de Laxe, característica de su obra previa como “O que arde”, privilegia la contemplación sobre la acción. Largos planos sostenidos de paisajes, de rostros en silencio, de cuerpos en reposo o en movimiento mínimo. Esta ralentización temporal fuerza al espectador a habitar el mismo tiempo dilatado que los personajes, a experimentar la pesadez del presente cuando el futuro se ha cancelado. No hay prisa porque el destino es cierto; la única pregunta es cómo habitarlo mientras se llega.
El paisaje no funciona como mero decorado sino como presencia casi se entiende, como testigo silencioso del drama humano. Las montañas, los bosques, las carreteras secundarias que los personajes atraviesan operan en diálogo con sus estados interiores. Cuando el paisaje se vuelve árido o neblinoso, cuando la luz cambia, cuando el clima se torna hostil, estos cambios exteriores resuenan con transformaciones emocionales internas. Laxe establece así una cosmología donde lo humano y lo natural no están separados sino profundamente imbricados.
Los silencios prolongados que caracterizan la película son también parte de esta transformación de viaje físico en experiencia introspectiva. En los silencios se despliega la verdadera conversación: consigo mismos, con sus miedos, con sus arrepentimientos, con la proximidad de la muerte. Las palabras, cuando aparecen, emergen cargadas de peso, destiladas de lo esencial. No hay lugar para lo trivial cuando cada momento podría ser el penúltimo.
Esta interiorización del viaje dialoga también con tradiciones contemplativas de múltiples culturas espirituales. La idea del viaje como peregrinación interior es central en misticismos cristianos, sufíes, budistas. Laxe seculariza estas tradiciones pero retiene su núcleo: la noción de que el verdadero movimiento no es geográfico sino de conciencia, no es conquista de territorios externos sino de territorios internos de comprensión y aceptación.
Familia Biológica y Familia Escogida: Vínculos que Sostienen en el Umbral
Una de las tensiones más ricas de “Sirāt” se despliega en la exploración de vínculos familiares. La película presenta tanto relaciones de sangre como relaciones electivas, y examina cómo ambas formas de familia operan (o fracasan en operar) como redes de apoyo cuando se enfrenta el final de la vida.
La familia biológica aparece frecuentemente marcada por ausencias, silencios, heridas no sanadas. Hay distancias afectivas que la proximidad de la muerte no necesariamente cierra. Laxe no romantiza estos vínculos; reconoce que la sangre compartida no garantiza comprensión, que crecer juntos no asegura capacidad de acompañarse en momentos límite. Las familias de origen pueden estar ausentes física o emocionalmente, pueden desaprobar las decisiones del protagonista, pueden ser incapaces de sostener el peso de la despedida.
En contraste(o más bien en complemento) la película presenta con particular ternura las familias escogidas: amistades profundas, compañeros de viaje, personas que eligen acompañarse mutuamente sin obligación sanguínea. Estos vínculos electivos funcionan frecuentemente con mayor flexibilidad, respeto y aceptación radical que las familias biológicas. Pueden sostener conversaciones imposibles con la familia de origen, pueden acompañar decisiones que los parientes condenan, pueden ofrecer el regalo de la presencia sin juicio.
Esta distinción es particularmente relevante para comunidades LGBTIQ+ y otras poblaciones marginalizadas que históricamente han debido construir redes de apoyo fuera de estructuras familiares tradicionales. La película dialoga implícitamente con esta tradición de familia escogida, sugiriendo que lo verdaderamente familiar no es lo biológico sino lo elegido, lo cultivado, lo sostenido a través de actos deliberados de cuidado mutuo.
El acto de «morir bailando”(sobre el que profundizaremos) se vuelve especialmente significativo cuando se realiza ante testigos escogidos. No es performance para convencer a familiares que desaprueban, sino ritual compartido con quienes han demostrado capacidad de acompañar sin intentar disuadir. La familia escogida ofrece el regalo paradójico de ayudar a morir, de sostener la decisión más radical de autonomía precisamente a través de la interdependencia amorosa.
