Cada día nace un listo
Entrevista a Arantxa Echevarría, Dafne Fernández y Jaime Olías
Tras el éxito y el Goya conseguido con La infiltrada, Arantxa Echevarría da un giro de tono sin abandonar su mirada afilada sobre la realidad social. En un contexto donde la desigualdad, la corrupción y las pequeñas trampas cotidianas forman parte del paisaje, Cada día nace un listo se presenta como una comedia coral que mezcla ritmo de thriller con humor mordaz.
La película construye un retrato ácido —y muy reconocible— de una sociedad donde todos, en mayor o menor medida, intentan sacar ventaja. Con un reparto que combina grandes nombres del cine español y registros poco habituales en algunos de sus intérpretes, la película apuesta por el contraste: ricos y pobres, éxito y fracaso, ambición y supervivencia. Todo ello con un ritmo vertiginoso, diálogos afilados y un tono gamberro que se aleja de la comedia convencional.
Hablamos con su directora, Arantxa Echevarría, y con los actores Dafne Fernández y Jaime Olías sobre el proceso creativo, el tono de la película y los retos de una comedia que esconde mucho más de lo que aparenta.
— Sobre La familia perfecta y la comedia —
PREGUNTA: Podemos decir que “Cada día nace un listo” es la continuación de tu anterior película “La familia perfecta”.
ARANTXA ECHEVARRIA: Posiblemente que sea la misma Familia que ya ha aprendido a robar a gran escala
P.: ¿Te gusta la comedia?
A. E.: A mí me gusta mucho la comedia. Además, hay quien dice que, cuando están Billy Wilder o Ernst Lubitsch, alcanza su mejor versión. Ver To Be or Not to Be después de comer es una de las cosas más maravillosas que puedes hacer. La comedia desengrasa, relaja y distiende. Y, sobre todo en el cine, tiene algo contagioso: cuando alguien se ríe, te arrastra, entras en ese bucle en el que incluso dejas de oír la siguiente réplica porque sigues riendo.
Luego están esas comedias que siempre nos han fascinado, como las de Luis García Berlanga o incluso Parásitos, que yo también considero una comedia. Son historias que esconden una capa más profunda: te ríes, pero al mismo tiempo percibes lo que hay debajo. Pasa, por ejemplo, con El verdugo, donde acabas riéndote de la miseria ajena mientras se plantea algo mucho más incómodo.
Y creo que Cada día nace un listo va un poco en esa línea: reírnos de nuestras propias miserias y, también, de los ricos. Porque ya va siendo hora de poder reírnos de esos “pequeños” problemas, como robar miles de millones de las arcas del Estado.

— Estilo cinematográfico y montaje —
P.: ¿Cómo consigues esa chispa? Esta vez he visto un montaje diferente a tus anteriores películas.
A. E.: Es que no tiene nada que ver: En esta película hay un plano cada segundo y medio y está planteada casi como un thriller americano, también en la textura, incluso con silencios muy marcados. Queríamos ese lenguaje de thriller, pero contando una comedia, y por eso la cámara busca angulaciones casi imposibles entre el rico y el pobre, para meternos en esa tensión. Lo he cambiado todo porque quería hacer un ejercicio de estilo. Era un reto, un reto personal. De hecho, creo que es de mis películas más completas en ese sentido, también por el trabajo con los actores: hacer comedia con Susi Sánchez, tan asociada al drama, (Siempre pienso en su papel en “La enfermedad del domingo”) ya era un desafío, y lo mismo con Diego Anido, que venía de papeles durísimos. Al final, también quería demostrar que un buen actor funciona en cualquier género, ya sea comedia o drama.
— Los actores: Diego Anido y la improvisación —
P.: ¿Y cómo se consigue que funcione una película coral dando protagonismo a todos? Uno pensaba que iba a ser casi un monólogo de Hugo Silva, pero de repente cambia convirtiéndose en una comedia plural.
A. E.: Claro, es que son ese tipo de películas clásicas que a mí me fascinan, donde hay muchos personajes y hasta el más pequeño es memorable. Pienso otra vez en Ernst Lubitsch o en To Be or Not to Be: hay muchísimos personajes, varios protagonistas, pero todos empujando hacia un mismo fin. Aquí pasa algo parecido, solo que todos quieren medrar, engañar al de al lado y ser el más listo.
P.: ¿Y los diálogos? Son rapidísimos y no dan un respiro al espectador.

