¿Y si el deseo no tuviera que aparecer primero?
Te voy a hacer una pregunta que quizá te resulte bastante familiar. Imagínate que llevas unos días sin pensar especialmente en sexo, estás con tus cosas, trabajando, haciendo recados, resolviendo asuntos, quizá con la cabeza llena de las tareas de septiembre y de esa sensación de que el verano se ha terminado en un abrir y cerrar de ojos ( por eso de que las cosas que tanto nos gustan, parecen durar poco). Llega la noche, tu pareja se acerca, te besa, empieza a acariciarte y tú piensas algo parecido a esto: «Ahora mismo, ganas, ganas… no tengo».
Hasta aquí, todo bastante normal; pero, ¿por qué me parece interesante? pues justo por lo que viene después, porque muchas mujeres interpretamos inmediatamente esa falta de ganas inicial como una respuesta definitiva: «Hoy no me apetece», «Últimamente nunca me apetece, «Creo que he perdido el deseo», «Antes era diferente». Incluso puede aparecer una preocupación bastante más grande, especialmente cuando la situación se repite durante un tiempo y entonces una empieza a preguntarse si seguirá sintiendo lo mismo por su pareja, si habrá algo que falla en ella o si aquella mujer que disfrutaba del sexo con tanta facilidad se ha quedado en algún lugar del camino.
Ahora voy a detenerme, porque quizá hemos entendido el deseo femenino de una manera demasiado rígida. Durante mucho tiempo se ha explicado la respuesta sexual como una especie de recorrido bastante ordenado. Primero aparece el deseo, después llega la excitación, más tarde el orgasmo y, si todo va bien, ¡pim,pam, pum….fuegos! y asunto resuelto. Un modelo estupendo para dibujarlo en una pizarra, aunque la experiencia de muchas mujeres tenga bastante menos aspecto de línea recta y bastante más de camino con curvas ( que para eso somos mujeres).

La investigadora Rosemary Basson propuso hace ya años un modelo de respuesta sexual femenina que daba importancia a algo que muchas mujeres reconocen enseguida cuando se les explica. Probablemente tú también te identifiques. El deseo puede ser espontáneo, claro que sí, pero también puede aparecer como respuesta a la cercanía, a un estímulo agradable, a la excitación, a la conexión emocional o a una situación que empieza a resultarnos erótica. La investigación posterior ha seguido estudiando esta idea y confirma que la experiencia sexual femenina es bastante más diversa que aquel viejo esquema lineal.
Dicho en lenguaje de amigas, puede ocurrir que al principio no te apetezca y, sin embargo, después sí. Aquí me permito hacer una distinción importante, porque tampoco quiero que ninguna mujer lea esto y piense que tiene que aceptar un encuentro sexual esperando que las ganas aparezcan por arte de magia.
La cuestión está en otra parte…una cosa es empezar sin un deseo intenso, pero con curiosidad, cariño, disponibilidad y ganas de descubrir qué sucede y otra muy diferente es sentir rechazo, cansancio profundo, miedo, obligación o un «por favor, que esto termine pronto» ( y aquí creo que, desafortunadamente, muchas nos veremos reflejadas).
Nuestro cuerpo sabe distinguir esas cosas, aunque a veces nosotras tardemos bastante más en escucharlo. Te lo aclaro con algo tan sencillo como el hambre: hay mañanas en las que te levantas con unas ganas tremendas de desayunar y otras en las que puedes pasar horas sin acordarte de la comida. También puede suceder que estés preparando algo que te encanta, empieces a olerlo y, de repente, aparezca el apetito que diez minutos antes no estaba.
Con el deseo sexual puede ocurrir algo parecido, aunque evidentemente intervienen muchos más factores. Por eso me parece tan importante esa palabra, “responsivo”, porque describe una posibilidad que muchas mujeres desconocen. El deseo puede aparecer después de que haya comenzado una experiencia agradable, en lugar de ser siempre el encargado de dar la señal de salida.