Sin embargo, Laxe tampoco idealiza las familias escogidas como panacea. También aquí hay tensiones, desacuerdos, límites de lo que cada quien puede sostener. Acompañar a alguien hacia su muerte elegida requiere fortalezas específicas que no todos poseen. La película muestra tanto la belleza como el costo emocional de este acompañamiento, reconociendo que quienes sostienen también necesitan ser sostenidos.

La cuestión de quién tiene derecho a opinar sobre decisiones de vida y muerte también se plantea sutilmente. ¿La familia biológica tiene autoridad moral especial por vínculos de sangre? ¿O son las personas que efectivamente han acompañado el sufrimiento quienes merecen mayor peso en estas decisiones? Laxe no resuelve estas preguntas pero las plantea con honestidad, mostrando las complejidades éticas que atraviesan estas situaciones.
Morir Bailando: Libre Albedrío, Dignidad y el Derecho a la Propia Muerte
La metáfora de «morir bailando» condensa quizás la propuesta ética más radical de “Sirāt”. Frente a la muerte medicalizante, institucionalizada, que despoja a las personas de agencia sobre sus propios finales, el baile representa el ejercicio último de libertad: escoger no solo el momento sino también la forma, la estética, el tono emocional de la propia muerte.
El baile es movimiento, es ritmo, es expresión corporal de vitalidad. Morir bailando es entonces morir en plenitud de vida, no esperando pasivamente la extinción sino afirmando la existencia hasta el último instante. Es un rechazo de la narrativa dominante que presenta la muerte como derrota, como fracaso, como algo que «sucede a» las personas. Aquí la muerte es acto, es decisión, es performance consciente.
Esta elección dialoga directamente con debates sobre eutanasia y muerte asistida. Sin entrar en polémicas explícitas sobre legislación, Laxe plantea la cuestión fundamental: ¿quién es dueño de la propia vida? ¿Tiene el Estado, la religión, la medicina autoridad para forzar a alguien a continuar viviendo contra su voluntad? ¿Es el suicidio siempre síntoma de enfermedad mental que debe prevenirse, o puede ser decisión racional de una persona que ha sopesado sus opciones y concluido que la continuidad del sufrimiento no vale la pena?
La película no presenta la decisión de morir como impulso súbito sino como conclusión meditada. Los personajes han agotado esperanzas, han explorado alternativas, han dado tiempo al tiempo. No es depresión transitoria sino valoración sostenida de que su existencia particular, en sus circunstancias concretas, ha dejado de ser digna según sus propios parámetros. Esta distinción es crucial: la dignidad no es impuesta desde fuera sino autodefinida. Lo que puede ser vida digna para una persona puede ser indigna para otra; la autodeterminación requiere respetar estas diferencias.
El baile también introduce dimensión estética en algo que habitualmente se medicaliza hasta la deshumanización. La muerte en hospitales contemporáneos frecuentemente es aséptica, tecnologizada, despojada de ritual o significado. Morir bailando es reclamar la muerte como momento humano que merece belleza, que puede ser ritual, que tiene derecho a estética propia. Es la afirmación de que incluso (especialmente) en el final, merecemos ser plenamente humanos.
Esta metáfora dialoga también con tradiciones culturales diversas donde la muerte se celebra además de lamentarse. Desde los velatorios festivos de culturas latinoamericanas hasta las danzas de muerte medievales europeas, existe una larga historia de relacionarse con la muerte no solo desde el dolor sino también desde la aceptación, la ironía, incluso la alegría. Morir bailando recupera algo de esta tradición, rechazando el tabú contemporáneo que ha convertido la muerte en lo innombrable.
Eutanasia y la Pérdida de Esperanza: ¿Desesperación o Claridad?
