Queer As Cinema + Molt Lluny: Migrar para ser uno mismo

Molt Lluny: Migrar para ser uno mismo

Identidad, crisis y la experiencia de ser extranjero en tu propia Europa o en tu propio país.

Es una película que ya no se proyecta en salas, pero que sigue disponible en plataformas. Elegí escribir sobre ella desde una perspectiva personal, porque creo que la verdadera magia del cine aparece cuando nos descubrimos reflejados en la pantalla. Hay una escena en “Molt Lluny”, de Gerard Oms, en la que el protagonista intenta descifrar un idioma que no entiende, rodeado de personas que hablan con naturalidad mientras él permanece en silencio, sonriendo torpemente para disimular que no comprende nada. Esa escena me devolvió a 2013, cuando llegué a Suiza con una maleta, un título universitario y la certeza de que en mi país ya no había futuro para mí. No había lazos sanguíneos esperándome, ni red familiar que amortiguara la caída. Solo estaba yo, un español más huyendo de la crisis, aprendiendo que ser europeo no significa ser igual en toda Europa.

La película de Oms narra la historia de Sergio (Mario Casas), un joven catalán que emigra a los Países Bajos, pero su verdadero tema es la distancia: la que nos separa de lo que fuimos, de donde creíamos pertenecer, y paradójicamente, la que necesitamos recorrer para encontrarnos. Cuando en 2009 estalló la crisis económica en el sur de Europa, miles de españoles descubrimos que nuestra ciudadanía europea era de segunda clase. Nos convertimos en los nuevos inmigrantes, los PIGS que llegaban a pedir trabajo al norte próspero. Legal, con papeles, con formación universitaria, pero inmigrantes al fin.

La crisis que nos empujó lejos

La España de 2013 era un país herido. El desempleo juvenil supera el 50%, los contratos basura se normalizaron como única opción, y el discurso oficial nos repetía que éramos una “generación perdida”. Recuerdo las conversaciones con amigos en Barcelona y Madrid, todos con carreras terminadas, másteres, idiomas, compitiendo por trabajos precarios de 600 euros al mes. La meritocracia resultó ser un cuento para mantenernos dóciles mientras el sistema se desmoronaba.

Migrar no fue una elección romántica de aventura, fue supervivencia. Pero llegar al norte de Europa significó enfrentarse a una verdad incómoda: allí éramos los pobres del sur, los que venían a quitarles el trabajo, los que no sabían gestionar su economía. En Suiza aprendí que el acento español podría cerrarte puertas antes de abrir la boca, que tu formación valía menos por el sello del país emisor, que eras “legal” pero nunca serías “de aquí”.

Gerard Oms captura magistralmente esa sensación de estar atrapado entre dos mundos. Sergio no es ilegal, tiene todo en regla, habla idiomas, y sin embargo es invisible, prescindible, extranjero. La película nos muestra que la discriminación no necesita papeles para operar: funciona a través de miradas, silencios, oportunidades que se evaporan cuando mencionas de dónde vienes.

El armario como equipaje invisible

Pero “Molt Lluny” explora una distancia aún más profunda: la que separa a Sergio de sí mismo. A lo largo de la película, vemos a un joven que huye no solo de la precariedad económica española sino de algo más íntimo, más aterrador. Su homosexualidad no es un dato de su identidad que lleva con naturalidad, sino un secreto que carga como una segunda maleta, invisible pero pesadísima.

Lo más devastador de la construcción del personaje es su homofobia internalizada. Sergio no necesita que nadie lo rechace porque ya lo ha hecho él consigo mismo. Ha absorbido tan profundamente los discursos de la masculinidad hegemónica que se ha convertido en su propio carcelero. En lugar de enfrentarse a quién es, construye escudos: la distancia geográfica, el silencio, relaciones que nunca profundizan, una vida en tránsito perpetuo que le permite no comprometerse con nada ni nadie.

Oms filma esta contradicción con una sutileza brutal. Sergio mira, desea, se acerca tímidamente, y luego retrocede aterrorizado. No es el rechazo externo lo que lo paraliza, sino el miedo anticipado, el terror a la visibilidad, a ser visto realmente por lo que es. La homofobia internalizada funciona así: convierte el miedo social en autocensura, transforma la amenaza externa en una voz interior que repite incansablemente que no eres suficiente, que no mereces amor, que algo en ti está fundamentalmente roto.

