“La Luz”
Fernando Franco
Poder, deseo, dogma y cuerpo
Antes de abordar el análisis de esta película, conviene aclarar por qué la considero una obra “Queer”. A primera vista, el espectador no encontrará en ella elementos habitualmente asociados a las representaciones del colectivo LGTBIQ+, ni personajes que se identifiquen explícitamente como tales. Sin embargo, la película dialoga con cuestiones que afectan tanto a las víctimas de abuso sexual como a los mecanismos de estigmatización social. En este sentido, resulta pertinente recordar cómo el colectivo LGTBIQ+ ha sido, durante décadas, objeto de una injusta asociación con la pederastia, un prejuicio que la obra invita a cuestionar desde una reflexión más amplia sobre la violencia, el silencio y la exclusión.
El claroscuro del deseo
“La Luz”, ópera prima de Fernando Franco estrenada en 2023, sitúa su relato en el interior de una comunidad religiosa masculina. A través de la figura de Manuel (interpretado por Alberto Sanjuán), la película construye un retrato psicológico de la tensión irresoluble entre vocación, celibato y deseo. Pero la película es también un documento moral y político: expone sin didactismo el modo en que las instituciones religiosas administran los cuerpos, suprimen la sexualidad y, en los casos más graves, la redirigen como violencia hacia los más vulnerables.
Este análisis aborda seis ejes: la pederastia como crimen institucional; la contradicción entre conciencia, acción y rendición al deseo; la mirada transfóbica como mecanismo de desvío de responsabilidad; la religión como instrumento de control social según la lúcida fórmula napoleónica; el celibato como construcción patrimonial disfrazada de espiritualidad; y la distinción crucial, frecuentemente ignorada entre pederastia y homosexualidad.
Pederastia: el crimen como sistema, no como excepción
La pederastia en la Iglesia Católica no es una anomalía de individuos perturbados: es un patrón estructural documentado en decenas de países durante décadas. Los informes de la Comisión John Jay (Estados Unidos, 2004), la Comisión Sauvé (Francia, 2021) o el informe del Bundestag alemán (2023) revelan cifras que oscilan entre los 200.000 y 330.000 víctimas solo en Francia. La Luz no exhibe el abuso de manera explícita, pero lo sitúa como sombra omnipresente: está en el silencio cómplice del entorno de Manuel, en la cadena jerárquica que protege al agresor antes que a la víctima, en la lógica institucional que prioriza la reputación de la Iglesia sobre la dignidad del niño o la niña.
Lo que la película sugiere (y que los datos confirman) es que la pederastia clerical prospera precisamente en los entornos donde el celibato obligatorio convive con el acceso privilegiado a menores en contextos de autoridad y confianza. No es el celibato la causa directa del abuso, pero sí es el marco que lo facilita: suprime la sexualidad adulta legítima, genera compartimentos de secreto, y blinda al sacerdote de toda rendición de cuentas afectiva o legal ordinaria.
La trampa de la conciencia: saber, no actuar, ceder
Manuel es un personaje que sabe. Esa es su condena y su complejidad dramática central. La película construye su arco como el de un hombre que tiene conciencia plena del mal que ocurre a su alrededor (y quizá también dentro de sí mismo), pero que carece de la arquitectura moral para actuar en consecuencia. Esta disociación entre conciencia y acción no es cobardía individual: es el producto exacto de décadas de formación religiosa que entrena a sus miembros para la obediencia antes que para la responsabilidad ética autónoma.
En paralelo, la película explora el momento en que el deseo desborda el dique de la represión. La contradicción no se resuelve: Manuel no se redime ni se condena de manera neta. Fernando Franco rehúye el relato edificante. Lo que queda es la imagen de un hombre fragmentado, incapaz de integrar quién es con lo que profesa ser. Esta fragmentación es la herencia psicológica directa del dogma sexual religioso: la sexualidad no integrada no desaparece; se convierte en secreto, vergüenza, o en el peor de los casos, en daño proyectado sobre el otro más débil.
“Los únicos hombres con falda que violan son los curas”: transfobia y chivo expiatorio
La frase que da título a este apartado circula en el imaginario colectivo como boutade mordaz, pero encierra una operación retórica que merece ser analizada críticamente. Durante décadas, cuando los escándalos de pederastia clerical comenzaron a hacerse insostenibles, ciertos sectores del catolicismo institucional y de la derecha política que lo acompaña, recurrieron a una maniobra de desvío: asociar los abusos cometidos por sacerdotes con la homosexualidad, y la homosexualidad con la pederastia.
Esta asociación es falsa, está desacreditada clínicamente, y es profundamente dañina. La pederastia es una parafilia que afecta a personas con independencia de su orientación sexual hacia adultos. Los agresores clericales no abusaban de niños varones porque fueran homosexuales: abusaban de niños porque tenían acceso, autoridad e impunidad. Muchos de esos mismos sacerdotes abusaron también de niñas. El heteropatriarcado religioso necesita un chivo expiatorio, y el colectivo LGTBIQ+ ha pagado históricamente ese precio.