Una investigación realizada con más de 3.600 mujeres encontró precisamente que una proporción importante de las participantes decía acceder habitualmente al deseo una vez iniciada la excitación y esta experiencia era especialmente frecuente entre mujeres que llevaban más tiempo en pareja.
¿Te imaginas lo que puede sentir una mujer que lleva años pensando que tiene un problema porque rara vez se despierta por la noche con una necesidad urgente de sexo?

Quizá sencillamente estaba esperando que su deseo funcionara como le habían contado…y aquí aparece una de las grandes trampas, porque cuando hablamos de deseo femenino solemos hablar muchísimo de cuánto tenemos, cuánto ha disminuido, cómo recuperarlo, qué hacer para aumentarlo y qué productos, ejercicios o técnicas pueden ayudarnos. Sin embargo, hablamos bastante menos de cómo reconocemos el deseo cuando aparece de una manera distinta a la que esperábamos.
Hay mujeres que necesitamos sentirnos cerca de la pareja antes de que aparezca la parte erótica; otras necesitamos una conversación que nos despierte la cabeza, una mirada determinada, sentirnos deseadas, tener tiempo, estar descansadas, salir de la rutina o simplemente dejar de pensar durante un rato en todas las cosas pendientes. En algunas mujeres el contacto físico nos despierta rápidamente la excitación; en otras, determinadas caricias demasiado pronto pueden producirnos justo el efecto contrario.
Esto último también está respaldado por la investigación sobre respuesta sexual femenina. La excitación genital y la experiencia subjetiva de excitación no siempre coinciden perfectamente y una respuesta física del cuerpo tampoco significa automáticamente que una mujer esté sintiendo deseo o disfrute. Esto me parece especialmente importante porque todavía existe una enorme confusión alrededor de lo que significa que «el cuerpo responda».
Por favor, pon atención. Las mujeres podemos notar lubricación y no tener ganas de continuar. Podemos sentir excitación y necesitar parar. Podemos tardar bastante en excitarnos y terminar disfrutando muchísimo. Podemos tener deseo hacia nuestra pareja y, ese día concreto, necesitar que el encuentro vaya por otro camino.
Sin duda, el cuerpo femenino tiene una capacidad extraordinaria para responder a los estímulos; pero nuestra experiencia sexual incluye también lo que pensamos, lo que sentimos, el contexto, la relación con la otra persona y la interpretación que hacemos de lo que está ocurriendo. Y no, no, no… ¡ la respuesta sexual no vive únicamente entre las piernas!.
Me gustaría en este momento hablar también de los hombres, porque quizá ellos tampoco han recibido una información demasiado completa.
Si una mujer dice «ahora mismo no tengo ganas», eso puede significar muchas cosas. Puede querer decir que necesita tiempo para entrar en el encuentro, puede estar cansada, puede necesitar otro tipo de acercamiento. Es probable que pueda tener deseo, pero no para el tipo de sexo que se está proponiendo. Puede querer simplemente dormir abrazada, puede tener ganas de tocar y ser tocada sin llegar a una relación sexual. También puede ocurrir que, efectivamente, ese día no quiera sexo.

Aprender a distinguir esas posibilidades requiere conversación y mucha atención hacia la otra persona. Un hombre que conoce esto deja de vivir el deseo de su pareja como un examen permanente sobre su atractivo. Deja de pensar que tiene que conseguir que ella tenga ganas inmediatamente y empieza a interesarse por qué condiciones favorecen su deseo.
La pregunta deja de ser «¿por qué nunca te apetece?» y puede convertirse en algo bastante más interesante: «¿qué te ayuda a entrar en ganas?».
Ya sé que parece una diferencia pequeña; pero no lo es.
También nosotras tenemos trabajo aquí, aunque quizá resulte menos cómodo reconocerlo. Hemos aprendido a pensar que nuestro deseo debería funcionar de una determinada manera y, cuando no lo hace, muchas veces nos apresuramos a diagnosticarlo: «Tengo poco deseo», «Soy fría», «Ya no soy como antes», «Será la edad», «Será la menopausia», «Será que llevo demasiados años con la misma persona».
