“Las Terapias de Conversión”
Superstición, ciencia, historia y derechos en la persecución de la disidencia sexual
¡Hola de nuevo a todas, todes y todos!
Aquí estamos con una nueva entrega de En la Acera de En Frente, de Brillantes Sensaciones. Esta vez nos adentramos a “Las Terapias de Conversión”, llamarlas «terapias» ya es un error. El término otorga a estas prácticas una legitimidad científica que no tienen, que nunca han tenido y que la comunidad médica y los organismos internacionales llevan décadas desmontando. Son, en rigor, torturas psicológicas y en muchos casos físicas, aplicadas sobre personas LGTBIQ+ con el objetivo de modificar su orientación sexual o identidad de género. Su historia es, en paralelo, la historia de la ignorancia organizada, el fanatismo religioso y los regímenes que necesitan borrar toda forma de disidencia para sobrevivir. Repasaremos las efemérides de julio dentro del colectivo:
- 14 de julio: Día de la Visibilidad No-Binaria
- 16 de julio: Día Internacional Drag
- 20
Y aun durante este mes unas cuantas celebraciones del Pride (Orgullo) en varias ciudades del mundo.
Superstición, ignorancia y fanatismo: el sustrato ideológico
Las terapias de conversión no nacen de la ciencia. Nacen del pecado. O, más precisamente, del concepto de pecado construido por tradiciones religiosas que interpretan la homosexualidad como una aberración moral corregible mediante la voluntad, la oración o el sufrimiento. La premisa fundacional es siempre la misma: que ser LGTBIQ+ es un error, una enfermedad del alma o del carácter que puede y debe ser revertida.

Esta lógica tiene raíces profundas en todas las religiones abrahámicas (cristianismo, islam y judaísmo ortodoxo) aunque su expresión más virulenta en el mundo contemporáneo proviene del fundamentalismo evangélico norteamericano, que desde los años 70 exportó el movimiento de «terapias reparativas» a todo el mundo hispanohablante y europeo. Organizaciones como Exodus International —finalmente disuelta en 2013 tras reconocer públicamente que causaba daño— aplicaron durante décadas técnicas de electrochoque, privación del sueño, humillación sistemática y condicionamiento aversivo, todo bajo el eufemismo de «acompañamiento espiritual”.
«Las personas no somos errores, no tenemos que cambiar nuestra forma de vivir, de pensar o de querer.»
Ana Redondo, ministra de Igualdad de España, junio de 2026
Lo que une superstición, ignorancia y fanatismo no es solo la creencia errónea, sino la resistencia activa a la evidencia. Cuando la ciencia desmontó la patologización de la homosexualidad, los defensores de la conversión no revisaron sus premisas: las blindaron con argumentos pseudocientíficos, con estudios sesgados o directamente fraudulentos, y con la invocación de una «libertad religiosa» que en la práctica se ejerce sobre cuerpos ajenos y, con frecuencia, sobre los de menores de edad.
La ciencia contra el dogma: despatologización y consenso internacional
Del DSM a la OMS: un largo proceso de reparación
Durante décadas, la medicina fue cómplice del daño. En 1952, la Asociación Americana de Psiquiatría (APA) incluyó la homosexualidad en la primera edición del Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM-I) como una patología, sin base empírica alguna, apoyándose en teorías psicoanalíticas sin validación científica. Fue el inicio de una legitimación institucional del prejuicio que daría cobertura a décadas de internaciones forzosas, electrochoques, castración química y aversión condicionada.
No fue hasta 1973 cuando la APA retiró la homosexualidad del DSM-II, presionada en parte por el activismo LGTBIQ+ surgido tras Stonewall (1969). La Organización Mundial de la Salud tardaría casi dos décadas más: el 17 de mayo de 1990 (Fecha que hoy se conmemora como Día Internacional contra la Homofobia, la Transfobia y la Bifobia) la OMS eliminó la homosexualidad de su Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE-10). Una victoria histórica que, sin embargo, dejaba sin resolver la patologización de las identidades trans.
Las personas trans tuvieron que esperar 28 años más. En junio de 2018, la OMS publicó la CIE-11, que entró en vigor en enero de 2022, eliminando la transexualidad de los trastornos mentales para incluirla en el capítulo de salud sexual como «incongruencia de género», sin connotación patológica. Un avance que llegó con retraso, pero que cerró formalmente el ciclo de la patologización institucional de la diversidad sexual y de género.

