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Empathie (Empatia)

Série de Florence Longpré

humanidad, fractura y cuidado

La rareza de una serie que se atreve a escuchar

Empathie es una anomalía bienvenida en el paisaje de las series contemporáneas. Creada, escrita y protagonizada por Florence Longpré, esta coproducción franco/canadiense emitida  en España por Movistar+ construye algo que pocas ficciones sobre salud mental han logrado: un universo donde la fragilidad humana no es decorado dramático sino el verdadero sujeto de la narración. Longpré encarna a Suzanne Bien-Aimé psiquiatra con una vida personal tan fracturada como la de sus pacientes (O más), y desde esa posición de vulnerabilidad compartida, la serie interroga qué significa realmente acompañar a otro ser humano en su dolor.

El tono que Longpré impone desde el primer episodio es su mayor apuesta formal: ni drama clínico ni comedia ligera, sino algo más parecido a la vida misma, donde lo cómico y lo devastador conviven en el mismo plano, a veces en la misma frase. Esa mezcla no es un defecto de género sino una declaración de principios: la salud mental es compleja, contradictoria y frecuentemente absurda, y una serie que quisiera honrarla debería serlo también.

Salud mental: contra la ilusión farmacológica

El posicionamiento ético más radical de Empathie es su resistencia al modelo de atención basado en la medicación sistemática. Suzanne Bien-Aimé practica desde una convicción que la serie nunca formula como slogan pero sí encarna en cada sesión: los pacientes no necesitan ser dopados sino acompañados a enfrentarse a su propia realidad. Esa postura genera conflictos con colegas, con el sistema sanitario y con los propios pacientes, que a veces preferirían una pastilla que les borrara el dolor antes que el trabajo lento y doloroso de mirarlo de frente.

La serie no idealiza este enfoque: hay momentos en los que la negativa al tratamiento farmacológico parece insuficiente, incluso irresponsable. Longpré no escribe a su protagonista como una heroína que siempre tiene razón, sino como alguien que sostiene una convicción con los costes reales que eso implica. Es precisamente esa honestidad (la duda, el error, el límite)  lo que hace del personaje algo más que un manifiesto clínico y lo convierte en un ser humano creíble.

Los pacientes a los cuales la doctora Bien-Aimé son el corazón narrativo de la serie. Cada caso abre una ventana a una forma distinta de sufrimiento psíquico: la depresión que no se parece a ninguna imagen cinematográfica de la depresión, la ansiedad que funciona con humor hasta que deja de funcionar, el trauma que se disfraza de normalidad. La serie evita las patologías de catálogo: sus personajes padecen con especificidad, con sus propias palabras y sus propias contradicciones.

Duelo, adicciones y fractura: el dolor en sus múltiples formas.

El duelo atraviesa Empathie de formas diversas y no siempre evidentes. No solo el duelo por la muerte (aunque este aparece con una honestidad que rehúye el sentimentalismo) sino el duelo por las versiones de uno mismo que ya no existen, por las relaciones que se perdieron, por las vidas que no se vivieron. La serie comprende que el duelo es un proceso con mala prensa: la cultura contemporánea quiere superación rápida, narrativas de resiliencia prolija, y Longpré se niega sistemáticamente a ofrecerla.

Las adicciones aparecen en la serie sin la retórica habitual del género: ni condena moral ni romantización de la autodestrucción. Los personajes que luchan con el alcohol, las drogas o las conductas compulsivas son retratados en su ambivalencia real: la adicción como forma de gestión del dolor, como relación de amor-odio con una sustancia que al mismo tiempo destruye y sostiene. Longpré conoce bien este territorio, su escritura no tiene el tono de quien lo observa desde fuera y eso se nota en cada detalle de cómo sus personajes hablan de lo que consumen y de por qué.

Lo que la serie propone, implícitamente, es que el duelo y la adicción a menudo son el mismo fenómeno con distinta presentación: ambos son respuestas al dolor de existir, y ambos requieren no gestión sino acompañamiento. Suzanne Bien-Aimé intenta ofrecer ese acompañamiento mientras ella misma atraviesa sus propias formas de duelo y sus propias formas de escape, y esa simetría entre terapeuta y paciente es uno de los hallazgos más inteligentes de la serie.

