El Castillo
“Los cuerpos que el heteropatriarcado convierte en mercancía”
El castillo es una serie policiaca de seis episodios de unos 50 minutos, estrenada el 8 de octubre de 2026 en Movistar Plus+ tras su paso por la Sección Oficial del Festival de San Sebastián. La crean y escriben Isabel Peña y Eduardo Villanueva a partir de “El proxeneta”, libro de no ficción de Mabel Lozano; la dirigen Elena Martín Gimeno (episodios 1, 2, 5 y 6) y Sandra Romero (3 y 4). La protagonizan Raúl Arévalo, Omar Ayuso, Laia Marull y Valentina Vidal. Ambientada entre 1999 y 2005, sigue a dos inspectores de la UCRIF que detectan un cambio en los burdeles, a “el Suizo”, que extiende una red de clubes, y a Claudia, una joven colombiana de 18 años que llega a España en busca de un futuro mejor.
¿Puede una serie que no aborda explícitamente las disidencias sexuales y de género formar parte de una mirada queer?
Creo que sí, cuando su relato nos obliga a cuestionar las estructuras de poder que determinan qué cuerpos pueden ser libres y cuáles quedan expuestos a la violencia, la explotación y la exclusión.
El castillo se incorpora a “Queer As Cinema +” desde esa voluntad de ampliar la mirada. Su inclusión no responde a una representación directa de las realidades LGTBIQA+, sino a la posibilidad de leer su historia desde el feminismo y la crítica al orden heteropatriarcal: un sistema que reproduce desigualdades, normaliza determinadas formas de dominación y convierte los cuerpos de las mujeres en territorios de apropiación y control.
La prostitución, la migración y la explotación sexual atraviesan un relato en el que el género, la precariedad económica y la desigualdad de origen se entrecruzan. La experiencia de las mujeres migrantes revela cómo las promesas de una vida mejor pueden quedar atrapadas en redes de violencia y sometimiento, sostenidas no solo por quienes ejercen directamente la explotación, sino también por las estructuras sociales y económicas que la hacen posible.
Situar “El castillo” en esta sección es, por tanto, una decisión política y una invitación a mirar más allá de las fronteras convencionales de lo queer. Porque cuestionar la norma también significa interrogar los mecanismos que producen cuerpos vulnerables, vidas precarizadas y existencias relegadas a los márgenes. Y porque una mirada feminista y queer no tiene por qué limitarse a identificar quién está representado en una pantalla: también puede preguntarse qué relaciones de poder sostiene esa pantalla, qué violencias hace visibles y qué realidades nos obliga a dejar de ignorar.
La tesis de este análisis es que la serie no retrata la prostitución como un mundo aparte, sino como un sistema: una demanda masculina normalizada, una deuda que ata a las mujeres, un Estado que tarda en reconocer el delito y un modelo económico que las hace vulnerables.Este articulo invita al lector/espectador a que entremos en una discusión de 5 puntos relevantes sociales (heteropatriarcado, justicia, educación sexual, masculinidad y economía) para poder recorrer ese sistema de arriba abajo.
El imperio del heteropatriarcado

La decisión más clara de la serie es mover la mirada: no pregunta por qué las mujeres están ahí, sino quién paga, quién lucra y quién mira para otro lado. Su foco son los clientes y los proxenetas, un desplazamiento que la crítica interpreta como una toma de postura política frente a los retratos habituales, centrados en los cuerpos femeninos. Villanueva recuerda además que la policía de la época era mayoritariamente masculina y no estaba acostumbrada a mirar este mundo con empatía: el patriarcado no solo está en el burdel, también en la institución que debía perseguirlo.
La puesta en escena lo formaliza. Solo hay dos escenas de sexo y en ninguna aparece la mujer en plano, de modo que ella, simbólica y físicamente, desaparece de la pantalla mientras sufre la disociación de acostarse contra su voluntad. Las directoras explican que existe una larga tradición de filmar a las mujeres con ensañamiento y erotismo, y que mezclar ambos es peligroso. La cámara se niega a convertir la trata en espectáculo.