Hoy existe consenso científico absoluto entre las principales instituciones médicas y psicológicas del mundo, APA, OMS, Asociación Mundial de Psiquiatría, Consejo General de la Psicología de España, en que las terapias de conversión no solo carecen de eficacia demostrada, sino que producen daños severos y documentados: depresión, ansiedad crónica, trastorno de estrés postraumático, autolesiones y riesgo elevado de suicidio. No curan porque no hay nada que curar.
El Dorado: Berlín 1919 y la ciencia que el nazismo quemó
Hubo un momento en la historia en que la ciencia se adelantó un siglo a la política. Fue en Berlín, en los últimos años del siglo XIX y los primeros del XX, cuando un médico judío y homosexual llamado Magnus Hirschfeld comenzó a documentar sistemáticamente la diversidad sexual humana con el rigor de la ciencia experimental. En 1897 fundó el Comité Científico Humanitario, primera organización del mundo en defensa de los derechos homosexuales, y en 1908 lanzó la primera revista académica de sexología de la historia.
El 6 de julio de 1919, en el ambiente más libre de la recién fundada República de Weimar, Hirschfeld inauguró en Berlín el Institut für Sexualwissenschaft (Instituto para la Ciencia Sexual). Lo que allí ocurrió fue revolucionario: por primera vez, la diversidad sexual y de género se estudiaba no como patología sino como variación natural de la condición humana. Se ofrecía acompañamiento médico y psicológico a personas trans, se emitían certificados que les permitían vestir acorde a su identidad, algo inédito para la época, se realizaban las primeras operaciones de reasignación de sexo documentadas, y se desarrollaba una biblioteca de 20.000 libros y 5.000 fotografías que constituía el mayor archivo sexológico del mundo.
El 10 de mayo de 1933, las SA nazis vaciaron el instituto y arrojaron su biblioteca a una hoguera en la Opernplatz. Hirschfeld lo vio en un noticiario de cine en París. Nunca volvió a Alemania.
El nazismo entendió perfectamente lo que Hirschfeld representaba: un pensamiento que hacía imposible el orden biopolítico del Tercer Reich. En mayo de 1933, apenas semanas después de que Hitler asumiera el poder, las tropas de asalto atacaron el instituto, lo saquearon y quemaron su contenido en una de las primeras quemas de libros del régimen. Entre 1933 y 1945, más de un millón de homosexuales alemanes fueron perseguidos, unos 100.000 arrestados, 50.000 condenados a prisión y un número indeterminado enviado a campos de concentración donde portaban el triángulo rosa. La ciencia que Hirschfeld había construido durante décadas quedó reducida a cenizas, y con ella décadas de avance. Lo que el siglo XX tardó en recuperar, el nazismo destruyó en una noche.
El poder y la disidencia: extrema derecha y regímenes absolutistas

La persecución de las personas LGTBIQ+ no es un capricho ideológico de los autoritarismos: es una constante estructural. Allí donde el poder se concentra y necesita definir el enemigo interior, la disidencia sexual aparece como objetivo privilegiado. La razón es precisa: la identidad sexual y de género es una de las formas más íntimas e irrenunciables de ser en el mundo. Atacarla es atacar la subjetividad misma, el yo más profundo. Es, por eso, una herramienta de control total.
El fascismo histórico lo comprendió antes que nadie. El nazismo, la España franquista, que criminalizó la homosexualidad mediante la Ley de Vagos y Maleantes de 1954 y la Ley de Peligrosidad Social de 1970, la Italia mussoliniana, la URSS de Stalin que recriminalizó la homosexualidad en 1933 tras haberla despenalizado brevemente: todos establecieron la heterosexualidad obligatoria como pilar del orden social y racial que pretendían construir. La familia heterosexual y reproductiva era el átomo del Estado totalitario.
El discurso de la extrema derecha contemporánea (Vox en España, el Partido de la Libertad en Austria, Fratelli d’Italia, Le Pen en Francia, Viktor Orbán en Hungría, o el trumpismo en Estados Unidos) reproduce con lenguaje actualizado la misma lógica. El enemigo ya no se llama «perversión» sino «ideología de género». El objetivo sigue siendo el mismo: negar la legitimidad de la existencia LGTBIQ+ en el espacio público, en las escuelas, en la familia y en la ley. Las terapias de conversión son, en este marco, la forma medicalizada de ese proyecto político: la pretensión de que el Estado, la familia o la iglesia tienen derecho a borrar lo que una persona es.
No es casual que en la votación del Congreso español para penalizar estas terapias, los únicos 32 votos en contra fueran íntegramente de Vox, ni que la extrema derecha las defienda en nombre de la «libertad individual» una libertad que, en su planteamiento, consiste en la libertad de someter a otros a torturas psicológicas con su consentimiento, a menudo obtenido bajo coerción familiar o religiosa.
Avances legales: hacia la ilegalización global
España, junio de 2026: de la sanción al delito
El 25 de junio de 2026, el Pleno del Congreso de los Diputados aprobó con 179 votos a favor la tipificación penal de las terapias de conversión en España. La proposición de ley, impulsada por el PSOE, incorpora al Código Penal el nuevo artículo 173 bis, que convierte en delito cualquier práctica (Psicológica, física, farmacológica o de cualquier otra naturaleza) dirigida a modificar, suprimir o negar la orientación sexual, la identidad de género o la expresión de género de una persona. Las penas previstas son de seis meses a dos años de prisión, con agravantes cuando la víctima sea menor de edad, cuando medie violencia o engaño, o cuando el perpetrador actúe en nombre de una organización.
El paso es significativo porque supera el régimen sancionador previo. Desde 2023, la Ley Trans estatal ya prohibía estas prácticas con multas de hasta 150.000 euros, pero la persecución era administrativa y, según los afectados, insuficiente. La penalización convierte a los jueces y no a las autoridades políticas, en los garantes de la prohibición, permite a las víctimas reclamar indemnizaciones y cierra la vía del crowdfunding como escudo económico para los perpetradores. La ley debe aún pasar por el Senado antes de su entrada en vigor.
El mapa global: avances y resistencias
España se une a una lista creciente pero aún minoritaria de países que han ilegalizado estas prácticas. Malta fue el primer Estado europeo en prohibirlas, en 2016. Alemania, Francia, Bélgica, Grecia, Islandia y varios cantones suizos las han prohibido posteriormente. Fuera de Europa, Nueva Zelanda, Canadá y varios estados de Australia y de Estados Unidos (aunque no la federación en su conjunto) han avanzado en la misma dirección.
El contraste es brutal: según Ilga World, la homosexualidad sigue siendo ilegal en más de 60 países, y punible con pena de muerte en al menos 12. En estos contextos, las terapias de conversión no son prácticas marginales sino herramientas del Estado. La distancia entre el Congreso español aprobando el artículo 173 bis y un joven encarcelado en Irán por su orientación sexual no es solo geográfica: es la distancia entre dos concepciones radicalmente distintas de lo que es una persona y de lo que el poder puede hacer con ella.
Nombrar las cosas como son

