Preparados, listos… ¡allá vamos!
Hay algo especial en los finales de verano. Quizá sea esa luz que empieza a cambiar casi sin avisar, las tardes que se acortan, el aire que anuncia que un nuevo ciclo está a punto de comenzar. Septiembre siempre tiene algo de comienzo. De página en blanco. De volver a poner en marcha los sueños que durante unos días hemos dejado reposar.
Este ha sido un verano intenso, caluroso y, en muchos sentidos, también removido. Un verano en el que he necesitado parar. Bajar el ritmo. Descansar. Recuperar energía.
Y cada vez tengo más claro que detenerse no significa dejar de avanzar.
A veces, parar es precisamente lo que necesitamos para poder continuar con más claridad, más fuerza y más conciencia. Vivimos tiempos que nos exigen mucho. Basta con mirar alrededor para ser conscientes de todo lo que está ocurriendo en nuestro mundo. Por eso, también necesitamos espacios para respirar, para volver a nuestro centro y recordar desde dónde queremos seguir caminando.
Yo he aprovechado este verano para hacerlo de dos maneras que, para mí, están profundamente conectadas: descansando y leyendo.
He leído por placer, por curiosidad y por necesidad. He vuelto a los grandes clásicos, he descubierto ensayos, he disfrutado de la poesía… He buscado esas palabras que alimentan, que incomodan, que despiertan preguntas y que, de alguna manera, nos ayudan a comprender un poco mejor quiénes somos y el mundo que habitamos.

Porque leer también es una forma de detener el ruido.
Pero, además de esas lecturas elegidas por puro disfrute, este verano han pasado por mis manos muchos manuscritos recibidos en la editorial. Historias, ensayos, poemas, reflexiones y propuestas de autores que desean publicar con nosotros y que, antes de convertirse en libros, necesitan ser leídos, escuchados y comprendidos.
Cada manuscrito lleva mucho más que palabras.
Lleva horas de trabajo, experiencias, preguntas, sueños y, muchas veces, una parte muy íntima de quien lo escribe. Detrás de cada propuesta hay alguien que ha sentido la necesidad de contar algo. Alguien que cree que sus palabras pueden aportar algo a los demás.
Y eso me sigue emocionando profundamente.
Especialmente en un momento como el actual, en el que la tecnología y la inteligencia artificial están transformando nuestra manera de crear, comunicar y relacionarnos con la información, resulta casi revolucionario comprobar que seguimos necesitando la palabra humana.
Que seguimos escribiendo.
Que seguimos leyendo.
Que seguimos creando.
Que seguimos necesitando contar aquello que nos atraviesa y compartir aquello en lo que creemos.
Y entre todos esos manuscritos hay algo que me emociona especialmente: encontrar autores comprometidos con su mensaje. Personas que no escriben únicamente para publicar un libro, sino porque tienen algo que decir y sienten que compartirlo forma parte de su propósito vital.
Quizá ahí esté una de las grandes razones por las que seguimos creyendo en la edición.
Porque un libro puede ser mucho más que un objeto. Puede ser una semilla. Una pregunta. Un espejo. Una puerta. Puede llegar a alguien en el momento preciso y provocar una reflexión, una decisión, un cambio o, simplemente, hacerle compañía.
Y cuando pienso en todo lo que tenemos por delante en este último cuatrimestre del año, no puedo evitar sentir una enorme ilusión.

Llegan meses intensos, sí. Meses de trabajo, de proyectos, de libros que verán la luz, de autores con muchísimo talento y de propuestas que nos están sorprendiendo y emocionando. Tenemos por delante una etapa preciosa, con muchos proyectos pensados también para llegar a Navidad con historias y mensajes que merezcan formar parte de ese momento tan especial del año.
Y, de alguna manera, siento que estoy recogiendo los frutos de diez años de camino.
Diez años de trabajo, de aprendizaje, de aciertos y errores, de libros, de autores y de historias. Diez años construyendo, paso a paso, una editorial que quiere hacer las cosas desde un lugar diferente: creyendo en las personas, en sus voces y en el poder de las palabras cuando nacen de un propósito auténtico.
Hoy miro todo lo que llega y siento, sobre todo, gratitud.
Gratitud por poder acompañar a tantos autores. Por poder descubrir sus voces. Por poder ayudarles a convertir sus palabras en libros y, a través de ellos, hacer llegar sus mensajes un poco más lejos.
Porque quizá eso sea, al final, lo que significa ser editora: convertirse, de alguna manera, en la pluma que da voz a quienes tienen algo que decir.
Así que sí: necesitábamos parar.
Necesitábamos descansar.
Necesitábamos recuperar energía.
Y ahora, con las pilas cargadas, nuevas ideas, nuevos proyectos y muchas historias esperando su momento, toca volver a ponerse en marcha.
El mundo sigue siendo complejo. No podemos ni queremos mirar hacia otro lado. Pero también creo que confiar, crear, compartir, escribir, leer y seguir construyendo desde aquello en lo que creemos es una forma de participar activamente en el cambio.
La nueva humanidad que tantos estamos esperando no llegará de repente.
La estamos construyendo ya.
Con cada gesto. Con cada elección. Con cada palabra.
Y nosotros tenemos muchos libros por delante.
Así que respiramos hondo, abrimos una nueva página y nos ponemos manos a la obra.
Preparados, listos… ¡allá vamos!
Eva Ramírez