El Verano también Rompe Relaciones Felices

Hay un episodio de La Odisea que siempre me ha parecido mucho más interesante que todas las batallas y aventuras de Ulises. Después de veinte años lejos de Ítaca, por fin consigue regresar a casa. Cualquiera imaginaría un abrazo inmediato, lágrimas, alegría y un final perfecto, ya sabes…lo que solemos ver en los reencuentros en las películas. Sin embargo, Homero cuenta otra cosa, en la que se ve que Penélope no se precipita. Antes de volver a abrirle la puerta de su vida necesita asegurarse de que el hombre que tiene delante es realmente Ulises; entonces idea una prueba que solo ellos dos pueden comprender. Ordena mover el lecho matrimonial y Ulises protesta porque sabe que resulta imposible. Él mismo había construido aquella cama alrededor del tronco de un olivo vivo y nadie más conocía ese secreto.

Siempre me ha gustado esa escena porque habla de algo que seguimos viviendo miles de años después. El tiempo cambia a las personas y el amor, para seguir vivo, necesita volver a mirar a la pareja con ojos nuevos.

Si me has leído en ocasiones, sabrás que cada artículo suele estar relacionado con algo que me sugiere ese mes. Entonces, ¿por qué te cuento sobre la Odisea en agosto? porque pienso que agosto tiene algo especial. Durante meses repetimos la misma frase casi sin pensar: «cuando lleguen las vacaciones estaremos mejor». La decimos convencidas de que unos días libres arreglarán el cansancio, las conversaciones que con las prisas del día a día se fueron postponiendo o evitando, la distancia que se va instalando con la pareja y hasta el deseo, que muchas veces ha quedado relegado al último lugar de la lista.

Después llegan las vacaciones y descubrimos que la maleta ha traído muchas más cosas de las que recordábamos haber metido dentro. Viajan el estrés, las preocupaciones económicas, el agotamiento, la carga mental, las diferencias sobre cómo educar a los hijos, la forma de entender el descanso, el dinero, la familia política y hasta esos pequeños enfados que parecían demasiado insignificantes para hablar de ellos en pleno mes de febrero. Crees que has salido de casa muy ligera y, sin embargo, aparece con un equipaje emocional que ocupa bastante más espacio que las camisetas o el bañador.

No es casualidad que septiembre sea uno de los meses en los que aumentan las consultas relacionadas con problemas de pareja y, en distintos países europeos, también las solicitudes de separación después del verano. No es nada brujeril, no….no sucede porque agosto tenga algún poder misterioso para romper relaciones. Lo que ocurre es que durante el resto del año vivimos tan ocupadas que muchas dificultades apenas encuentran espacio para hacerse visibles. De repente hay horas para hablar, para mirarse más despacio y también para darse cuenta de cosas que, entre semana, quedaban escondidas entre despertadores, reuniones, compras, lavadoras y cenas hechas con prisas.

Hay una imagen que puede ayudar a que lo veas claro:  cuando baja la marea aparecen las rocas que siempre estuvieron allí, no se formaron ese día. Simplemente el agua las mantenía ocultas y da aspectos totalmente distintos a la misma playa. Pues con las relaciones ocurre exactamente igual.

Muchas parejas descubren en vacaciones que apenas saben estar juntas sin organizar algo. Salen a pasear y hablan de la compra, se sientan frente al mar y terminan planificando septiembre, comparten una comida preciosa y acaban discutiendo por las indicaciones del GPS, el aparcamiento o quién olvidó meter unas bolsas en el coche…el motivo es lo de menos.

Lo cierto es que resulta casi cómico visto desde fuera. Después de once meses soñando con descansar, hay quien consigue discutir en menos de cuarenta y ocho horas por el aire acondicionado de la habitación, la arena que entra en el apartamento o porque un miembro de la pareja quería montaña y la otra persona, playa. ¿Lo has vivido? Seguramente todas hemos vivido escenas parecidas. Lo cierto es que casi nunca se discute por las toallas ni por el GPS ni por la sombrilla. Eso solo es la punta del iceberg; pero debajo suele haber otra conversación mucho más antigua. A veces tiene que ver con sentirse poco escuchada o con la sensación de cargar siempre con la organización de todo o con ese cansancio que se ha ido acumulando durante tantos meses que ya no encuentra otra manera de salir.

