El Arte de Parar el Tiempo
¿Y dicen que los exóticos son los de las tribus del Amazonas? ¿Somos nosotros los civilizados?
Yo creo que los raros somos nosotros.
La vida marcada por el reloj, ese que decide cada movimiento de nuestro día a día. Vivimos deprisa, muy deprisa. Corremos, comemos y tomamos café. Y, si podemos, hablamos por teléfono.
¿Por qué?
No tenemos tiempo.
El occidental multifunciones, ahogado por el tiempo, ese que no le permite ir más despacio por la vida. La superficialidad destacando en todos los ámbitos y la competitividad reinando en todas las casas.
La humanidad está yendo a una velocidad vertiginosa. Ver series a velocidad rápida, leer en vertical, aumentar la velocidad de los audios a 1,5 o 2 para no perder tiempo, mientras alguien al otro lado quizás esté explicando algo de suficiente relevancia.
La cultura de la inmediatez y de la comunicación instantánea.

Estamos llevando la vida hacia fuera de uno mismo. Estamos totalmente desconectados.
Creo que ser conscientes de la rapidez en la que vivimos nos puede permitir llevar nuestra atención al presente. Es la única manera de conectar con la paz y la calma, y de permitirnos contemplar el mundo desde otra mirada, desde otra realidad.
Porque solo enlenteciendo nuestro mundo seremos capaces de observar y conectar.
Como decía Thich Nhat Hanh, la paz está en cada paso, y bajo la huella de nuestros pies puede brotar una flor.
Prestemos atención.
Quizás no se trate de hacer más, sino de estar más.
De aprender a caminar sin necesidad de llegar inmediatamente a ninguna parte. De sentarnos a comer sin mirar el teléfono, de escuchar una conversación sin pensar en la siguiente respuesta, de mirar un árbol sin sentir que estamos perdiendo el tiempo.
Porque, ¿y si el tiempo no fuera algo que tenemos que ganar?
¿Y si fuera, precisamente, aquello que estamos perdiendo mientras intentamos ahorrar cada segundo?
Nos hemos acostumbrado tanto a la velocidad que, cuando aparece el silencio, muchas veces no sabemos qué hacer con él. Llenamos los espacios vacíos con pantallas, sonidos, tareas, estímulos. Como si detenernos significara quedarnos atrás.
Pero quizá detenerse sea una forma de avanzar hacia dentro.
Quizá necesitamos recuperar el valor de lo lento.

De cocinar sin prisa.
De conversar mirando a los ojos.
De caminar sin destino.
De aburrirnos.
De contemplar cómo cambia la luz sobre una pared.
De escuchar nuestra propia respiración.
No todo tiene que ser productivo.
No todo tiene que servir para algo.
No todo tiene que suceder ahora.
Hay una vida ocurriendo mientras nosotros intentamos llegar a la siguiente.
Y tal vez la verdadera revolución de nuestro tiempo sea algo tan sencillo como esto:
Parar.
Parar para mirar.
Parar para sentir.
Parar para escuchar.
Parar para estar.
Porque quizá los verdaderamente exóticos no sean aquellos que viven lejos de nuestras ciudades, sino nosotros, que hemos olvidado algo tan esencial como habitar nuestra propia vida.
Y quizás la pregunta ya no sea quiénes son los civilizados.
Quizás la pregunta sea ¿Qué hemos tenido que sacrificar para llegar a serlo?
Tal vez, bajo tanta velocidad, todavía exista una parte de nosotros que solo está esperando que nos detengamos.
Que volvamos.
A nosotros.
Al presente.
A la vida.