NUESTRA CASA SOMOS NOSOTROS

Ya se van acabando estos 4 meses de nuestra estadía en Perú. Como siempre, los últimos quince días se acercan, pasan volando y pronto nos parecerá mentira que hayan pasado. El tiempo tiene esto, no es lineal, no sigue siempre el mismo compás, ni la misma velocidad, ni la misma cadencia. De hecho, se puede volver elástico y flexible, incluso se puede acomodar a nuestro paso dejándonos reposar un ratito en calma… Pero seguidamente nos vuelve a apresurar, aunque no tengamos ganas. A veces da la sensación que se estira y se encoge, que sube y baja, y es que a cada momento condiciona nuestro día a día y aunque lo queramos controlar, aunque deseamos que cambie según nuestras necesidades, lo cierto es que nunca deja de acompañarnos.

La percepción del tiempo la tenemos todos, cada persona tiene la suya, pero la sociedad globalizada y digital en la que vivimos ha convertido este regalo tan valioso, en el cual se extiende nuestra vida aquí en la Tierra, en una especie de carcelero cotidiano, necesario y odiado al mismo tiempo, que nos dirige el día a día desde que nos despertamos hasta que volvemos a acostarnos.

El tiempo marca nuestros rituales, nuestras bienvenidas y nuestras despedidas, nuestras relaciones, nuestros movimientos, nuestra vida familiar, nuestras comidas, nuestros pensamientos, los pequeños ocios que nos permitimos… y lo  peor es que nos estamos acostumbrando a vivir así, siempre corriendo, siempre intentando atrapar  lo que no se puede atrapar, siempre mirando el reloj o el móvil, siempre intentando llegar a todo sin abastar nada, siempre dejándonos con el regusto de no poder hacer más.

El tiempo es como un mago de los buenos, te deja sin palabras: Miras adelante, hacia el futuro, y los ves largo.  Miras hacia atrás y se te encoge el corazón cuando te das cuenta de la rapidez con la que pasa todo. Lento aparentemente hacia adelante, rapidísimo por atrás.

El tiempo es uno de los regalos más valiosos que tenemos en la Tierra para vivir, amar y crecer; para disfrutar del entorno, de las personas amadas, de la naturaleza, de nuestros intereses personales; para estar con nosotros mismos, para aprender… Pero la realidad es que la gran mayoría de nuestro tiempo se lo lleva el trabajo, las inquietudes, las preocupaciones y las redes sociales, esta manera de vivir ajetreada y siempre pendiente del reloj, un reloj que corre de tal manera que no te lo puedes creer.

Me viene el recuerdo de cuando era joven y me fui a Nicaragua… ¡Qué manera de vivir tan diferente a la nuestra! Qué aprendizaje me llevé de aquellas personas que, viviendo un conflicto armado en su propio país, carentes de tantas cosas y con la incerteza por sus personas amadas que marchaban en la mañana y que no sabían si volverían a verlas, tuvieran en cambio aquella fuerza y humildad, aquel agradecimiento y convicción, aquella tranquilidad interna y externa. Me enamoraron sus niños, aquellos niños y niñas que eran un bloque compacto entre ellos, que compartían lo poco que tenían y jugaban felices con una sonrisa y una mirada tan limpia que nunca había visto en nuestros niños de aquí, acostumbrados a tenerlo todo y tan poco solidarios con sus compañeros, tan dados a sentirse agredidos solamente que otro lo rozara al pasar… ¡Era impresionante!

Eran impresionantes los niños… y el tiempo. El tiempo allí no mandaba, no tenía sentido, no era una adversidad. Lo aprendí cuando subíamos en alguna movilidad y preguntábamos cuanto tiempo tardaríamos en llegar al lugar deseado. Nos miraban sonriendo, con aquella alegría interna que transmitían, se rascaban la cabeza, pensativos, y nos decían: “Serán dos horas, quizás tres…” Porque pronto nos dimos cuenta que no era importante el tiempo que tardaras en llegar… ¡Podían pasar tantas cosas en el camino! Lo importante era que cuando llegases harías lo que tenías que hacer. Se trataba de esto. Tenían tiempo, todo el tiempo del mundo para hacer lo que debían hacer. Y lo agradecían.

Ahora, en estos cuatro meses que hemos pasado en Perú, me doy cuenta que hemos vivido así con Chicho, poco a poco, que el tiempo sin tiempo ha sido el color predominante de esta experiencia que nos ha permitido respirar cada momento sin prisas, saborearlo todo de otra manera, dejar que el día a día nos sorprenda y que se extienda libre ante nuestros pies y se pierda por allí donde quiera.

Esta vivencia me trae el recuerdo de Ernest, de cuando ya hacía un tiempo que había cambiado de plano de existencia… Lo vi venir sonriendo y llevando en  sus manos un corazón, que me ofreció, diciéndome:

-“Mama, ¿ves este corazón? Es la vida que habías puesto en mi futuro… Yo ya no la necesito, mama, es tuya… ¿Qué harás con tu vida, mama?… ¿Qué harás con tu nueva vida?”

Yo no sabía qué haría con mi vida, pero recogí con cuidado aquel corazón que me ofrecía con tanto amor y supe que tenía que haber un futuro nuevo para mí, para nosotros, para los tres.

Ahora, 14 años más tarde, este viaje, sin pensarlo, nos ha traído este regalo de sentir la vida plena, de caminar sin ningún miedo y de arriesgarnos, como siempre hemos hecho, a ser un poco locos, a vivir experiencias nuevas y a disfrutar de nosotros mismos y de este tiempo amigo, abierto, sin barreras, que nos hace sentir que, estemos donde estemos, vivamos lo que vivamos, nuestra casa somos nosotros, nuestra casa siempre somos, siempre seremos tres.

Mª Dolors, Beltran Boixadera

Facebook
Twitter
LinkedIn

Deja un comentario


El periodo de verificación de reCAPTCHA ha caducado. Por favor, recarga la página.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.