Masculinidades frágiles y espacios hostiles

La película también explora sutilmente los territorios donde esa homofobia se nutre y reproduce. Los espacios de masculinidad tradicional, como las peñas futboleras que tanto protagonismo tienen en la cultura española, funcionan como campos de entrenamiento de la homofobia. Allí, la masculinidad se construye sobre el rechazo violento de todo lo que huela a feminidad o a disidencia sexual.

Las peñas futboleras son microcosmos donde se reproduce el constructo machista más primitivo. La homosexualidad allí es impensable porque amenaza los cimientos de una masculinidad extraordinariamente frágil, sostenida sobre la homofobia, el rechazo a lo femenino y el terror al contagio de la diferencia. No es casualidad que el fútbol, ese ritual colectivo tan central en la cultura española, sea uno de los últimos bastiones donde salir del armario sigue siendo casi imposible.

En las gradas, entre banderas y bufandas, la palabra “maricón” sigue siendo el insulto predilecto, el arma para cuestionar la hombría del rival. Los pocos futbolistas profesionales que han salido del armario enfrentan un ostracismo que revela cuán superficial es nuestra supuesta tolerancia. Esta masculinidad frágil no se limita al fútbol: permea oficinas, familias, grupos de amigos, construyendo una atmósfera donde ser gay significa aprender a navegar constantemente entre la visibilidad y la supervivencia.

Sergio carga con todo ese peso. Ha crecido en una sociedad que le ha enseñado que su deseo es vergonzoso, que su identidad es un defecto. Y cuando migra, lleva consigo ese aprendizaje. La distancia geográfica no lo libera porque la cárcel está dentro. Alemania podría ser más tolerante que España, pero Sergio no puede aprovechar esa tolerancia porque primero necesitaría tolerarse a sí mismo.

¿Quién soy cuando todo cambia?

La pregunta que atraviesa “Molt Lluny” es demoledora: ¿se puede huir de uno mismo? Sergio descubre que no. Que puedes cambiar de país, de idioma, de círculo social, pero si no te enfrentas a quien eres, simplemente llevas tu armario contigo y lo instalas en cada nuevo apartamento.

La película no ofrece soluciones fáciles. Oms se niega al melodrama redentor donde el protagonista sale del armario triunfalmente y todo se resuelve. En cambio, nos muestra el proceso doloroso, lento, lleno de retrocesos, de alguien que apenas comienza a vislumbrar que quizás, solo quizás, merece ser amado por quien realmente es.

Como migrante, reconozco esa sensación de estar en tránsito perpetuo, de nunca comprometerse del todo con el lugar donde vives porque siempre hay una excusa para mantener la distancia. Para Sergio, la migración es funcional: le permite evitar la intimidad, justificar su soledad, posponer indefinidamente el momento de enfrentarse consigo mismo. “Estoy aquí temporalmente”, “no hablo bien el idioma”, “no conozco a nadie” son excusas perfectas para no construir una vida real.

Ahora, de vuelta en Barcelona, vivo en un piso de alquiler que consume buena parte de mi salario. Soy profesional de clase media, con formación universitaria, pero sin la red familiar que proporciona colchón económico o emocional. Huérfano, sin herencias ni propiedades, mi estabilidad depende enteramente de mantener un trabajo que, aunque paga por encima de la media, es temporal: soy sustituto de alguien de baja. Esta precariedad define a toda una generación que creció con promesas de movilidad social ascendente y descubrió que el ascensor estaba roto.

La distancia como jaula

Lo que Oms entiende profundamente es que la homofobia internalizada no es un problema individual sino sistémico. Sergio no eligió odiarse, le enseñaron a hacerlo. Creció en una sociedad donde la heterosexualidad es la norma invisible y todo lo demás es desviación que debe justificarse, esconderse o al menos minimizarse. Aprendió que su deseo era inapropiado en las conversaciones familiares, en las bromas entre amigos, en los insultos del patio del colegio, en los silencios incómodos cuando alguien mencionaba a “los gays”.