El antagonista tampoco es un monstruo. La crítica destaca que “el Suizo” se muestra como una persona relativamente normal que hace todo por prosperar, y un empresario con fachada legal. Esa banalidad es la clave heteropatriarcal: el negocio funciona porque se apoya en una demanda cotidiana. Según la Encuesta Nacional de Salud Sexual, el 27,5 % de los hombres ha pagado alguna vez por sexo (Ministerio de Sanidad del Gobierno de España), y un estudio con 1.048 hombres sitúa esa cifra en el 20,3 % (Meneses et al., 2018). Las cifras difieren por método, pero ambas muestran que la compra de sexo es una práctica extendida, no marginal.
Teóricamente, Pateman (1988) sostiene que el contrato de prostitución expresa el derecho de acceso de los hombres al cuerpo de las mujeres. Es una posición discutida: los colectivos de trabajadoras sexuales rechazan que toda prostitución sea violencia y advierten de que el endurecimiento penal las precariza. La serie se sitúa con claridad en el primer campo, pero el debate sigue abierto.

Las falencias del sistema judicial y policial
La serie se ambienta en una época en la que la trata todavía no era delito en España: no se tipificó hasta 2010. Esa ausencia explica la impunidad del Suizo, que manipula el sistema mediante chantaje y corrupción, y convierte a los inspectores en investigadores sin herramientas legales claras. La crítica subraya que la ficción se posiciona sobre ese vacío legal y sobre un negocio sostenido por los consumidores. Las directoras añaden que, mientras la rodaban, cada semana aparecía una noticia sobre mujeres liberadas de lugares de explotación: el pasado de la serie es también el presente.
Los datos actuales confirman que el sistema sigue detectando poco y condenando menos. Entre 2014 y 2017 se identificaron 2.209 víctimas de trata sexual y 439 de trata laboral, cifras que los propios autores consideran bajas. Entre 2012 y 2017 los tribunales españoles dictaron 56 condenas por trata, y aunque en 46 reconocieron indemnización, la mayoría de las víctimas apenas cobra algo simbólico o nada. En 2025 el Ministerio del Interior contabilizó 1.869 víctimas de trata y explotación, con 374 liberadas de redes de trata sexual (Ministerio del Interior), mientras la Fiscalía registró 442 víctimas de trata sexual, un 54,5 % de ellas colombianas o venezolanas. Las cifras difieren porque cada institución mide de forma distinta, lo que ya es un síntoma. El Consejo de Europa (GRETA) recuerda que España es uno de los principales países de destino y tránsito y pide mejorar la identificación de víctimas.
El hueco normativo persiste. El anteproyecto de ley orgánica integral contra la trata fue aprobado por el Consejo de Ministros en 2022, pero sigue sin ser ley tras intentos en 2022, 2023 y 2024 (Amnistía Internacional). En junio de 2026 el Congreso aprobó una proposición del PP para exigir su aprobación urgente, con la abstención del PSOE y de Vox, y con el plazo de transposición de la directiva europea a punto de vencer.
En prostitución, la situación es de alegalidad: ni regulada ni prohibida El PSOE ha intentado abolirla en 2022 y 2024 sin apoyos suficientes, y la ley sigue sin aprobarse. Las posiciones están enfrentadas: quienes defienden la abolición culpan al marco actual de proteger a los proxenetas, y los colectivos de trabajadoras sexuales y partidos como Sumar advierten de que penalizar la tercería locativa precariza a las que ejercen por cuenta propia. La serie señala el problema, pero no resuelve esta discusión.
Marco legal actual en España
Código Penal (Artículo 177 bis): Tipifica el delito de trata de seres humanos (captación, transporte, traslado o acogida mediante violencia, engaño o abuso de vulnerabilidad) con fines de explotación sexual, laboral, esclavitud, mendicidad o extracción de órganos, entre otros.
