MICHAEL

Antoine Fuqua, 2026

La historia que eligió contar del Rey del Pop , pero ¿y la que no quiso?

¿Musical o biopic? La pregunta que la película no termina de responder.

La primera pregunta que se plantea ante Michael no es si la historia está bien contada, sino qué tipo de historia ha decidido contar. Antoine Fuqua ha declarado que quería que el público viviese la experiencia de estar en primera fila en un concierto de Michael Jackson, y esa frase define mejor el film que cualquier crítica académica: Michael no es tanto una biografía cinematográfica como un tributo de luxe con estructura narrativa. La distinción importa porque cambia lo que se le puede pedir.

En sus mejores momentos, la película es electrizante. Las secuencias de concierto del Motown 25 de 1983, con el moonwalk que detuvo el tiempo, o del Bad World Tour en Wembley en 1988, están filmadas con una energía que justifica el formato IMAX. Fuqua sabe muy bien qué hacer con la cámara cuando el personaje está sobre un escenario. Pero cuando la cámara baja del escenario y la película intentan ser una biopic psicológica, el resultado es menos convincente. La narrativa avanza, según varios críticos, como un álbum de grandes éxitos: de secuencia icónica en secuencia icónica, sin el tejido conectivo que hace que una vida se sienta real.

La comparación con Bohemian Rhapsody o Rocketman es inevitable y, en parte, injusta. Aquellas películas también fueron acusadas de superficiales y hagiográficas. Pero tenían un punto de vista. Fuqua no tiene un punto de vista sobre Michael Jackson: tiene reverencia. Y la reverencia, en manos de un cineasta que se limita a trasladar el guion a imágenes, produce un retrato que convierte al hombre más complejo del pop del siglo XX en un superhéroe unidimensional. La película ama a Michael Jackson. El problema es que no parece muy interesada en entenderlo.

El veredicto es que Michael funciona como espectáculo musical y falla como exploración humana. Es un musical biográfico (en la línea de Elvis o Hamilton)  más que una biopic en sentido estricto. Para los fans, es un espectáculo. Para quien busque la complejidad, es una decepción bien producida.

ILos ausentes: personajes e hitos que la película dejó fuera.

Una película de 127 minutos sobre cuatro décadas de una vida extraordinaria no puede contarlo todo. La cuestión no es la selección, sino qué revela esa selección sobre las intenciones de la producción. Y aquí el inventario de ausencias resulta elocuente.

Los tres hermanos Jackson que no aparecen en pantalla son la señal más clara de los límites del proyecto. Según declaró La Toya Jackson, Janet declinó amablemente ser representada. Ni Rebbie ni Randy aparecen tampoco. La ausencia de Randy tiene consecuencias narrativas directas: en la realidad, fue él quien sustituyó a Jermaine cuando éste decidió quedarse en Motown en 1976 mientras sus hermanos fichaban por Epic Records. En la película, ese hueco simplemente no se explica. La familia queda reducida de nueve hijos a seis, y la ficción avanza sin ofrecer al espectador ninguna pista sobre por qué.

El inventario de lo que falta es largo y significativo. Cada ausencia recorta una capa de complejidad:

Janet Jackson: Declinó ser representada. Artista en su propio derecho cuya relación con Michael habría dado dimensión a la dinámica fraterna.

Randy y Rebbie Jackson: Omitidos sin explicación, con consecuencias narrativas concretas en la historia del grupo.

Diana Ross (rol cortado): Kat Graham fue contratada para el papel, pero sus escenas fueron eliminadas por restricciones legales, borrando a una figura clave en el ascenso temprano de Jackson.

Emmanuel Lewis: El niño actor, amigo íntimo de Michael, cuya amistad habría arrojado luz sobre la infancia robada que la película menciona pero no habita.

Elizabeth Taylor y Brooke Shields: Dos de sus amistades más públicas y simbólicas, completamente ausentes.

Freddie Mercury: Su amistad con Jackson en los años 80, con sesiones de grabación compartidas, habría dado una perspectiva única sobre la soledad de la megafama.

Stevie Wonder y Live Aid (1985): El concierto benéfico de julio de 1985 no aparece, pese a ser un hito político y musical de la época.

The Wiz (1978): La película de Sidney Lumet que marcó el debut cinematográfico de Jackson y su relación con Diana Ross y Quincy Jones, omitida.

Captain EO (1986): El cortometraje para Disney dirigido por Francis Ford Coppola, que marcó la relación de Jackson con el mundo del cine.