Hay un detalle que me parece especialmente importante para nosotras y es que las vacaciones no siempre alivian la carga mental de la mujer. Muchas mujeres cambian la oficina por una casa en la playa; pero siguen siendo quienes recuerdan la crema solar, las medicinas, la ropa de los niños, la compra, la reserva del restaurante, las excursiones, preparar las maletas y los horarios. Descansan de unas obligaciones para asumir otras diferentes o simplemente trasladan las obligaciones de siempre, ahora cerca del mar.

Después llega la noche y aparece una pregunta que muchas conocen demasiado bien : ¿Cómo se supone que voy a conectar con el deseo si llevo todo el día pendiente de que no falte absolutamente nada? No hace falta ser especialista para comprenderlo. Cualquiera que haya terminado una jornada completamente agotada sabe que el cuerpo necesita mucho más que apagar la luz para cambiar de registro.

Hace años Esther Perel escribió una idea que me parece brillante. Dice que muchas parejas dejan de mirarse con curiosidad porque creen que ya se conocen completamente. Me parece interesante porque creo que ahí hay una de las trampas más frecuentes de las relaciones largas, pues conocemos los gustos del otro, sabemos cómo toma el café, recordamos cuál es su película favorita, podemos adivinar incluso lo que va a pedir en un restaurante. Sin embargo, hace muchísimo que no le preguntamos qué le preocupa de verdad, qué ilusión le ronda últimamente, qué parte de sí siente que ha cambiado o qué echa de menos de la persona que era hace diez años.

Bueno, quizá tampoco nos hacemos esas preguntas a nosotras mismas. Vivimos tan pendientes de sostener la vida que dejamos muy poco espacio para comprobar en quién nos estamos convirtiendo.

Una amiga me dijo en una ocasión: «Tengo la sensación de que llevo años ocupándome de todo y hace mucho que nadie me pregunta cómo estoy de verdad.»

No hablaba únicamente de su pareja. Hablaba, también de ella misma porque muchas veces somos nosotras las primeras que dejamos esa pregunta para otro momento…y pasa el verano…y pasa otro…y seguimos creyendo que ya habrá tiempo.

Tal vez Penélope ( por eso  me inspira hoy la Odisea) entendió algo que todavía puede servirnos. Antes de seguir escribiendo la historia necesitó descubrir quién era el hombre que tenía delante. Quizá también necesitaba comprobar quién era ella después de veinte años esperando. Me parece una imagen preciosa para terminar este artículo.

Las relaciones también necesitan detenerse de vez en cuando para volver a conocerse. Compartir la vida durante años tiene algo muy bonito, que es la confianza que se genera; pero también un riesgo y es llegar a creer que conocemos del todo a la persona que tenemos al lado y, sin darnos cuenta, dejar de interesarnos por la mujer o el hombre en los que se ha ido convirtiendo con el paso del tiempo. El cariño, por sí solo, no evita que dos personas cambien por caminos distintos si dejan de mirarse con curiosidad. Nadie, absolutamente nadie permanece igual toda la vida y eso es un aspecto muy bonito e interesante del amor: tener la oportunidad de descubrir varias veces a la misma persona.

Marcel Proust escribió que «el verdadero viaje de descubrimiento no consiste en buscar nuevos paisajes, sino en mirar con nuevos ojos».

Pues ojalá este verano, además de visitar lugares bonitos, encuentres un rato para mirar con esos ojos nuevos a la persona que tienes delante… y también a la mujer en la que tú te has convertido. Quizá descubras que ambos seguís teniendo mucho que contaros.

Cuídate mucho, disfruta del verano, del viaje y, si el mar te regala un momento de calma, aprovéchalo. Hay conversaciones que cambian más una relación que las vacaciones más espectaculares…ya me contarás.

Abhaya Fdez. de Castro
@laviadeltantra.abhaya

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