El Séptimo Pecado (Series), «TED LASSO»

“TED LASSO« (Apple TV, 2020-2026)

Los valores que debería tener el futbol o la utopia de este.

Creación: Jason Sudeikis, Bill Lawrence, Brendan Hunt, Joe Kelly.

Reparto principal: Jason Sudeikis, Hannah Waddingham, Brett Goldstein, Juno Temple, Brendan Hunt, Jeremy Swift.

Cuatro temporadas y 44 episodios en total; la cuarta se estrenó el 5 de agosto de 2026 con emisión semanal hasta el 7 de octubre

Tras un final de temporada 3 que parecía definitivo, con Ted regresando a Kansas para estar junto a su hijo, la temporada 4 lo trae de vuelta a Richmondpara entrenar, esta vez, a un equipo de fútbol femenino de segunda división financiado por Rebecca. Su regreso ha sido, además, un éxito rotundo de audiencia: el estreno acumuló 296,6 millones de minutos vistos en su primer fin de semana, el mayor lanzamiento en la historia de Apple TV.

Cuatro temporadas y el fútbol como excusa para hablar de nuestra sociedad desde lo íntimo a lo público.

Desde su primer episodio, «Ted Lasso» ha usado el vestuario de un club de fútbol como laboratorio social en miniatura: un espacio cerrado donde caben, sin que resulte forzado, la ansiedad, el divorcio, la paternidad ausente, el bullying, la salud mental masculina o el clasismo británico frente al optimismo americano. El truco narrativo de la serie es tan sencillo como eficaz: el partido del sábado es siempre la excusa, nunca el destino. Lo que de verdad importa ocurre en el despacho de Rebecca, en el cuarto de Nate, en la terapia de Ted con la doctora Sharon, en el bar de Mae. Esa arquitectura de lo íntimo dentro de lo público , la vida privada de cada personaje filtrándose constantemente en la vida colectiva del club,  es lo que permite a la serie hablar de terapia, ansiedad social, paternidad, divorcio o duelo sin que nunca deje de sentirse, en la superficie, como una comedia deportiva.

La cuarta temporada amplía deliberadamente ese radio de acción social al desplazar el foco del fútbol masculino al femenino. Y no es un giro cosmético: el nuevo proyecto surge de una idea plantada al final de la temporada 3, cuando Keeley propone a Rebecca la creación de un equipo femenino, y ahora Ted regresa expresamente para dirigirlo. Ese cambio de escenario obliga a la serie a hablar de lo público: la brecha salarial y de recursos entre el fútbol masculino y femenino, la precariedad de las categorías inferiores, la cobertura mediática desigual,  desde el mismo lugar íntimo de siempre: los vestuarios, las inseguridades individuales de cada jugadora, las relaciones que se construyen entrenamiento a entrenamiento. El fútbol, una vez más, es la excusa; el verdadero partido se juega en cómo una sociedad entera valora o infravalora de acuerdo al género quién merece un campo, un sueldo y una audiencia.

Desde la curiosidad por los nuevos retos, a no juzgar las razones de ellos

La frase que mejor resume la ética de la serie no la dice un narrador, sino el propio Ted en la célebre escena de los dardos de la temporada 1: la gente lleva toda la vida subestimándolo porque nunca se han sentido curiosos por él, solo lo han juzgado. «Be curious, not judgmental» no es solo una cita coleccionable, es el mecanismo estructural con el que la serie construye a casi todos sus personajes: Roy Kent, el exfutbolista arisco, esconde una ternura que solo aparece cuando alguien se molesta en preguntar; Rebecca, que empieza la serie planeando sabotear el club por despecho, se redime en la medida en que deja de necesitar que los demás confirmen su rencor; incluso Jamie Tartt, el prototipo del futbolista narcisista, resulta comprensible en cuanto la serie muestra al padre abusivo que lo formó.

