EL PODER DE LA PALABRA
A veces es difícil no dar importancia a las palabras, y es que las palabras poseen un gran poder que puede alterar nuestra percepción y emoción de las cosas. Cuando las palabras toman forma, representan lo que el raciocinio quiere expresar. En ellas, no hay cabida la inocencia. Tienen la virtud de dejar huellas en el alma, acariciándola con cuidado o destrozarnos y herirnos cómo si de un arma se tratara. Esta intuición poética encuentra un respaldo hoy en día en la neurociencia. Como señala Mario Sigman en El poder de las palabras, el lenguaje no es un adorno del pensamiento, sino la herramienta con la que el cerebro modela la emoción. La forma que nos hablamos a nosotros mismos y a los demás altera la química de nuestra mente y redefine nuestros recuerdos. No hay inocencia en la palabra porque cada sílaba deja una huella física y emocional en nuestra psique.
Las palabras son la voz de todo lo que es humano. Escribir y descifrar en palabras todo lo que acontece en el cosmos requiere una especial sensibilidad y sentir. La palabra es el puente que conecta al hombre con el universo, así que la brisa en la cara, el reflejo del sol o el sonido de las olas pueden transformarse en bellas palabras en la mirada de un poeta. Tienen una fuerza especial, dónde no solo describen sino que alteran el pensamiento, nuestra psique y pueden poseer el don de la emoción. Nos emocionan.

Cuando el pensamiento busca su cauce y la palabra cobra forma puede marcar a fuego el terreno invisible de la memoria. La palabra es la voz con la que la humanidad nombra. Conforman la existencia de todo el universo, ya que sin ellas nada podría ser nombrado. Acercarse a la verdad poética a través de las palabras es una dulce maravilla dónde los recuerdos, la belleza, un paisaje o la nostalgia pueden acomodarse. De esa manera puede surgir la conexión entre el universo y el hombre, llenando vacíos o liberando sombras. Y ahí, sumergidos entre la luz y la penumbra, la palabra deja de ser un mero vehículo de nuestro pensamiento para convertirse en un acto de creación pura. Al nombrar lo que dolió, el dolor se transforma en un canto, al nombrar la belleza de algo, el instante se convierte en eterno. El lenguaje nos devuelve la capacidad de contemplar el mundo, y como nos recuerda Mario Sigman, también nos devuelve la reconfiguración de nuestro pasado, dando forma a los recuerdos, poner en palabras lo intangible es un acto de reescritura mental, un lugar dónde la neurociencia y la poesía se dan la mano para permitirnos habitar nuestra historia y nuestro mundo.
Cuando esa melodía retumba en el pecho y nace la palabra exacta, el azar parece detenerse por un segundo porque pronunciar esa palabra creadora es nuestro mayor acto de libertad, porque mientras sepamos nombrar, nosotros seguiremos existiendo.