A. E.: Los trabajé con Patricia Campo, con quien suelo colaborar, y sobre todo era una cuestión de ritmo. Para mí la comedia es casi un golpe: en cuanto alargas una réplica, lo pierdes. Eso lo dominaban los grandes, como Billy Wilder: todo es pam, pam, pam, una réplica y enseguida la siguiente.
P.: ¿Y cómo logras que actores tan distintos mantengan un estilo común sin perder el suyo?
A. E.: Porque tengo mucha suerte: son muy buenos. Cuando tienes actores así, todo es más fácil. Diego Anido, por ejemplo, entendió enseguida el personaje y lo hizo suyo, incluso con momentos que surgían casi solos, como esa escena mirando un Caravaggio.
P.: ¿Entonces hubo improvisación?
A. E.: Mucha, y a mí me encanta. Cuando ves que el actor tiene el personaje, le das libertad. Con Hugo Silva era total: estaba en personaje todo el tiempo, incluso fuera de cámara. Le hablabas y respondía como su personaje, y luego, al terminar, volvía a ser él y decía que estaba agotado. Es curioso cómo se contagia.
P.: Es que llama la atención el contraste entre actores.
A. E.: Claro, ahí está la gracia. Descubrí a Diego Anido en La infiltrada y pensé: “este no puede hacer comedia”… y sí, puede. Igual que otros: un buen actor puede hacerlo todo. Ese contraste, por ejemplo con Hugo Silva, hace que la historia funcione. Incluso el “malo” tiene algo ridículo, como llevar brackets, pero a la vez es quien vertebra toda la película.
P.: Y los actores de reparto también funcionan como un reloj

Sí, hay personajes como Sulba o la manager que funcionan genial. De hecho, dan para un spin-off perfectamente. Y luego está Jaime Olías, que hace un papel dificilísimo: ese punto pasado de vueltas, entre pijo y colocado, sin caer en lo exagerado. Lo clava. Al final, lo importante es que ningún personaje sea plano: todos tienen algo detrás, algo que descubrir si rascas un poco.
— La química entre Hugo Silva y Susi Sánchez —
P.: Los personajes de Hugo Silva y Susi Sánchez tienen momentos muy potentes, sobre todo ese gag del cuadro y la luz, donde ya percibimos su complicidad.
A. E.: Estoy de acuerdo, además, él la admira muchísimo. Han trabajado juntos varias veces, incluso ella llegó a hacer de su madre en teatro, y eso se nota. También coincidían en una serie, así que ya traían esa conexión. Hugo me decía que su personaje la veía como “la gran Mari”, alguien a quien acudir porque la respeta. En cambio, con Susi trabajamos una relación distinta: ella lo ve como un inútil con el que no le queda más remedio que tratar. Con el personaje de Diego Anido, en cambio, la relación es más de iguales, más de compadreo. Con Hugo es otra cosa: “tú haces lo que yo diga”. Y de ahí salió una dinámica muy divertida y muy bonita entre ellos.
P.: ¿Seguirás colaborando con Zeltia?
A. E.: Sí, Zeltia Montes es una compositora increíble. Me siento muy afortunada de poder contar con ella. Que de pronto les llamo y dicen que sí. Eso es algo que… Me siento súper privilegiada.
— La sátira social: ambición y supervivencia —
P.: Cada día nace un listo se define como una sátira de la picaresca actual. ¿Qué querías poner en evidencia?
A. E.: Sobre todo esa sensación que tenemos los de a pie, los que vivimos con un sueldo normal y no llegamos a fin de mes, mientras oyes eso de que “el dinero no da la felicidad”. Bueno, quien lo tiene te aseguro que es bastante más feliz. Y luego está lo que vemos cada día: políticos que se llevan millones y no pasa nada, incluso vuelven a aparecer en cargos importantes, mientras tú estás peleando con una factura o un ticket del IVA y, si te equivocas, te cae una multa. La película va de eso: de por qué unos pagan y otros no, de por qué unos se hacen ricos y otros no. Porque trabajas y sabes que no vas a ser rico nunca, y te preguntas qué truco hay detrás.
P.: También has dicho que el dinero da la felicidad en cierta medida.
A. E.: Bastante. Quien diga que no, es que no lo tiene.
P.: ¿La película lo afirma o lo cuestiona?