La cuestión de la eutanasia atraviesa *Sirāt* de manera compleja y matizada. Laxe no presenta el deseo de morir como síntoma claro de depresión tratable sino como respuesta posiblemente racional a circunstancias específicas de sufrimiento sin perspectiva de alivio. Esta posición es profundamente controvertida y la película no rehúye la controversia.
¿Qué significa perder la esperanza? La narrativa dominante en medicina, psicología y cultura popular presenta la esperanza como virtud incuestionable, como algo que debe preservarse a cualquier costo. «Mientras hay vida hay esperanza» se repite como mantra. Pero ¿qué sucede cuando la esperanza misma se vuelve forma de tortura? ¿Cuándo continuar esperando significa continuar sufriendo sin perspectiva realista de mejoría?
Los personajes de Laxe han llegado a la conclusión de que su esperanza particular—esperanza en recuperación, en alivio del sufrimiento, en restauración de capacidades perdidas—es ilusoria. No es que hayan renunciado a la esperanza por debilidad sino que han evaluado sus situaciones con honestidad brutal y han concluido que la esperanza específica que necesitarían para desear continuar viviendo no tiene fundamento real.
Esta distinción entre esperanza ciega y desesperación clarificadora es crucial. La película sugiere que puede haber lucidez en reconocer cuando la lucha ha terminado, cuando la continuidad sólo significa prolongación del sufrimiento. Esto no es nihilismo sino realismo, no es cobardía sino valentía particular de enfrentar la verdad incómoda de la propia situación.

Sin embargo, Laxe también muestra el costo emocional de esta pérdida de esperanza. No es una decisión fácil ni alegre. Hay duelo por la vida que no será vivida, por experiencias que no serán tenidas, por personas que serán abandonadas. La tristeza coexiste con la determinación; el miedo con la certeza. Los personajes no son héroes estoicos sino personas complejas navegando territorios emocionales contradictorios.
La cuestión de si existe «esperanza suficiente» para justificar continuar viviendo es intrínsecamente subjetiva. Lo que para un observador externo puede parecer vida digna de ser vivida puede experimentarse desde dentro como intolerablemente dolorosa. La película defiende el derecho a esta subjetividad, a que cada quien defina sus propios umbrales de tolerancia al sufrimiento.
También se plantea implícitamente: ¿tenemos obligación de vivir para otros? ¿Los vínculos afectivos nos exigen continuar existiendo aunque nuestro sufrimiento sea extremo? Esta tensión entre autodeterminación y responsabilidad relacional no tiene respuesta sencilla, y Laxe honestamente muestra ambos lados sin pretender resolverlos.
La Metáfora del Tren: La Vida Continúa con o sin Nosotros
Una de las imágenes más potentes de “Sirāt” es la línea del tren como metáfora de la continuidad implacable de la existencia. Los trenes pasan según horarios, transportan pasajeros, conectan territorios, independientemente de si estamos o no en ellos. La vida—la vida en general, no nuestra vida particular (continúa con absoluta indiferencia a nuestras presencias o ausencias individuales).
Esta metáfora opera en múltiples niveles. Por un lado, sugiere la insignificancia radical del individuo frente a la totalidad de la existencia. Nuestra muerte no detiene el mundo; el tren continúa su ruta aunque ya no seamos pasajeros. Esto puede experimentarse como terrorífico (nuestra irrelevancia cósmica) o como liberador (nuestra muerte no es catástrofe universal, el mundo sobrevivirá sin nosotros).
La línea del tren también evoca el paso inexorable del tiempo. Los rieles se extienden hacia adelante y hacia atrás, marcando una temporalidad que precede nuestro nacimiento y excederá nuestra muerte. Podemos subirnos al tren en cierta estación y bajarnos en otra, pero la línea continúa indefinidamente. Nuestra vida es solo un segmento, un viaje particular dentro de una red de viajes que se extiende más allá de nuestra comprensión.