Quizá algunas veces haya una dificultad sexual que necesite atención médica o terapéutica, por supuesto. El dolor, determinados cambios hormonales, algunos medicamentos, la depresión, la ansiedad, los problemas de sueño y otras circunstancias pueden afectar al deseo y a la respuesta sexual. Por eso , es recomendable no convertir todo en una cuestión de actitud. Sin embargo, también conviene revisar la idea de que tener deseo espontáneo es la única manera válida de tener deseo.
Quizá llevas años esperando una señal que en tu cuerpo aparece de otra forma, quizá no necesitas que el deseo llegue primero o quizá necesitas descubrir qué sucede después de que una parte de ti se abre a la posibilidad de sentir…y aquí aparece una cuestión que me parece preciosa y que tiene muchísimo que ver con las relaciones largas
¿ Imaginas a qué me refiero?… a la curiosidad.

Esther Perel ha explicado en numerosas ocasiones que el deseo necesita cierto espacio, esa sensación tan curiosa de seguir descubriendo a la persona que tenemos al lado, aunque llevemos muchos años con ella y creamos que ya conocemos hasta su manera de respirar. Me parece una idea muy poderosa porque solemos hacer justo lo contrario…con los años creemos que ya conocemos perfectamente a nuestra pareja, conocemos sus gustos, sus horarios, sus manías, sus gestos y hasta la cara que pone cuando sabe que tiene razón. Incluso sabemos cómo va a terminar una discusión antes de empezarla. Eso puede resultar comodísimo para organizar una casa; pero para el deseo, quizá no tanto.
El erotismo tiene algo de curiosidad, de descubrimiento, de sorpresa, de preguntarse qué le gusta hoy a la persona que tengo delante, qué me gusta a mí ahora, qué ha cambiado, qué me despierta y qué ha dejado de hacerlo….porque lo que está claro, es que también nosotras cambiamos.
La mujer que eras a los treinta puede haber disfrutado muchísimo de determinadas prácticas y ahora preferir otras. Puede haber descubierto nuevas partes de su cuerpo, haber perdido algunas inhibiciones, haber ganado otras, tener más claro qué quiere y muchísimo menos interés en hacer cosas simplemente porque «tocan». Eso también forma parte de una vida sexual. No tenemos que conservar eternamente el mismo menú para demostrar que seguimos teniendo apetito.
Te propongo este mes de septiembre hacerte una pregunta bastante sencilla y ,al mismo tiempo, capaz de abrir una conversación enorme: ¿Cómo aparece el deseo en mí actualmente? …No cómo aparecía hace diez años ni como aparece en las películas, ni siquiera cómo te gustaría que apareciera . Simplemente, cómo aparece » ahora».
Tal vez llegue antes de cualquier contacto, tal vez aparezca durante un beso, quizá necesite una conversación, una mirada, una tarde sin obligaciones, una ducha tranquila, una noche de hotel, una risa compartida o sentir que durante un rato nadie necesita nada de ti.
Quizá también descubras que determinadas cosas que antes te encendían ahora te dejan completamente indiferente, mientras otras que jamás habías considerado importantes empiezan a tener un peso enorme. Puede que estés en una parte preciosa de hacerte mayor. Conocerte lo suficientemente bien como para dejar de medir tu deseo con la regla de otra mujer.
Anaïs Nin escribió una frase que me gusta especialmente para hablar de todo esto: «Y llegó el día en que el riesgo de permanecer encerrada en un capullo era más doloroso que el riesgo de florecer».
Yo añadiría que a veces basta con dejar de decir «a mí nunca me pasa» y empezar a preguntarte con cierta picardía qué tendría que ocurrir para que pudiera pasar, porque ahí empieza una conversación mucho más interesante con tu propio deseo y quizá también con la persona que duerme a tu lado.
Cuídate mucho, quiérete y, sobre todo, no le pongas a tu deseo un examen que nunca te pidió.
Abhaya Fdez. de Castro
@laviadeltantra.abhaya