Sexualidad fluida, familia multirracial y adopción: identidades en movimiento

Empathie incorpora con naturalidad (Y esa naturalidad es política) una diversidad de configuraciones identitarias y familiares que el cine y la televisión suelen tratar como excepciones que requieren explicación. La sexualidad,  el genero de algunos personajes no es tematizada como conflicto central ni resuelta en arco de “Salida del Armario”: simplemente existe, como parte de quien son. La serie entiende que la fluidez no es una fase de transición sino un modo de habitar el deseo, y lo representa sin pedagogía y sin comillas invisibles. Lo cual es presente en su protagonista poniendo de manifiesto desde un inicio que ella es lesbiana pero (ALETA DE SPOILER) Nos dejara clara la fluidez que puede presentar la sexualidad independientemente a las “razones” que les justifique.

Suzanne Bien-Aimé y la fluidez sexual: vivir el deseo sin mapa

El nombre de la protagonista ya es una declaración de intenciones: Bien-Aimée (la bien amada) lleva inscrita en su apellido una relación con el amor que la serie va a complicar y enriquecer a lo largo de sus episodios. Suzanne no es un personaje que «descubre» su bisexualidad o su fluidez en un arco de revelación dramática clásico. Longpré rehúye deliberadamente esa estructura narrativa de “Salida del Armario” como punto de llegada, como resolución porque comprende que la fluidez no es un destino sino un modo de estar en el deseo.

Lo que la serie muestra es algo más sutil y más verdadero: Suzanne siente lo que siente, cuando lo siente, con quien lo siente, sin que eso requiera etiqueta ni explicación. Sus vínculos afectivos y eróticos con personas de géneros distintos no son presentados como contradicción a resolver sino como la textura normal de su vida interior. Esa normalización (sin subrayado, sin música emotiva que marque el momento) es en sí misma un gesto político considerable.

Lo interesante es que la fluidez de Suzanne no la hace libre de conflicto: la serie entiende que la fluidez no equivale a facilidad. Hay en el personaje una dificultad para la pertenencia, una sensación de estar siempre un poco fuera del mapa en el que los demás parecen moverse con más certeza. No encaja del todo en las narrativas heterosexuales pero tampoco en las comunidades LGBTIQ+ que a veces exigen una identidad más definida. Esa tierra de nadie , que mucha gente Bisexual o Pansexual o Fluida reconoce como experiencia real,  Longpré la filma sin dramatizarla en exceso ni resolverla artificialmente.

Hay también una dimensión interseccional importante: Suzanne es una mujer blanca en una familia racionalizada (Y no al revés), y su fluidez sexual se vive en ese cuerpo específico, con esa historia específica. La serie no separa estas capas identitarias como si fueran compartimentos estancos: Suzanne no es «la bisexual» más «la adoptada» más «la persona blanca». Es una sola persona cuya experiencia del deseo, de la familia y del mundo está atravesada simultáneamente por todas esas dimensiones.

La relación de Suzanne con su propia sexualidad tiene además una conexión tenue pero real con los temas terapéuticos de la serie: la dificultad de nombrarse, de reconocerse en el espejo que los demás ofrecen, de existir sin validación externa. No es casualidad que este personaje viva en el universo de una psiquiatra que también practica una forma de resistencia a las categorías fáciles.

La familia multirracial y la adopción aparecen con una complejidad que va más allá de la buena voluntad representacional. La adopción, en particular, es tratada desde sus capas más incómodas: la identidad adoptada y la biológica, las lealtades divididas, la pregunta de a quién pertenece uno cuando ha pertenecido a varias historias. La familia de Suzanne Bien-Aimé con su composición no convencional y sus tensiones reales,  funciona como microcosmos de una sociedad que ha dejado de ser homogénea sin explicaciones no más emociones.

Longpré evita tanto la ideología como la celebración acrítica: sus personajes no son emblemas de una causa sino personas concretas que cargan con el peso específico de sus historias. Una madre adoptiva que ama profundamente a su hija y al mismo tiempo no sabe cómo acompañarla en la búsqueda de si misma; un personaje cuya sexualidad coexiste con la inseguridad y el deseo de pertenencia. La serie no resuelve estas tensiones porque sabe que no se resuelven: se viven.