A. E.: Lo cuestiona. Al final todos queremos más de lo que tenemos y no valoramos lo que ya hay. Es parte de la sociedad de consumo y de las redes, donde todo parece perfecto aunque no lo sea. Vivimos en una especie de ficción constante, y quizá deberíamos volver a ser un poco más auténticos.
P.: El protagonista es alguien caído en desgracia. ¿Te interesaba más la ambición o la supervivencia?

A. E.: La supervivencia. La ambición la tenemos todos, pero me interesaba cómo alguien que tuvo un pequeño momento de fama, como un cuarto puesto en un talent show, puede estirar eso durante años para salir adelante. Eso me parece admirable, igual que personajes que, sin recursos, sacan adelante a su familia como sea.
P.: En la película no hay héroes claros.
A. E.: Sí, era buscado. Aunque hay algo de heroicidad en Tony Lomas, que es un optimista incorregible: todo le va fatal, pero en cuanto tiene una mínima oportunidad, como dormir en una cama en vez de en el coche, ya es feliz. Tiene una forma de mirar la vida que engancha, porque además va de frente: sabes que te la quiere jugar, pero aun así te cae bien.
P.: ¿Crees que el público se va a identificar?
A. E.: La picaresca está en el día a día: en la cola del súper, en quien se cuela, en el pequeño engaño constante. Todos reconocemos eso, y también ese deseo, un poco inconfesable, de ver caer al que siempre gana. Es algo muy humano.
— San Sebastián como personaje —
P.: San Sebastián funciona como un personaje más de la historia
A. E.: Es que es un mundo aparte. Es de los pocos sitios donde pueden coincidir, a las cinco de la mañana, alguien poderosísimo con casa frente a La Concha y alguien sin nada. En ciudades grandes eso no pasa, los estratos están muy separados, pero en un lugar más pequeño todo el mundo acaba coincidiendo, por ejemplo en una discoteca como Bataplán. Ahí es donde se cruzan de verdad y donde pueden surgir relaciones muy improbables. Por eso la ciudad es un personaje más: representa esa riqueza de abolengo, la de siempre, pero también tiene el otro lado, el de la gente trabajadora que vive fuera del centro. Al final es casi una mini radiografía del país concentrada en un solo lugar. Y además todo está muy cerca: rodamos incluso en Bayona, en una casa donde la dueña tenía un cuadro de Joaquín Sorolla colgado. Le pedí que lo quitara por si acaso, y ella encantada de que su casa saliera en la película. Ese nivel de cercanía y de mezcla es algo muy particular de allí.
P.: Un helicóptero en Anoeta y sin I.A., eso es todo un reto
A. E.: Cuando escribí el guión con Patricia Campo y planteamos lo del helicóptero aterrizando en la Zurriola, pensé: “esto me lo van a tumbar seguro”. Y, sorprendentemente, fue facilísimo. En cambio, el avestruz fue una pesadilla constante. Pero lo del helicóptero… Cerramos el espacio aéreo de San Sebastián, hubo que mover cámaras y logística, y aun así todo el mundo puso facilidades. Fue increíble.
P.: Has vuelto a la comedia después de Políticamente incorrecto y del éxito de La infiltrada. ¿Es difícil hacer comedia?
A. E.: Muchísimo más que el drama. Y además quería dejar claro desde el principio que esta no es una comedia familiar: arranca fuerte, incluso cargándome a Pedro Casablanc en el primer minuto. Él aceptó encantado, aunque desde producción me decían que cómo iba a desaprovecharlo. Pero justo ese arranque marca el tono: es una comedia gamberra, con sexo, droga y personajes muy caraduras.
— Próximo proyecto: Testigos de Jehová —
P.: ¿Y la próxima película?
A. E.: Pues ahora me toca algo muy personal: una historia sobre Testigos de Jehová. Voy cambiando mucho, la verdad; después de La infiltrada, que era más oscura, hice una comedia para desengrasar y ahora vuelvo a algo distinto.
P.: Te estás volviendo un poco como Martin Scorsese, alternando registros.
A. E.: Ojalá. Pero sí, creo que es más estimulante así. Después de La infiltrada me llegaron muchísimos guiones de thriller, de conflicto vasco, policiacos… y pensaba: “si eso ya lo he hecho”. Por eso necesitas romper, hacer algo diferente, incluso una gamberrada para disfrutar. También creo que el público tiene curiosidad por ver con qué te atreves cada vez. A mí me resultaría muy frustrante que solo esperaran de mí un tipo de película: al final siempre hablo de lo social, a veces desde la comedia, pero siempre soy yo la que está detrás.