La temporada 4 traslada ese mismo principio al terreno, mucho más actual, del choque generacional y de género dentro del deporte: un entrenador de fútbol masculino de 50 y tantos años que decide, sin previo juicio de valor, ponerse al frente de un equipo femenino que hasta hace poco nadie tomaba en serio. La serie no construye ese salto como una condescendencia («ayudo a las chicas») ni como una hazaña heroica del hombre que «salva» el fútbol femenino, sino como una extensión lógica de la misma curiosidad radical que ha definido a Ted desde el episodio uno: no juzgar de antemano si un reto: dirigir mujeres, aprender códigos nuevos, equivocarse en público, merece la pena, sino acercarse primero y preguntar después.

«Eres válido o válida, pero cree»

El eslogan pegado en la pared del vestuario «Believe» es la síntesis visual de la propuesta emocional de la serie, pero conviene no leerlo como un mensaje de autoayuda vacío. Lo que «Ted Lasso» construye, temporada a temporada, es la diferencia entre la autoestima que depende de ganar y la que depende de intentarlo con honestidad. Nate necesita ser reconocido para sentirse válido, y esa necesidad no resuelta es lo que lo empuja hacia la traición; Ted, en cambio, sostiene su validez incluso en pleno ataque de pánico, incluso cuando el equipo pierde, incluso cuando su matrimonio se rompe fuera de cámara. «Creer» en esta serie no es sinónimo de ingenuidad ni de pensamiento positivo obligatorio, de hecho, la temporada 2 dedica buena parte de su metraje a mostrar el coste psicológico de fingir ese optimismo sin procesarlo, sino de sostener la propia valía con independencia del marcador.

Ese matiz es crucial para entender por qué el cartel sigue en pie, literalmente, en la temporada 4: cuando Ted cruza el Atlántico para entrenar a un equipo que empieza de cero, en segunda división, sin apenas recursos ni reconocimiento, «creer» deja de ser una consigna sobre ganar títulos y se convierte en la afirmación de que esas jugadoras y sus propias trayectorias, muchas veces invisibilizadas por el fútbol masculino, son válidas exactamente igual, jueguen donde jueguen y ganen o pierdan.

La diversidad no como discurso sino parte del ADN de la serie

Lo que distingue a «Ted Lasso» de buena parte de la ficción contemporánea que aborda la diversidad es que rara vez la convierte en tema explícito de un episodio: la incorpora como dato de fondo, casi sin subrayarlo. El AFC Richmond de las tres primeras temporadas reúne, sin necesidad de discurso, a un nigeriano (Sam Obisanya), un mexicano (Dani Rojas), un neerlandés (Jan Maas) y jugadores de procedencias diversas conviviendo en un mismo vestuario británico, mientras la trama de Colin Hughes desarrolla, con delicadeza y sin sensacionalismo, el proceso de un futbolista profesional que descubre que puede ser gay y seguir siendo parte del equipo sin perder el vestuario que ama. La cuarta temporada añade una capa nueva y evidente a ese ADN: el propio fútbol femenino como territorio históricamente invisibilizado, con nuevas jugadoras y personal técnico entre ellos, las incorporaciones de Tanya Reynolds, Jude Mack, Faye Marsay, Rex Hayes y Aisling Sharkey que amplían tanto el abanico de nacionalidades como el de identidades presentes en la ficción.

Esa manera de tratar la diversidad como textura y no como pancarta explica buena parte de la conexión emocional que la serie ha logrado con públicos muy distintos entre sí: nadie se siente aleccionado, porque nadie en pantalla se detiene a explicar por qué la diversidad «está bien». Simplemente, el vestuario de Richmond y ahora el de las Lady Greyhounds, se parece más al mundo real que a la ficción deportiva convencional, y esa normalidad sin subrayado es, paradójicamente, su declaración de intenciones más contundente.

Rompiendo paradigmas (y prejuicios)

Buena parte del atractivo de «Ted Lasso» reside en su gusto por invertir expectativas de género y de rol sin convertirlo en el chiste de la serie. El entrenador de fútbol americano que no sabe nada de fútbol y aun así triunfa desmonta el mito del líder que debe dominar técnicamente su disciplina para merecer respeto; el tipo duro y agresivo del vestuario (Roy Kent) termina siendo el personaje más emocionalmente disponible de la serie; la propietaria millonaria que empieza queriendo hundir su propio club por venganza hacia un exmarido termina siendo su defensora más fiera. Cada uno de estos giros funciona como una pequeña corrección de prejuicio: el que parece frágil no lo es, el que parece fuerte esconde grietas, el que parece no tener nada que aportar (Ted, un extraño total en el fútbol europeo) termina transformando la cultura entera del club.