Mientras la Iglesia señalaba con el dedo a gays y personas trans, sus propios mecanismos de protección al agresor (traslados de parroquia, silencio jerárquico, presión a las familias de las víctimas) permanecían intactos. “La Luz” es consciente de esta operación: el mundo que rodea a Manuel no señala la homosexualidad como problema, pero sí construye un muro de silencio institucional que es, en última instancia, la misma lógica.
Pederastia no es homosexualidad: la violencia de la confusión
Existe una confusión léxica que no es inocente. En numerosas lenguas y contextos culturales, el insulto «pederasta» del griego pais (niño) y erastes (amante) se ha deslizado semánticamente para atacar a hombres homosexuales. La palabra francesa pédé, abreviatura de pédéraste, es quizá el ejemplo más ilustrativo: un término técnico que describe el abuso de menores se ha convertido en el insulto más común contra hombres gays en el espacio francoparlante. La misma operación ocurre, en distintos grados, en castellano y otras lenguas romances.
Esta confusión lingüística no es un accidente: es una estrategia. Equiparar la atracción hacia adultos del mismo sexo con la atracción hacia menores sirve para dos propósitos simultáneos: estigmatizar el colectivo LGTBIQ+ y, al mismo tiempo, diluir la responsabilidad de los agresores clericales al enmarcarla en una supuesta “enfermedad” relacionada con la homosexualidad, en lugar de situarla donde corresponde: en el abuso de poder, en la impunidad institucional y en la violación de la integridad de un menor.
La ciencia es inequívoca: la orientación sexual hacia adultos del mismo sexo no guarda ninguna relación estadística ni clínica con la atracción hacia menores. Los manuales diagnósticos internacionales (DSM-5, CIE-11) tratan la pedofilia como entidad independiente y no la asocian a ninguna orientación sexual. Los datos de los informes sobre abusos clericales muestran que la mayoría de los sacerdotes que abusaron de menores masculinos no se identificaban como homosexuales.
Religión y control social: las frases que Napoleón nunca se desdijo
“La religión es lo que evita que los pobres maten a los ricos.”
“La religión es excelente para mantener tranquilos a los hombres comunes.”
Atribuidas a Napoleón Bonaparte, (Cuya relación con la Iglesia fue simultáneamente pragmática e instrumental), estas frases articulan con brutal claridad una función que el clero ha ejercido históricamente: la de garante ideológico del orden establecido. La teología de la resignación, sufrir en vida para ganar el Cielo; la pobreza como virtud; la obediencia a la autoridad como mandato divino, ha servido, durante siglos, como el lubricante más eficaz del sistema de dominación.
“La Luz” inscribe su relato en esta tradición. La jerarquía eclesiástica que rodea a Manuel no solo gestiona almas: gestiona reputaciones, propiedades, secretos y relaciones de poder. El escándalo de pederastia no se denuncia porque denunciarlo destruiría la maquinaria que legitima ese orden. En ese sentido, el silencio cómplice no es solo cobardía moral: es política institucional. Lo que Napoleón describía como utilidad social de la religión, Fernando Franco lo muestra como mecanismo de impunidad.
El celibato como trampa patrimonial: la mirada de Manuel
El celibato obligatorio del clero católico latino no es una exigencia evangélica primitiva: es una construcción histórica desde el siglo IV y consolidada en el siglo XI bajo Gregorio VII, con una motivación en gran parte patrimonial. Mientras los sacerdotes podían casarse y tener hijos, el patrimonio eclesiástico se fragmentaba por herencias. El celibato garantizó que los bienes (tierras, iglesias, rentas, etc.) permanecieran dentro de la institución.

El personaje de Manuel encarna esta contradicción en su dimensión más íntima. Su lucha no es solo espiritual: es la de un hombre a quien se le ha pedido que renuncie no solo al sexo, sino a toda posibilidad de vínculo afectivo pleno, de familia, de continuidad vital fuera de la institución. La mirada introspectiva que Alberto Sanjuán construye sobre este personaje revela a alguien que intuye haber sido colonizado (sus afectos, su cuerpo, su futuro) por una estructura que se presenta como sagrada pero que opera como cualquier corporación que protege su capital.
La represión sexual institucionalizada que el celibato impone no solo daña al sacerdote: crea individuos sin práctica en la gestión del deseo, sin vínculos afectivos maduros, sin responsabilidad emocional hacia otros adultos. Ese vacío, en contextos de acceso a menores, puede convertirse en el terreno más fértil para el abuso.