Ahora estamos preproducción y en octubre, empezamos a rodar una película sobre los Testigos de Jehová con Eduard Fernández y Carolina Yuste.
P.: ¿Cómo está siendo esa compleja labor de casting?
A. E.: Está complicado porque los principales actores son Eduard Fernández y Carolina Yuste, y pasamos por diferentes épocas temporales de los personajes, por lo cual tengo que encontrar actores de diferentes edades. Con Carolina Yuste y Eduard yo ya podría rodar la película sin más actores. Pero es que el nivel de actores que tengo que encontrar tiene que estar a la altura. Yo soy la que está pasándolo mal: los actores los tengo perfectos. Yo soy la que dice: «Tengo que estar al nivel de estos grandes seres humanos», porque encima son maravillosos como personas.
— Reflexión sobre la comedia · Dafne Fernández y Jaime Olías —
P.: Creo que Arantxa controla muy bien la comedia.
DAFNE FERNANDEZ: Con Arantxa Echevarría es imposible no pasarlo bien: tiene una energía brutal, es muy gamberra y el rodaje fue muy divertido. Las comedias se disfrutan mucho, aunque también tienen más responsabilidad, y ella lo tenía todo muy claro: rodaba muchísimos planos, con un ritmo frenético, pero a la vez te dejaba improvisar y jugar. Eso generaba muy buen ambiente, casi de familia, y rodar en San Sebastián además ayudaba, porque es un sitio espectacular.
P.: También se nota en el resultado, sobre todo en los gags, que no son nada fáciles.
JAIME OLÍAS: Claro, porque no son chistes evidentes, sino situaciones y diálogos que funcionan por ritmo, muy en la línea de Billy Wilder. Y ahí Arantxa entiende muy bien la distancia entre lo que está en el guion y lo que luego pasa en el rodaje: deja espacio para que los actores encuentren cosas. Por ejemplo, Hugo Silva estaba todo el tiempo en personaje e improvisaba muchísimo, y eso hacía que todo creciera.
P.: Además es una película muy coral.
D.F.: Sí, recuerda a clásicos corales con muchos personajes que se van cruzando hasta el final.
J.O.: El guión ya apuntaba eso: cada uno tenía su espacio y su función. Incluso evocaba ese tipo de cine más gamberro y coral como Lock & Stock o Snatch, donde todos los personajes están conectados y persiguen lo mismo.
P.: Y los personajes tienen mucho contraste.
J.O.: Es casi una galería de “ratas” distintas, desde el que no lo parece hasta el más evidente. Hay una crítica clara a las apariencias y también a los ricos. Y en ese equilibrio ayudan mucho los actores: Diego Anido, por ejemplo, impone en pantalla pero luego es todo lo contrario, cercano y divertidísimo, y muchas de sus mejores ideas salieron de la improvisación.
P.: También sorprende la química entre actores muy distintos.
J.O.: Al final, el guión ayudaba mucho porque no buscaba el chiste fácil, sino que la comedia surgiera sola. Arantxa insistía en eso: no hace falta forzar la risa, la situación ya lo es. Y cuando te lanzas a ese juego, te acabas riendo de ti mismo, y eso se nota en pantalla.
P.: ¿Y cómo fue el casting?
D.F.: Bueno, yo sé que a mi personaje le costó mucho encontrarlo: al final vio muchísimas actrices antes que a mí. Es que estás entre dos mundos: una persona que ha estado en un barrio y que ha estado en otras zonas.De hecho, ella cuando preparamos el personaje me dijo que yo era de una familia riquísima, pero yo durante el rodaje no daba esa sensación. Yo creo que no. Es una tía de una familia humilde, una luchadora, que ha sabido sobrevivir.
P.: Es que tu personaje es muy divertido y tiene un arco muy interesante, los dos lo tienen.
D.F.: La verdad es que me lo han dicho mucha gente: que el personaje mío ha sido una sorpresa.
Es fantástico trabajar con gente con la que te llevas bien. Arantxa junta gente que funciona. Si es que era una gamberrada. Creo que es de los pocos rodajes de los que no he notado que tuviese mochila de responsabilidad y eso que es Arantxa Echevarría. Cuando llegabas ahí esa mochila desaparecía. Es maravilloso.