La temporada 4 lleva esa lógica a su terreno más evidente al poner a un hombre y a un vestuario acostumbrado durante generaciones a mirar el fútbol femenino como una versión menor del «de verdad» a defender, entrenar y tomarse en serio a un equipo que el propio mundo del fútbol ha tratado históricamente como secundario. Romper ese prejuicio concreto la idea de que el fútbol femenino «vale menos» o «engancha menos» desde dentro de una serie que ya se ha ganado la confianza de una audiencia mayoritariamente acostumbrada al fútbol masculino es, quizás, el paradigma más ambicioso que «Ted Lasso» se ha propuesto romper hasta la fecha.

La responsabilidad de la imagen pública concuerda con quienes somos

Pocas series han retratado con tanta honestidad la brecha entre la persona pública y la persona privada como «Ted Lasso», y lo han hecho sin la habitual condena moralista hacia quienes no logran cerrar esa brecha. Ted sonríe en las ruedas de prensa mientras sufre ataques de pánico en el baño; Rebecca proyecta control absoluto mientras gestiona en privado el duelo por un matrimonio fallido y la presión de ser una de las pocas mujeres dueñas de un club en la Premier League; Nate necesita la validación pública precisamente porque nunca la ha tenido en privado, y esa necesidad termina explicando, sin justificar, su traición. La serie no juzga a quienes fallan en sostener una imagen coherente entre lo que muestran y lo que sienten: los acompaña, y les da tiempo narrativo para reconciliar ambas caras.

Ese planteamiento adquiere un peso añadido en la temporada 4, cuando Ted, ya un personaje públicamente reconocido, casi una marca en sí mismo tras sus tres temporadas previas de éxito mediático, decide invertir ese capital de imagen en un proyecto que el sistema deportivo y buena parte del público todavía no toma en serio. Poner la reputación construida al servicio de una causa incómoda o poco rentable en términos de reconocimiento inmediato es, en el fondo, la prueba de fuego que la serie plantea sobre la coherencia entre imagen y valores: no basta con parecer una buena persona en las entrevistas si, llegado el momento, no se está dispuesto a arriesgar esa misma imagen por defender a quienes el sistema no valora igual. Es, quizás, la lección más adulta que «Ted Lasso» ha ofrecido en sus cuatro temporadas: la responsabilidad pública no se mide por lo que se dice ante la cámara, sino por lo que se está dispuesto a sostener cuando la cámara deja de ser favorable.

Y en conclusión:

«Ted Lasso» ha construido, a lo largo de cuatro temporadas, una rara excepción dentro de la comedia contemporánea: una ficción que puede hablar de salud mental, diversidad, prejuicio y responsabilidad pública sin perder nunca su tono de comedia amable ni caer en el sermón. Su cuarta temporada, al trasladar el mismo marco emocional y ético al fútbol femenino, no reinventa la fórmula que la hizo excepcional, sino que la pone a prueba en un terreno todavía más desigual y, por eso mismo, todavía más revelador de lo que la serie siempre ha querido decir: que creer en alguien, tomarse en serio lo que otros descartan y sostener la propia coherencia cuando nadie mira son, en el fondo, la misma cosa. Te invito a verla, analisar y tambien escucharla, su banda sonora es un personaje más que no esta allí por rellenar el silencio.

“Porque el mejor cine y series, siempre es una conversación tras los créditos, una copa de vino o un café…o quizás en esta ocasión un momento de reflexión.

¿Con qué pecado sigues el diálogo?”

Miquel Claudì-Lopez

Comunicador Audiovisual

Periodista

@miquelclaudilopez

@enlaaceradeenfrete

@queerascinema

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