Neverland (construcción): El rancho aparece brevemente referenciado, pero su construcción como símbolo de la infancia negada y el universo paralelo creado por Jackson no se desarrolla.

ATV Music / Beatles (1985): La compra del catálogo de Lennon y McCartney, uno de los movimientos más audaces y moralmente ambiguos de su carrera, apenas se menciona, pese a estar en el periodo cubierto

We Are The World (1985): La grabación histórica orquestada por Jackson y Quincy Jones, con prácticamente toda la industria musical reunida, está ausente de una película que cubre ese año.

Estas ausencias no son accidentales. Son el mapa de lo que el patrimonio de Jackson no quiso ver cuestionado o contextualizado. La película que podría haberse hecho,  una sobre un hombre de una ambición feroz, un instinto comercial sin igual y una soledad devastadora, habría necesitado exactamente a estos personajes y estos momentos para ser honesta.

Primera entrega, ¿de cuántas? La secuela como promesa y como evasión.

Michael llegó a los cines como la primera parte de lo que será una saga de al menos dos películas. El guion final termina con Jackson comenzando la gira Bad en 1988, antes de que surgieran las primeras acusaciones. La decisión tiene una lógica narrativa limpia (El ascenso y el apogeo) y una lógica menos limpia: deja para más tarde precisamente lo más difícil.

Nia Long, que interpreta a Katherine Jackson, declaró que el corte elegido resaltaba el viaje inicial y los logros de Jackson, dejando el resto de su vida para una posible secuela. Es una formulación honesta. La segunda entrega, si llega, tendrá que enfrentarse a lo que ésta eludió: Neverland en su plenitud como símbolo y como escándalo, las acusaciones de abuso, la transformación física progresiva, la relación con sus hijos, el final en el Staples Center preparando el This Is It. Será, si existe, una película inevitablemente más oscura y más difícil de producir con el consentimiento del patrimonio.

La estructura en dos partes tiene precedentes respetables. Pero cuando la primera entrega concluye exactamente donde empiezan las preguntas más incómodas, la arquitectura narrativa empieza a parecerse a una estrategia de evitación. El público que fue a ver una vida completa recibió una primera mitad brillantemente empaquetada. Quien busque la complejidad tendrá que esperar, y no hay garantía de que la segunda entrega tenga más valentía que la primera.

Lo que esta primera película sí deja establecido con eficacia es el suelo emocional sobre el que todo lo demás se construirá: la infancia robada por Joseph Jackson, la tensión entre el genio y el niño que nunca pudo serlo, la maquinaria industrial que convirtió a un ser humano en un icono. Es un fundamento sólido. El problema es que se queda en los cimientos cuando podría haber llegado a la estructura completa.

Michael es la película que el patrimonio de Michael Jackson quiso hacer. Eso no la convierte en mala película,  el espectáculo es genuino, la actuación de Jaafar Jackson es notable, y Colman Domingo construye a Joe Jackson con una profundidad que el guion a veces no merece , pero sí la convierte en una película incompleta de manera estructural.

El canon de biopics musicales tiene sus hagiografías y sus retratos valientes. Michael se instala en el primer grupo con una producción de lujo. Taquillera, disfrutable, emocionante en sus secuencias de concierto, y profundamente insatisfactoria para quien fue a ver al hombre detrás del artista. Los ausentes: Janet, Randy, Diana Ross, Emmanuel Lewis, Freddie Mercury, We Are The World, Captain EO, Neverland, la compra de ATV , etc.  no son detalles: son la diferencia entre un retrato y un álbum de fotos cuidadosamente seleccionadas.

“Porque el mejor cine siempre es una conversación tras los créditos, una copa de vino o un café… ¿Con qué pecado sigues el diálogo?”

Miquel Claudì-Lopez

Comunicador Audiovisual

Periodista

@miquelclaudilopez

@enlaaceradeenfrete

@queerascinema

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1 comentario en «El Séptimo Pecado, MICHAEL»

  1. Me ha encantado cómo planteas la gran pregunta de si esta peli quiere de verdad entender a Michael o solo convertirlo en icono perfecto y brillante.
    Se nota muchísimo la pasión y el respeto con los que escribes, pero también la valentía de señalar todos esos silencios y ausencias que pesan tanto como lo que sí se cuenta en pantalla.
    Da gusto leerte, Miquel: sales del cine con espectáculo en la retina, y gracias a tu texto entras en la parte incómoda, la que te obliga a pensar en el hombre detrás del mito.

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