El Septimo Pecado,  «The Housemaid» (La Asistenta): El Poder, la Supervivencia y la Violencia como Sistema

 «The Housemaid» (La Asistenta): El Poder, la Supervivencia y la Violencia como Sistema

Cuando la casa se convierte en campo de batalla

“The Housemaid” emerge en un momento cultural donde el movimiento #MeToo ha reconfigurado nuestra comprensión sobre el abuso de poder, pero la película va más allá del testimonio para adentrarse en territorio más oscuro y complejo: la supervivencia femenina en estructuras diseñadas para su sometimiento. La directora nos presenta no solo una historia de violencia de género, sino una disección meticulosa de cómo el poder (económico, físico, psicológico, social) opera como sistema integrado que atrapa a las mujeres en redes de las que escapar requiere transformarse en aquello que el sistema más teme.

La Economía como Primera Violencia

La película comienza donde muchas narrativas de #MeToo terminan: con una mujer que “necesita” el trabajo. Esta necesidad no es capricho argumental sino el fundamento estructural sobre el cual se edifican todas las violencias posteriores. Millie, la protagonista, acepta un puesto de empleada doméstica no por vocación sino por desesperación económica. Esta premisa conecta directamente con uno de los aspectos menos discutidos del movimiento #MeToo: la mayoría de las mujeres que sufren acoso no pueden simplemente «renunciar» porque la supervivencia económica las mantiene cautivas.

La violencia económica que retrata “The Housemaid” es sistémica e insidiosa. No se manifiesta solo en salarios bajos, sino en la completa dependencia que genera: vivienda incluida, aislamiento geográfico de la mansión, ausencia de alternativas laborales. La familia Winchester no necesita amenazar explícitamente a Millie con despedirla; la amenaza está implícita en cada interacción, flotando como el polvo que ella debe limpiar constantemente. Esta es la primera capa de poder que la película explora: el control económico que convierte el «empleo» en una forma de servidumbre apenas disfrazada.

La comparación con la novela homónima de Freida McFadden resulta reveladora. Mientras el libro juega con el thriller psicológico y los giros de trama, la adaptación cinematográfica añade una dimensión visual visceral de la desigualdad económica. Vemos la opulencia obscena de la mansión Winchester contrastada con el cuarto minúsculo de Millie, las comidas elaboradas que ella prepara versus los restos que le permiten consumir. La cámara no solo documenta esta disparidad; la convierte en claustrofobia, en violencia arquitectónica donde cada espacio le recuerda su lugar en la jerarquía.

La Violencia Psicológica y el Gaslighting Cotidiano

Si la necesidad económica es la trampa, la violencia psicológica es el mecanismo que la mantiene cerrada. “The Housemaid” ofrece una de las representaciones más precisas del gaslighting sistemático que se ha visto en el cine reciente. Nina Winchester, la esposa, ejerce una forma de crueldad que el #MeToo ha ayudado a nombrar, pero que la cultura aún lucha por reconocer plenamente: la violencia emocional entre mujeres dentro de estructuras patriarcales.

Nina no es simplemente una villana; es un producto del mismo sistema que oprime a Millie, pero con suficiente privilegio de clase para convertirse en perpetradora en lugar de víctima. Su violencia psicológica (acusaciones falsas, humillaciones públicas, manipulación de la realidad) refleja cómo las estructuras de poder a menudo cooptan a las mujeres para vigilar y castigar a otras mujeres. La película muestra cómo esta violencia erosiona la cordura de Millie: objetos que desaparecen, acusaciones de robo sin fundamento, insultos disfrazados de «preocupación», la invasión constante de su privacidad presentada como «supervisión laboral».

El Poder Físico y Sexual: La Amenaza Implícita

Andrew Winchester, el patriarca, encarna la violencia sexual que el #MeToo se puso en el centro del debate público. Pero la película es lo suficientemente sofisticada para mostrar que esta violencia no siempre se manifiesta como agresión explícita. El acoso sexual de Andrew opera en el registro de la insinuación, la mirada sostenida demasiado tiempo, el contacto «accidental», el comentario ambiguo que podría ser inocente o predatorio dependiendo de cómo se interprete.

Esta ambigüedad no es defecto narrativo sino representación precisa de cómo funciona el acoso en espacios de poder desigual. Millie no puede acusar directamente a Andrew porque sus acciones siempre tienen «explicación razonable». Esta es la zona gris donde habita la mayoría del acoso laboral: lo suficientemente explícito para quien lo sufre, lo suficientemente ambiguo para que quien lo perpetra pueda negarlo.

La Matriarca: Guardiana del Patriarcado

Quizás el personaje más revelador y perturbador de “The Housemaid” es la madre de Andrew Winchester. Esta figura representa una de las verdades más incómodas sobre el patriarcado: su perpetuación depende tanto de mujeres como de hombres. La matriarca Winchester no es víctima pasiva del machismo; es su arquitecta activa, su defensora más feroz, la guardiana de un orden social que la privilegia precisamente porque ha aprendido a navegar sacrificando a otras mujeres.

Su personaje encarna lo que el #MeToo ha tenido dificultades para abordar: las mujeres que amparan, justifican y perpetúan el comportamiento abusivo de los hombres en sus vidas. Cuando las acciones de Andrew hacia Millie se vuelven innegables, la madre no expresa indignación moral sino preocupación táctica: cómo proteger la reputación familiar, cómo silenciar a la víctima, cómo mantener las apariencias. Para ella, el verdadero escándalo no es el abuso sino su exposición pública.

La película muestra cómo esta complicidad femenina con el machismo se transmite generacionalmente. La matriarca educó a Andrew en la creencia de su derecho a las mujeres de clase inferior, le enseñó que su deseo equivale a permiso, que su estatus social lo protege de consecuencias. Simultáneamente, educó a Nina en la superficialidad social: la importancia de mantener fachadas, de valorar la apariencia sobre la sustancia, de competir con otras mujeres en lugar de solidarizarse con ellas.