Para los personajes que han decidido bajarse del tren antes de lo esperado, esta metáfora ofrece cierto consuelo. Su decisión de morir no interrumpe la continuidad de la existencia. Las personas que aman continuarán sus viajes; otros pasajeros subirán y bajarán; el tren seguirá su ruta. No están destruyendo nada fundamental sino simplemente concluyendo su participación particular en el viaje colectivo.
Sin embargo, la metáfora también contiene crueldad. El tren no espera, no se detiene por duelos individuales, no hace excepciones por sufrimientos particulares. Esta indiferencia del tiempo puede percibirse como violenta, como recordatorio de que el universo no se preocupa por nosotros de las formas que necesitaríamos.
Laxe utiliza esta tensión productivamente. Muestra tanto el consuelo de saber que la vida continúa (nuestros seres queridos no quedarán en vacío absoluto, el mundo seguirá ofreciendo belleza y posibilidad) como el dolor de esa misma continuidad (seremos olvidados, reemplazados, nuestra ausencia será eventualmente solo dato histórico).
La imagen del tren también dialoga con la historia del cine mismo. Desde la legendaria proyección de los hermanos Lumière que causó pánico en espectadores que creyeron que el tren en pantalla los atropellaría, el tren ha sido símbolo cinematográfico del movimiento, la modernidad, el destino inexorable. Laxe se inscribe en esta tradición pero la subvierte: aquí el tren no es amenaza externa sino metáfora de nuestra propia existencia temporal, de nuestro tránsito necesariamente limitado por esta realidad.
El Coraje de la Pregunta sin Respuesta
*Sirāt* es película valiente precisamente porque rehúsa confortar. No ofrece respuestas sobre si la eutanasia es ética, no resuelve la tensión entre autodeterminación y responsabilidad relacional, no decide si perder la esperanza es desesperación patológica o claridad existencial. En cambio, sostiene estas preguntas en toda su complejidad incómoda y exige que los espectadores habitemos esa incomodidad.
Oliver Laxe ha creado una meditación cinematográfica sobre la muerte que es también meditación sobre la libertad, la dignidad, el sentido del sufrimiento y los límites de la autonomía individual. Utilizando el lenguaje visual contemplativo que caracteriza su obra, transforma el viaje físico en peregrinación espiritual secular, donde lo sagrado no reside en doctrinas religiosas sino en el respeto radical a la autodeterminación humana.
La película nos confronta con preguntas fundamentales: ¿Quién es dueño de nuestra vida? ¿Tenemos derecho a decidir nuestro final? ¿Qué debemos a quienes amamos: continuar viviendo aunque suframos, o tener el coraje de liberarlos de presenciar nuestro deterioro? ¿Es la esperanza siempre virtud o puede ser también forma de autoengaño cruel? ¿Cómo sostenemos a quienes eligen morir cuando todo en nuestra cultura nos entrena para intentar disuadirlos?
*Sirāt* no responde estas preguntas, pero las plantea con honestidad, belleza y profundidad poco comunes en el cine contemporáneo. En tiempos donde los debates sobre eutanasia y muerte asistida son cada vez más urgentes, donde el envejecimiento poblacional multiplica situaciones de sufrimiento sin perspectiva de alivio, donde la tecnología médica puede prolongar vidas más allá de lo que muchas personas considerarían digno, esta película ofrece espacio necesario para reflexión matizada.
El legado de *Sirāt* no será proporcionar respuestas sino abrir espacio para conversaciones difíciles que nuestra cultura prefiere evitar. En este sentido, el «camino recto» que propone no es el de las certezas religiosas ni el de las prohibiciones legales, sino el camino sinuoso, complejo, lleno de ambigüedades de la verdadera libertad humana: la libertad de decidir, incluso cuando esas decisiones desafían todo lo que nos han enseñado sobre el valor incuestionable de la vida.
«Porque el mejor cine siempre es una conversación tras los créditos, una copa de vino o un café con qué pecado sigues el diálogo”
Miquel Claudì-Lopez
Comunicador Audiovisual
Periodista
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