Ley Orgánica 10/2022 de garantía integral de la libertad sexual (Ley del “solo sí es sí”): Refuerza la protección frente a las violencias sexuales, incluida la trata con fines de explotación sexual, consultable en el BOE-A-2022-14630.

Ley de Extranjería (Artículo 59 bis de la LO 4/2000): Regula los derechos, la colaboración con las autoridades y los periodos de reflexión y regularización para las víctimas extranjeras en situación irregular.
La falta de educación sexual y emocional
La serie no da lecciones, y sus creadoras lo dicen expresamente, pero su estructura invita a hacerse la pregunta:
¿dónde aprenden los hombres que pagan qué es el deseo, el consentimiento o la intimidad?
Cada episodio lleva el nombre de un cliente-tipo (el cuidador, el crítico, el macho, el universitario, el derrochador, el enamorado). Esa galería sugiere que la compra de sexo no responde a un único perfil, sino a un vacío común: la dificultad de vincularse sin pagar, sin dominar o sin esconderse. Es una lectura mía de la ficha, no una tesis enunciada por la serie.
Los datos apuntan en esa dirección. Según Save the Children, siete de cada diez adolescentes consumen pornografía y acceden por primera vez a los 12 años, aunque un estudio de la Universidad de las Islas Baleares sitúa ese primer contacto entre los 9 y los 11. Para ellos, el primer acceso suele ser una búsqueda activa y una especie de rito de iniciación a la socialización masculina, y más de la mitad ha recibido solo entre una y cuatro horas de formación afectivo-sexual en dos años. Su directora de políticas de infancia resumió el problema diciendo que, sin educación afectivo-sexual en el currículo, la pornografía ocupa el lugar de profesora (Save the Children).
Ese aprendizaje deja huella adulta. La Encuesta Nacional de Salud Sexual recoge que casi el 30 % de las mujeres se ha visto forzada alguna vez a hacer algo que no quería en una relación sexual, y que el 13,6 % de los hombres admite haber sentido que obligaba a su pareja (Ministerio de Sanidad, Gobierno de España). Una revisión de 2025 sobre compradores de sexo concluye que cerca del 25 % de los hombres occidentales ha pagado alguna vez, que el primer acceso se da entre los 18 y los 22 años y que pornografía y prostitución son fenómenos íntimamente ligados (Centro de Estudios de Género y Feministas). Entre los clientes españoles, uno de cada cinco busca pareja: el sexo de pago llena también una carencia emocional.

La educación sexual no explica por sí sola la trata, que depende de la demanda y de las redes, pero sí ayuda a explicar por qué la demanda se reproduce sin cuestionarse.
La fragilidad de la masculinidad
El heteropatriarcado se presenta como poder, pero la serie lo mira también como inseguridad. Elena Martín explicó que quiso poner la mirada en el hombre porque es quien le genera más dudas sobre cómo vive el acto sexual. Para evitar una visión épica de los perpetradores, el equipo contó con la psicóloga forense Elena Garrido, que les ayudó a entender su perfil, y la crítica señala que “el Suizo” es una persona corriente cuya ambición explica más que cualquier maldad. Entender no es justificar: la serie desactiva el mito del monstruo para mostrar que el negocio se sostiene sobre hombres ordinarios.
Los títulos de los episodios permiten una lectura propia como tipología de esa fragilidad: el macho, el crítico, el enamorado, el derrochador. Cada etiqueta sugiere una forma distinta de resolver la misma inseguridad, ya sea exhibiendo poder, juzgando a quien se compra, buscando afecto sin riesgo de rechazo o demostrando estatus con dinero. La mercancía sexual ofrece un vínculo sin reciprocidad: el cliente no tiene que ser deseado, solo pagar. Los datos encajan con esa lectura: el 21,7 % de los clientes españoles busca pareja y el 19,8 % se siente atraído por el riesgo.