Las terapias de conversión son torturas. La ciencia lo certifica. La historia lo demuestra. Los supervivientes lo testimonian. Llamarlas de otro modo: ”acompañamiento espiritual», «terapia reparativa», «apoyo pastoral”, etc. es participar en la violencia que ejercen, aunque sea solo lingüísticamente.
La lección de Magnus Hirschfeld, cuya biblioteca ardió en 1933, es también una advertencia: el conocimiento sobre la diversidad humana es frágil, y quienes lo producen y protegen pueden ser silenciados. Por eso cada paso legal, cada prohibición, cada condena, cada ley, no es solo una victoria jurídica. Es la reconstrucción, ladrillo a ladrillo, de lo que el fanatismo quemó.
El problema nunca fue la identidad de quienes fueron sometidos a estas prácticas. El problema es, y siempre fue, el poder que creyó tener derecho a borrarla.
Que en junio de 2026 el Parlamento español haya añadido un artículo al Código Penal para proteger ese derecho a existir tal como uno es no cierra ninguna historia. Pero sí la empuja, un poco más, hacia el lado correcto. Pero con personajes como Felipe González, es fascinante comprobar cómo alguien que durante años se presentó como referente de la izquierda ha acabado convirtiéndose en uno de los comentaristas favoritos de quienes llevan décadas atacando los derechos sociales. Hay trayectorias políticas y luego está la tuya: un viaje tan largo hacia la derecha que ya cuesta distinguir dónde termina el conservadurismo y dónde empiezan sus versiones más extremas.
Sus declaraciones sobre el colectivo LGTBIQ+ no transmiten experiencia ni sentido común; transmiten desconocimiento y una preocupante falta de respeto hacia personas que solo reclaman vivir con la misma dignidad y los mismos derechos que cualquier otra. Resulta paradójico que quien habla tanto de libertad parezca tener tantas dificultades para reconocer la libertad de los demás.
Las siglas LGTBIQ+ no son un problema. El problema es utilizarlas como blanco de discursos que alimentan prejuicios en lugar de fomentar convivencia. Quizá el tiempo no te ha hecho más sabio, sino más cómodo defendiendo posiciones que hace años habrías dicho combatir.
Al final, uno no deja de ser de izquierdas por hacerse mayor; deja de serlo cuando abandona los principios de igualdad, justicia social y respeto a la diversidad para buscar el aplauso de quienes siempre se opusieron a ellos. Y, viendo sus intervenciones, parece que hace tiempo ha elegido de qué lado quería que le aplaudieran.
Nos vemos en la acera de en frente, donde resistimos, existimos y brillamos. Porque mientras una sola letra quede atrás, ninguna está verdaderamente segura, sigamos caminando junt@s, tod@s, como siempre, pero nunca sol@s.

Con orgullo y resistencia, En La Acera De En Frente – Brillantes Sensaciones
PD: Con Amor
Miquel Claudì-López
Periodista y Licenciado en Comunicación Audiovisual
@miquelclaudilopez
@enlaaceradeenfrente