Esta representación es crucial porque desmantela el mito de la «sororidad automática». No todas las mujeres son aliadas por el simple hecho de compartir género; algunas se convierten en las peores enemigas de otras mujeres porque han interiorizado tan profundamente la lógica patriarcal que la defienden con más ferocidad que los hombres mismos. La matriarca Winchester ha construido su identidad completa alrededor de su posición en esta jerarquía. Cuestionar el comportamiento de Andrew sería cuestionar el sistema que le dio todo: estatus, riqueza, propósito.

La Superficialidad Social como Violencia Estructural

La película dedica considerable atención a los rituales de la clase alta que la familia Winchester habita: cenas formales, eventos de caridad, reuniones sociales donde se discute arte y se ignora la humanidad de quienes sirven el champán. Esta superficialidad no es meramente estética; es una forma de violencia que invisibiliza el sufrimiento que sostiene ese estilo de vida.

La matriarca Winchester domina este lenguaje de la superficialidad. Para ella, lo que importa no es la verdad sino cómo se percibe la verdad, no la justicia sino la reputación, no el bienestar humano sino el mantenimiento de jerarquías sociales. Cuando se enfrenta a evidencias del abuso de su hijo, su primera reacción no es proteger a la víctima sino gestionar la narrativa pública. Esta priorización del «qué dirán» sobre la integridad moral es el combustible que permite que el abuso prospere en silencio.

“The Housemaid” sugiere que esta superficialidad social es en sí misma una forma de gaslighting colectivo: todos saben lo que ocurre detrás de las puertas cerradas, pero mantener las apariencias se valora más que confrontar la verdad. El #MeToo funcionó precisamente porque rompió este pacto de silencio, porque prioriza la verdad sobre la comodidad social. La matriarca Winchester representa la resistencia a ese cambio, la voz que susurra «pero piensa en su carrera, en su familia, en el escándalo» cada vez que una víctima considera hablar.

Kill Bill y la Respuesta Violenta

Como Beatrix Kiddo en “Kill Bill”, Millie eventualmente responde a la violencia sistemática con violencia propia. Pero mientras *Kill Bill* es estilizada, casi ballet de sangre, “The Housemaid” presenta la violencia femenina como algo más perturbador: calculado, frío, nacido de la desesperación absoluta. Beatrix es una asesina entrenada buscando venganza; su violencia es espectáculo, catarsis. Millie es una mujer común empujada más allá del límite de lo tolerable, y su violencia es improvisada, aterradora precisamente por su falta de elegancia.

Esta representación plantea la pregunta más incómoda del #MeToo: 

¿Qué hacemos cuando el sistema legal falla, cuando denunciar es inútil, cuando cada institución, incluida la de las mujeres con poder como la matriarca, protege al poderoso? 

La película no romantiza la violencia de Millie ni la presenta como solución ideal. Más bien, la muestra como lo que es: el último recurso de quien ha agotado todas las opciones civilizadas.

La Necesidad de Mostrar

Una crítica frecuente a películas como “The Housemaid” es que «explotan» la violencia de género para entretenimiento. Esta crítica malentiende la función política de la representación. No mostramos la violencia para glorificarla sino para hacerla innegable. Durante décadas, la violencia doméstica, el acoso laboral, el abuso psicológico fueron secretos a voces. El #MeToo funcionó precisamente porque rompió ese silencio.

“The Housemaid” continúa ese proyecto de visibilización en formato narrativo. Al construir una historia donde cada tipo de violencia —económica, psicológica, sexual, física, y la complicidad femenina con el machismo— se muestra operando simultáneamente, la película crea un retrato integral que los testimonios fragmentados no pueden lograr solos. La inclusión de la matriarca como personaje es particularmente valiente porque obliga a reconocer que el patriarcado no sobrevive sólo por la dominación masculina sino por la colaboración de mujeres que han aprendido a beneficiarse de él.

La Casa como Microcosmos

“The Housemaid” transforma la mansión Winchester en alegoría del patriarcado mismo: hermosa desde fuera, opresiva por dentro, mantenida por el trabajo invisible de mujeres, estructurada jerárquicamente, defendida tanto por hombres como por mujeres que se benefician de ella, y finalmente, inflamable. La matriarca Winchester, con su devoción fanática a las apariencias y su complicidad activa con el abuso de su hijo, representa quizás la crítica más devastadora de la película: la del feminismo superficial que defiende a las mujeres privilegiadas mientras sacrifica a las vulnerables.

La película no ofrece soluciones fáciles porque no las hay. El #MeToo abrió conversaciones necesarias, pero como muestra *The Housemaid*, señalar el problema no lo resuelve automáticamente, especialmente cuando algunas mujeres tienen tanto invertido en mantener el status quo como los hombres. La casa arde al final, y con ella todas las jerarquías cuidadosamente mantenidas. Es apocalipsis doméstico, revolución en miniatura. La pregunta que nos deja no es si la violencia estaba justificada, sino qué tipo de sociedad construimos que hace de la violencia la única salida imaginable para quienes sufren en silencio, mientras otras mujeres miran hacia otro lado para preservar su comodidad social.

«Porque el mejor cine siempre es una conversación tras los créditos, una copa de vino o un café con qué pecado sigues el diálogo”

Miquel Claudì-Lopez

Comunicador Audiovisual

Periodista

@miquelclaudilopez

@enlaaceradeenfrete

@queerascinema

Facebook
Twitter
LinkedIn

Deja un comentario


El periodo de verificación de reCAPTCHA ha caducado. Por favor, recarga la página.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.