Bourdieu formula la paradoja con una idea clásica: la virilidad es una carga que cada hombre debe demostrar ante otros hombres, de modo que los dominadores quedan atrapados por su propia dominación. Esa presión empieza pronto, cuando el primer acceso a la pornografía funciona como un rito de iniciación a la socialización masculina. Si ser hombre exige demostrar potencia y control, comprar sexo sin consecuencias resulta un atajo y la trata resulta el negocio que lo abastece.
Hay que evitar dos lecturas simplistas. La fragilidad no resta responsabilidad penal ni moral, y tampoco todos los hombres compran sexo: la mayoría, según las encuestas citadas, no lo ha hecho. Pero la serie obliga a hablar de la demanda como un problema cultural de la masculinidad, y no solo como una suma de decisiones individuales.
El espejo sin tabú: víctimas de un sistema económico machista
La serie no convierte la sexualidad en un tabú ni a las mujeres en objeto de morbo: su crítica apunta al mercado. Las directoras se preguntaron cómo contar la historia para que las supervivientes de trata pudieran verla sin sentirse utilizadas ni revictimizadas y la crítica destaca que evita hacer “pornografía del sufrimiento” (Cinemagavia, 2026). Romero añade que llamar “prostitución de toda la vida” a este negocio revela una falta de interés sobre qué sociedad somos (Público, 2026): lo naturalizado deja de verse.
El mecanismo económico central es la deuda. A finales de los noventa, con el crecimiento económico y el aumento de la inmigración, los proxenetas españoles pasaron de explotar a dos o tres mujeres a importar masivamente mujeres de países más pobres y a controlarlas con una deuda que crecía de forma perversa. Claudia, la protagonista, llega a España para enviar dinero a su familia y pagar los medicamentos de su hijo. Es un patrón que persiste: colombianas y venezolanas son el 54,5 % de las víctimas de trata sexual identificadas en 2025, con un perfil medio de mujeres de entre 23 y 27 años en 2024. La vulnerabilidad económica y migratoria funciona como materia prima del negocio.

La misma lógica rige después de la condena. Los tribunales reconocen indemnizaciones en la mayoría de las sentencias por trata, pero las víctimas casi nunca las cobran: el sistema les deja la deuda moral y a los tratantes el beneficio. La demanda cierra el círculo. Si el 20 % o el 27 % de los hombres ha pagado por sexo, según la encuesta que se consulte, el mercado es rentable porque hay compradores dispuestos y, como recuerdan sus creadores, porque la sociedad prefirió no mirar.
Caben dos precisiones. La trata no equivale a toda la prostitución, y quienes ejercen por voluntad propia piden no ser tratadas como víctimas ni empeorar su situación con leyes más punitivas. Y llamar “sistema económico machista” a este entramado es una tesis analítica que la serie sugiere con su forma y sus datos, pero que no formula de manera explícita.
El castillo funciona como espejo porque cambia el lugar desde el que se mira: del cuerpo de las mujeres a la demanda, las redes, la ley y el dinero. Los cinco ejes se enlazan. El heteropatriarcado normaliza la compra de sexo; una justicia que tardó en tipificar la trata y aún no aprueba una ley integral deja a las redes en ventaja; la falta de educación afectivo-sexual alimenta una masculinidad que busca control donde no sabe buscar vínculo; y una economía que empobrece a las mujeres migrantes les carga una deuda que ellas pagan dos veces. Lo que la serie propone, sin sermonear, es una pregunta incómoda para el espectador: qué parte de este sistema sostiene con su silencio o su consumo. La ficción no sustituye a la ley ni a la educación, pero hace visible aquello que durante décadas se llamó «prostitución de toda la vida».
Dialoguemos, debatamos, compartamos.
QUEER AS CINEMA +:
«Donde cada película o serie cuenta una Revolución»
Miquel Claudí-López
Comunicador Audiovisual
Periodista
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