He-Man, Masters Of The Universe (2026)
El falo empoderado, la Barbie para hombres y la identidad que no se atreve a decir su nombre
Mattel en modo pánico post-Barbie
Masters of the Universe llega a las pantallas el 5 de junio de 2026 envuelta en una paradoja corporativa de manual. Después de que Greta Gerwig convirtiera a Barbie (2023) en una bomba cultural de 1.400 millones de dólares mediante la deconstrucción irónica del producto que le daba nombre, Mattel decidió que la respuesta correcta era hacer exactamente lo mismo con He-Man, su otro gran icono de los ochenta. El resultado es un blockbuster de 170-200 millones de dólares que llega tres años tarde a una fiesta que ya terminó, intentando ser simultáneamente Thor: Ragnarok, Star Wars, Lord of the Rings y Barbie, y que en ese esfuerzo de síntesis universal acaba por no ser del todo ninguna de las cuatro.
La producción ha pasado por Warner Bros. (2007), Columbia Pictures (2009), Netflix (2022) y Amazon MGM Studios antes de aterrizar en cines. Ese peregrinaje de casi veinte años por los estudios de Hollywood ya es, en sí mismo, un diagnóstico: nadie sabía muy bien qué hacer con He-Man en el siglo XXI porque nadie estaba seguro de si el personaje era un héroe de acción, una broma, un objeto de nostalgia o un artefacto culturalmente embarazoso cuya simbología no resiste un análisis demasiado prolongado.
ILa Barbie para hombres, o cómo copiar los deberes sin entenderlos
La crítica de IndieWire lo formuló con precisión quirúrgica: el mayor referente de este Masters of the Universe no es ninguna franquicia de espada y brujería, sino Barbie una comedia meta-feminista sobre hombres siendo patéticos. La operación de Mattel es transparente: si Gerwig pudo convertir una muñeca de plástico en un texto feminista sobre el patriarcado;
¿Por qué no hacer lo mismo con He-Man y la masculinidad?
El problema es estructural. La película de Gerwig funcionaba porque su crítica al modelo de feminidad que Barbie encarnaba era genuina, incómoda y, en última instancia, desleal con el producto que le daba nombre: la Barbie de Gerwig termina cuestionando Barbieland, no vendiéndolo. Masters of the Universe 2026, en cambio, quiere tener la autoconciencia irónica de Barbie y al mismo tiempo seguir siendo un vehículo de merchandising que vende la fantasía muscular de He-Man sin cuestionarla de verdad. Es la diferencia entre la parodia que desmonta y la parodia que celebra disfrazada de desmontaje. El resultado es exactamente lo que la crítica de RogerEbert.com describió como una película de identidades en competencia que intenta servir a dos amos sin tener el poder de honrar a ninguno de los dos.

Donde Barbie exploraba el precio psicológico de ser un ideal, Masters of the Universe se limita a guiñar el ojo al ideal sin nunca ponerlo en cuestión. Adam/He-Man termina siendo lo que era al principio, solo que con más seguridad en sí mismo. No hay deconstrucción: hay afirmación con autoconsciencia cosmética.
El guion Frankenstein: Thor + Star Wars + Guardianes de la Galaxia
Cuatro guionistas: Chris Butler, Aaron Nee, Adam Nee y David Callaham y una historia original de seis personas. El número ya presagia el resultado: un guion de consenso, sin aristas, construido por comité para no ofender a nadie y apelar a todos. La estructura es tan transparente que los propios críticos la han cartografiado con facilidad.
El eje principal es Thor con otro nombre: príncipe de otro mundo, poderes vinculados a un artefacto mágico, enviado involuntariamente a la Tierra, obligado a aprender humildad antes de poder reclamar su destino, rodeado de un grupo de aliados variopintos. La CGMagazine lo señaló directamente: incluso Idris Elba está ahí, repitiendo en esencia el mismo rol de mentor que tenía en las películas de Thor, con la diferencia de que esta vez el personaje tiene un arco un poco más desarrollado. Star Wars aporta el conflicto galáctico, el villano con estética de esqueleto cósmico y la lógica del elegido. Los Guardianes de la Galaxia contribuyen el tono: nostalgia ochentera, humor meta-referencial, banda sonora como capital emocional.
Lo que se pierde en este proceso de ensamblaje es precisamente lo que hacía única a la serie original: su absurdismo sin vergüenza, su exceso sin disculpa, su capacidad de existir en un espacio que no pretendía ser nada más que lo que era. La serie de los ochenta no era sofisticada, pero era honesta con su propia naturaleza. El filme de 2026 tiene la sofisticación de conocer sus referentes pero la deshonestidad de no atreverse a ser nada propio.
«Masters of the Universe es una película de identidades en competencia… intenta servir a dos amos y no tiene el poder de honrar a ninguno.»