“Grâce à Dieu” (François Ozon, 2018): el mismo sistema, otra cámara
Si “La Luz” de Fernando Franco elige la introspección (la cámara pegada al rostro de Manuel, el silencio como lenguaje moral), “Grâce à Dieu” del francés François Ozon opta por la multiplicidad: tres hombres, tres historias, tres formas distintas de cargar con el mismo abuso. Ambas películas, sin embargo, diagnostican la misma enfermedad: una institución que pone su perpetuación por encima de la dignidad humana.
Ozon basa su filme en un caso real y documentado (El del padre Bernard Preynat en Lyon y el cardenal Philippe Barbarin, condenado en primera instancia por no denunciar los abusos) y construye un relato coral en el que las víctimas adultas reconstruyen, décadas después, el daño recibido. Alexandre, François y Emmanuel representan tres respuestas al trauma: la fe que intenta sobrevivir al conocimiento del abuso, la rabia que busca reparación legal, y la desestructuración psicológica más profunda. Ninguna de las tres es «la respuesta correcta»; las tres son humanas y necesarias.
El paralelismo con “La Luz” opera en varios niveles simultáneos. En primer lugar, ambas películas sitúan el mecanismo de encubrimiento jerárquico como el verdadero antagonista, más que el agresor individual. En “Grâce à Dieu”, Barbarin es el rostro visible de una cadena institucional que trasladó a Preynat de parroquia en parroquia durante décadas sabiendo lo que hacía. En “La Luz”, la jerarquía que rodea a Manuel funciona con la misma lógica de gestión del escándalo: el problema no es el abuso, sino que se sepa. Esta es la traducción exacta, en términos cinematográficos, del mecanismo que Napoleón describía como utilidad política de la religión: una institución que sobrevive porque administra el secreto tanto como administra los sacramentos.
En segundo lugar, las dos películas exploran el coste psicológico de la represión y el silencio desde perspectivas complementarias. Ozon lo hace desde las víctimas: muestra cómo el abuso no termina con el acto, sino que se prolonga en el silencio exigido, en la culpa inoculada, en la vergüenza que la Iglesia supo transferir del agresor al agredido con una eficacia pastoral escalofriante. Franco lo hace desde el victimario potencial o real, el filme mantiene la ambigüedad: muestra cómo la institución forma a sus propios miembros para el silencio, para la disociación entre lo que se sabe y lo que se dice, entre lo que se siente y lo que se permite sentir.
Hay una tercera convergencia que merece subrayarse: el tratamiento de la fe. Ni Ozon ni Franco son cineastas anticlericales en el sentido panfletario. Los personajes de Alexandre en “Grâce à Dieu” y de Manuel en “La Luz” son creyentes, o han sido creyentes, o intentan serlo. El drama no es la fe contra la razón: es la fe traicionada por la institución que se arroga su representación. Esta distinción es políticamente importante porque impide que el análisis se reduzca a un ataque a la religiosidad personal, que puede ser fuente genuina de sentido y comunidad, y apunta, en cambio, a la estructura de poder que la instrumentaliza.
Finalmente, ambas películas comparten el rechazo explícito a la ecuación pederastia-homosexualidad. En “Grâce à Dieu”, el agresor Preynat es un hombre casado que abusó de niños varones en contextos de escultismo parroquial. Su conducta no tiene correlato con ninguna orientación sexual hacia adultos: tiene que ver con el acceso, la autoridad y la impunidad. Ozon muestra a las víctimas adultas, algunas de ellas heterosexuales con familias propias, destruyendo con su mera existencia el estereotipo homófobo que pretende vincular abuso con homosexualidad. “La Luz”, al no explicitar la orientación sexual de Manuel y mantener la ambigüedad, hace una operación similar: desvincula el deseo del crimen y sitúa el foco donde corresponde, en la estructura que lo posibilita.

La luz que incomoda
“La Luz” de Fernando Franco es una película incómoda precisamente porque no ofrece catarsis. No hay redención límpida, ni condena ejemplar, ni lección pedagógica. Hay un hombre, una institución, y la colisión entre ambos. Lo que el film ilumina con la crueldad serena que es su estilo, es que los grandes crímenes de las instituciones religiosas no son interrupciones de su lógica: son su prolongación natural cuando el poder no rinde cuentas, cuando el dogma castró la humanidad de sus propios servidores, y cuando la sociedad prefirió no mirar.
Las frases de Napoleón, la etimología de un insulto en francés, los informes de las comisiones nacionales de abuso, la historia del celibato como política patrimonial: todo confluye en la misma imagen. No la de un sacerdote que falla, sino la de un sistema que, al castigar el deseo, fabricó el monstruo que ahora dice abominar. Manuel, en su silencio y su fractura, es el producto más honesto de esa maquinaria.
Dialoguemos, debatamos, compartamos.
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«Donde cada película, cuenta una revolución.»
Miquel Claudí-López
Comunicador Audiovisual
Periodista
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