Individualismo

Vivimos a una velocidad vertiginosa dónde las personas no buscan el bien común, sino el bien propio, llegando a un individualismo extremo.

Seguramente, existen muchos factores que influyen en ese egocentrismo, pero uno de ellos podría ser las redes sociales, ya que podrían considerarse catalizadoras y legitimadoras de un problema de valores. En ellas, se fijan unas metas que abogan por el éxito y la fama, con el tener y poseer, convirtiendo al otro en enemigo, y cayendo en la premisa de la competitividad, en lugar de la cooperación.

En los últimos tiempos, se está cultivando la mirada hacia uno mismo, sin tener en cuenta lo ajeno, el culto al “yo”, la era dónde lo estético prevalece a todo, pero el riesgo de este juego es que sólo acaba importando el “Yo”.

¿En qué lugar quedan los demás?

Las consecuencias acaban siendo el pensamiento de que solo importan los resultados, una sociedad productiva dónde las personas no interesan, sino la producción que ellas generan. Todo esto está haciendo que el altruismo decaiga en nuestra sociedad, y convierte al ser humano en un robot mecanizado, que pierde la capacidad de socializar y cada vez más, sin apoyo social.

Las altas esferas, la élite y las grandes empresas nos están promoviendo y potenciando la competitividad y la individualización, siendo ellas un claro ejemplo de egocentrismo, con tan sólo la idea de generar y obtener, sin tener en cuenta los valores humanos de cooperación y ayuda al prójimo.

Quizás en sus inicios, el individualismo tratara de dar a cada persona el derecho a ser independiente y decidir sobre su vida, otorgando así unas funciones en el grupo colectivo. Pero a mi modo de entender, cuando levanto la mirada hacia este mundo, me cuesta ver en qué lugar ha quedado la empatía y el amor al prójimo. Vivimos tan anestesiados y dormidos, que no somos capaces de percibir el dolor de los demás, y la violencia, el hambre o el sufrimiento no nos genera ninguna emoción. No miramos a nuestro lado, porque nos da miedo, que lo que veamos pueda ser el sufrimiento de alguien, por eso preferimos mirar hacía otro lado, convirtiendo en invisible, aquello que no queremos ver.

Atrás ha quedado el espíritu de tribu, dónde la cooperación primaba por encima de la persona, el apoyo era indispensable y la ayuda estaba a la orden del día, la pertenencia a un grupo cada vez es menos visible, la sociedad vive en solitario. La solidaridad está desapareciendo para dar paso a un narcicismo que cada vez crece más, llevándonos a una sensación de vacío, generando ansiedades y enfermedades.

Quisiera pensar que la humanidad no está desapareciendo bajo el ego del individualismo y capitalismo y quisiera pensar, que tal y cómo decía Pablo Sciuto, el pánico al abrazo, no se convierta en el nuevo cólera de nuestra sociedad individualista.

Me gustaría cerrar los ojos y ver que el mundo no es abanderado por la hipocresía y la mentira, que el conformismo no es legitimado y no tenemos un escudo a todos de los disparos de la indiferencia.

Me gustaría cerrar los ojos, para poder ver un amor desinteresado, dónde la fuerza del ayudar esté en todas las calles, y el consumismo no nos nuble la mirada.

Me gustaría que, tal y como decía Eduardo Galeano los agujeros del pecho no se llenen, atiborrándoles de cosas, que acaben convirtiéndose en grandes trofeos.

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