RogerEbert.com
El elenco: talento de primera en un guion de segunda o de estudiante novato.
El reparto de Masters of the Universe 2026 es objetivamente extraordinario para el material que se le entrega. Idris Elba, Alison Brie, Kristen Wiig, Morena Baccarin, James Purefoy, Camila Mendes, Jared Leto: cada uno de ellos ha demostrado en otros contextos una capacidad actoral que este guion simplemente no les pide. Es el problema clásico del blockbuster de franquicia: se contrata talento para justificar la inversión de marketing, no para usarlo.
Alison Brie como Evil-Lyn es quizá el caso más sintomático. Una actriz capaz de registros de enorme complejidad emocional (sobrada en Glow, deslumbrante en Bojack Horseman) queda reducida a una villana de motivaciones esquemáticas. Jared Leto como Skeletor sufre el problema opuesto: el diseño del personaje, completamente CGI en la calavera, le impide hacer cualquier cosa con su rostro. Las críticas lo señalan sin piedad: Skeletor se ve amenazador pero nunca matizado, porque la máscara digital le roba al actor exactamente el instrumento con el que trabaja. Kristen Wiig pone voz a Roboto, un robot de comedia, que es quizá la definición más condensada del desaprovechamiento de recursos.
Nicholas Galitzine como Adam/He-Man es el problema más profundo, porque es el centro de todo. Galitzine tiene presencia y encanto romántico, demostrado en Red, White and Royal Blue, pero el guion le pide que sea un himbo Thor: bello, algo corto de luces, bueno de corazón, sin fisuras. La química con Mendes falla precisamente en la dimensión más básica: no como pareja romántica, sino como compañeros de armas.
I have the power: la espada, el falo y la crisis de identidad genérica
He-Man es, en la historia de la cultura popular, uno de los personajes donde la simbología fálica aparece con menos disimulo posible. La Espada del Poder es literalmente el objeto que transforma a Adam en el hombre más poderoso del universo: levantarla por encima de la cabeza, gritar «I have the power», y mutar de joven inseguro a coloso musculado es una metáfora de la masculinidad hegemónica tan transparente que resulta difícil no leerla como involuntaria o como parodia voluntaria del complejo de castración.
La franquicia entera nació de una contradicción productiva: Mattel quería vender muñecos masculinos musculosos en una época en que los juguetes de acción para chicos debían ser vehículos o armas, y la solución fue crear un universo de fantasía donde la exhibición del cuerpo masculino era el argumento central. El resultado fue un universo visual que los estudios queer llevan décadas analizando: Castle Grayskull, los personajes secundarios con nombres como Man-At-Arms o Ram-Man, el propio nombre He-Man, el villano Skeletor con su armadura de colores violeta y azul, el universo de muscularidad sin camisa que convive con capas, melenas rubias y sombreros alados.
La película de 2026 hereda toda esta tensión semiótica pero no sabe qué hacer con ella. Nicholas Galitzine, el actor que popularizó roles abiertamente queer en el cine romántico contemporáneo, encarna un He-Man que oscila sin resolver entre el ideal heteropatriarcal del “bro” musculado y la estética más camp de los Village People. Travis Knight parece consciente de la tensión, hay guiños, hay “humor” autoconsciente, hay momentos donde el diseño de producción celebra el exceso casi drag del universo original pero nunca la lleva a ninguna conclusión. El film no es ni lo suficientemente queer para ser una relectura, ni lo suficientemente straight para ser una afirmación sin complejos. Es, en ese sentido, el blockbuster más ansioso de la temporada.

La elección de Galitzine es el síntoma más claro de esta ambigüedad. Casting a un actor cuya imagen pública está profundamente asociada con personajes LGTBIQ+ para interpretar al icono de la masculinidad heteropatriarcal ochentiana es, o bien un gesto de apropiación campo calculado, o bien una inconsciencia absoluta respecto a lo que el propio personaje ya era. El resultado es un He-Man que no sabe si va al gimnasio o al orgullo, y que probablemente podría ir a ambos pero la película no le deja hacer ninguna de las dos cosas con convicción.
El master of the universe que no domina nada
Masters of the Universe 2026 es un producto industrialmente competente y conceptualmente cobarde. Tiene la producción, el elenco y el presupuesto para ser algo, y elige ser muchas cosas a la vez para no comprometerse con ninguna. Quiere la ironía de Barbie sin su honestidad, el espectáculo de Thor sin su coherencia interna, la emoción de Star Wars sin su arquitectura mítica, y la energía queer de su propia iconografía sin el coraje de reconocerla.
Lo que la película revela, casi sin quererlo, es que He-Man como personaje es irrecuperable para el cine de franquicia contemporáneo sin una intervención radical (sin una Gerwig que esté dispuesta a hacer con él lo que Gerwig hizo con Barbie: traicionarlo productivamente. Knights y sus guionistas no están dispuestos a esa traición. Prefieren un He-Man que grite «I have the power» con una ironía suficientemente ambigua como para que nadie se sienta excluido ) ni los fans de los ochenta, ni los adolescentes de 2026, ni los espectadores que detectan la tensión queer del universo original.

El problema es que esa ambigüedad no es sofisticación: es indefinición. Y la indefinición, en un blockbuster de doscientos millones de dólares con el mejor elenco que el dinero podría reunir para este material, no es una virtud. Es exactamente lo que la crítica lleva una semana diagnosticando con distintas palabras: una película que intenta servir a dos amos y acaba sin poder honrar a ninguno. La espada no corta nada.
“Porque el mejor cine siempre es una conversación tras los créditos, una copa de vino o un café…
En esta película mas te vale tomarte unas cuantas copas…
¿Con qué pecado sigues el diálogo?”
Miquel Claudì-Lopez
Comunicador Audiovisual
Periodista
@miquelclaudilopez
@enlaaceradeenfrete
@queerascinema
1 comentario en «El Séptimo Pecado, He-Man, Masters Of The Universe (2026)»
buen análisis , tengo curiosidad por verla .