El universo de personajes diversos no para en los argumentos sexuales y de genero o raciales y religiosos. La serie abre un abanico de diferencias en la diversidad social, los cuales no se solapan , ni eclipsan ni siquiera se tienen que justificar, solo existen, como en la realidad.

Violencia de género, sesgo y justicia: la herida social

Empathie no es una serie de denuncia en sentido estricto, pero sí es una serie políticamente consciente. La violencia de género aparece en ella no como caso extremo y excepcional sino como continuum que va desde la violencia física hasta los sesgos más sutiles: la condescendencia médica hacia las mujeres que reportan dolor, la minimización sistemática de sus experiencias, el modo en que los sistemas de salud y justicia frecuentemente reproducen el maltrato que dicen combatir.

Suzanne se enfrenta a esta dimensión institucional en su práctica clínica: Particularmente con un paciente cuyos relatos son un transito entre la ficcion y la manipulación. Buscando el resquicio legal para quedar impune, claramente dejando su delito exonerado a la discapacidad  mental. La serie muestra cómo la terapeuta intenta sostener un espacio de escucha genuina frente a estructuras que prefieren el silencio .Y muestra también cómo esa tarea tiene un costo personal para quien la ejerce: Suzanne absorbe el dolor de sus pacientes, pero en este caso la de las víctimas  y ese dolor no desaparece al cerrar la puerta del hospital.

El sentido de justicia que recorre la serie no es el de un tribunal sino el de una ética del cuidado: la convicción de que cada persona merece ser escuchada en su verdad, sin que su relato sea filtrado por las expectativas de género, clase o raza. Esa convicción, practicada en el pequeño espacio de una sesión terapéutica, es presentada como un acto político en sí mismo. No la gran denuncia sino el gesto repetido, cotidiano, de tomarse en serio al otro.

Tono, forma y humanidad: lo que hace única a Empathie

Lo que distingue definitivamente a Empathie de otras series sobre salud mental y de identidad de genero (y son muchas, en la era del wellness televisivo) es su negativa a consolarse con la ficción de que el dolor tiene arreglo. No hay resoluciones limpias, no hay terapias que funcionen en diez episodios, no hay personajes que al final del arco hayan “superado” su trauma. Lo que hay es algo más modesto y más verdadero: personas que aprenden, muy lentamente, a vivir con lo que son y con lo que les pasó y les sigue pasando.

El humor de la serie (Que es real, frecuente y genuinamente gracioso) no funciona como alivio cómico ni como distancia irónica frente al drama: funciona como lo hace en la vida, como mecanismo de supervivencia y de conexión. Reírse de la situación no significa no sufrirla. Suzanne hace chistes en los momentos más oscuros porque así es como algunas personas soportan lo que de otro modo sería insoportable, y Longpré filma eso sin subrayarlo, dejando que el espectador sienta simultáneamente la risa y el peso.

Florence Longpré como creadora, escritora y actriz realiza un trabajo de una coherencia interna excepcional. No hay distancia entre la forma y el contenido: una serie sobre escuchar está construida desde la escucha, con un tempo que respeta el silencio y los silencios de sus personajes. La dirección de Guillaume Lonergan intimista, sin artificios visuales que compitan con las actuaciones acompaña esa apuesta. El resultado es una serie que no espectaculariza el sufrimiento sino que lo hace visible con respeto y con inteligencia.

En un panorama televisivo saturado de series que tratan la salud mental como backstory del personaje o como giro dramático de temporada, Empathie hace algo más difícil y más necesario: tratarla como el centro de una pregunta ética sobre cómo vivimos y cómo nos acompañamos. Esa pregunta no tiene respuesta fácil. La serie tampoco la ofrece. Y en esa honestidad reside su mayor mérito. Como también trabajar la diversidad sin etiquetas y con todas a la vez, ya que cada humano es un ente complejo, cada complejidad nos hace unic@s, pero los derechos nos hacen iguales, en el conjunto de la diversidad.

Dialoguemos, debatamos, compartamos.

QUEER AS CINEMA +: 

«Donde cada película cuenta una revolución.»

Miquel Claudí-López

Comunicador Audiovisual 

Periodista 

@miquelclaudilopez 

@enlaaceradeenfrente 

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