¿Somos Libres o Solo Elegimos la Salsa?
La libertad es, quizás, la palabra más pronunciada y menos comprendida de nuestra era. Solemos definirla como la capacidad de decidir, pero rara vez nos detenemos a cuestionar si las opciones que tenemos delante son reales o simplemente una concesión del sistema en el que vivimos.
Eduardo Galeano nos legó una enseñanza magistral a través de la metáfora del cocinero y las aves. En ella, un cocinero pregunta a sus gallinas, patos y faisanes con qué salsa prefieren ser cocinados. Cuando una de las aves manifiesta que no quiere ser comida, la respuesta es tajante: «Eso no es una opción».
Esta historia funciona como un espejo de nuestra sociedad. A menudo, creemos ser libres porque elegimos el «cómo», sin darnos cuenta de que el «qué» ya ha sido decidido por otros.
Nuestra autonomía se reduce a seleccionar la «salsa» (el consumo, el estilo de vida superficial), mientras el destino final permanece inalterable bajo las normas sociales y culturales. Lo que Galeano intentaba transmitirnos hace unos años, ha cambiado de forma pero el fondo del mensaje sigue siendo el mismo. Hoy no se obliga a hacerlo desde el autoritarismo sino desde la seducción del confort. Las redes sociales y la cantidad de actividades, series de televisión, incluso el consumismo generan que tengamos nuestras vidas muy ocupadas, corriendo de un sitio a otro haciendo que el poco tiempo que tenemos, no pueda ser utilizado para el pensamiento crítico. Al final ese estilo de vida nos genera ansiedad y nos saturamos, y en ocasiones, no nos planteamos si esta es la vida que queremos, si el camino lo elegimos nosotros, o de alguna manera viene impuesto por esta sociedad de la prisa.
Para profundizar en esta idea, debemos acudir a los pilares del pensamiento humano. Descartes vinculaba la libertad con la voluntad, defendiendo que esta debe estar libre de toda coacción para ser auténtica. Sin embargo, en la práctica, el miedo actúa como la fuerza coactiva más invisible y poderosa, impidiéndonos ejercer esa voluntad de forma plena.

Por otro lado, Victor Hugo otorgaba a la libertad una triple dimensión:
En la filosofía, La razón, esa capacidad de discernir por uno mismo, sin que la opinión de masa nos pueda influir en nuestra propia verdad. En el arte, la inspiración, esa libertad de crear sin seguir ningún patrón, sino desde la propia creatividad y subjetividad.
En la política, el derecho, teniendo en cuenta que existen leyes que nos pueden proteger pero también sirven para delimitar nuestra propia jaula.
Cuando nos faltan estos derechos o cuando la razón es nublada por la normativa social impuesta, la libertad total se convierte en una meta lejana.
La verdadera libertad no es un estado que se recibe, sino un camino que se conquista hacia el interior. Para acercarnos a ella, es necesario indagar en nuestro propio ser para descubrir qué esperamos realmente de la vida.
Identificar y romper las barreras del miedo que nos impiden tomar rumbos desconocidos. Entender la libertad como una puerta que, aunque nos lleve a destinos inciertos, es la única que nos permite regir nuestro propio destino.
Como bien decía Galeano, la libertad está intrínsecamente ligada a la autenticidad y a la educación:
«Libres son quienes crean, no quienes copian; libres son quienes piensan, no quienes obedecen. Enseñar es enseñar a dudar».
Si queremos ser verdaderamente libres, debemos dejar de elegir la salsa y empezar a cuestionar el menú completo. La libertad comienza en el momento en que nos permitimos dudar de lo establecido, desafiamos los dogmas invisibles y nos atrevemos a crear nuestro propio camino.