Esa educación sentimental deja marcas profundas. No basta con que la ley reconozca tus derechos si la cultura cotidiana sigue tratando tu existencia como un problema. No basta con que las ciudades grandes tengan barrios gay si en la mayoría de espacios sociales la heterosexualidad sigue siendo la única opción visible. Sergio ha aprendido a hacerse pequeño, invisible, a ocupar el menor espacio posible, a no incomodar.

La migración amplifica este mecanismo. Como extranjero, ya eres vulnerable, ya estás en posición subordinada. Añadir otra capa de diferencia, otra posibilidad de rechazo, parece demasiado arriesgado. Mejor quedarse en el armario, mejor pasar desapercibido, mejor sobrevivir que vivir.

El regreso que no libera

La película no concluye con un regreso triunfal. Sergio no vuelve a España transformado y liberado. Oms es demasiado honesto para eso. En cambio, nos muestra que el viaje exterior no resuelve las batallas interiores. Que puedes estar molt lluny, muy lejos, y seguir sin encontrarte. Que la verdadera distancia no se mide en kilómetros sino en la capacidad de mirarte al espejo y reconocer a quien ves.

La crisis de 2009 nos enseñó que Europa no es una familia de iguales sino una jerarquía donde el sur provee mano de obra barata al norte. Nos enseñó que ser ciudadano europeo no te protege de ser tratado como inmigrante. Nos enseñó que la legalidad de tus papeles importa menos que el color de tu pasaporte, tu acento, tu país de origen.

Pero la película de Oms nos enseña algo más: que a veces no migramos para encontrar mejores oportunidades sino para huir de nosotros mismos. Y que esa es la migración más triste de todas, porque no importa cuán lejos llegues, siempre te encuentras allí, esperándote, con las mismas preguntas sin responder.

Hoy, mientras escribo esto desde un piso de alquiler en Barcelona, pienso en todos los Sergios que conozco. Los que han convertido la movilidad geográfica en un estilo de vida para evitar echar raíces. Los que dicen que no encuentran pareja porque están muy ocupados, porque viajarán pronto, porque no conocen a nadie interesante. Los que han aprendido tan bien a esconderse que ya no recuerdan quiénes eran antes de ponerse la máscara.

“Molt Lluny” es una película sobre muchas distancias: la que nos impone la crisis económica, la que nos marca ser extranjeros, la que nos separa de quienes amamos. Pero la distancia más dolorosa es la que Sergio tiene consigo mismo. Esa que lo hace mirar hacia otro lado cuando se cruza con su reflejo, esa que convierte el deseo en vergüenza, esa que transforma el miedo social en autocensura paralizante.

Gerard Oms filma esa distancia con compasión pero sin concesiones. Sergio no es un villano ni una víctima, es alguien atrapado en una contradicción que lo destroza: necesita amor pero le aterra ser visto. Y en esa tensión irresuelta, en ese limbo donde no puedes avanzar ni retroceder, vive la tragedia silenciosa de muchos que han aprendido que ser ellos mismos es demasiado peligroso.

Al final, quizás ser uno mismo no es un destino al que se llega sino un acto de valentía que debe repetirse cada día. Un día dices tu nombre completo, otro día mencionas a quien amas, otro día simplemente no mientes cuando te preguntan. Y quizás, solo quizás, llega un momento en que la distancia entre quien eres y quien finges ser se reduce lo suficiente como para poder respirar. Sergio todavía no ha llegado allí. Muchos de nosotros tampoco. Pero “Molt Lluny” nos recuerda que reconocer esa distancia es el primer paso para empezar a cruzarla.

Dialoguemos, debatamos, compartamos.

QUEER AS CINEMA +:  

«Donde cada película cuenta una revolución.»

Miquel Claudí-López

Comunicador Audiovisual  

Periodista  

@miquelclaudilopez  

@enlaaceradeenfrente  

@queerascinema

Facebook
Twitter
LinkedIn

Deja un comentario


El periodo de verificación de reCAPTCHA ha caducado. Por favor, recarga la página.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.