La Femme Plus Riche Du Monde (La mujer más rica del mundo)
Thierry Klifa
Por que yo lo valgo…
Lleva una semana en salas de cine de España, tras ser un éxito en Francia, ser presentada en Cannes fuera de competición y nominada a 6 Cæsar incluyendo mejor actriz para Isabelle Huppert y Lafitte ganó en la categoría de mejor actor. “Inspirada” en la biografia de Lilianne Béthencourt la que fue la mujer más rica del mundo como heredera de L’Oreal y protagonista de uno de los escándalos más nombrados de Francia.
Entre el escándalo y la fábula moral: el caso Bettencourt
La película de Thierry Klifa toma como materia prima uno de los affaires más sonoros de la Francia contemporánea: el caso Bettencourt, heredera del imperio L’Oréal y durante décadas la mujer más rica del mundo. Klifa no pretende hacer cine documental ni tampoco una simple dramatización de los hechos probados: su operación es más sutil y más arriesgada. Bajo los nombres ficticios . Mariane Farrère por Liliane Bettencourt, Pierre Alain-Fantin por François-Marie Banier. Construye un relato que oscila entre la crónica escandalosa, la comedia de costumbres y la parábola sobre el dinero, el poder y la vejez.
El escándalo Bettencourt fue, en su momento, una caja de Pandora con múltiples capas. La primera y más visible: la presunta captación de una anciana multimillonaria por parte de un fotógrafo y escritor treinta años menor. La familia (encabezada por la hija Françoise Meyers) denunció un estado de vulnerabilidad psíquica de la madre y una apropiación patrimonial masiva. Millones en regalos, seguros de vida, obras de arte. Pero el caso pronto reveló estrato tras estrato: financiación ilegal de partidos políticos (incluidas donaciones que salpicaron al entonces presidente Sarkozy), evasión fiscal en Suiza, y, en el fondo más oscuro de todo, las sombras del pasado colaboracionista de André Bettencourt, marido fallecido de Liliane, quien en su juventud había publicado artículos de corte antisemita en la prensa de ocupación.
Klifa no elude ninguno de estos registros, pero los dosifica y los transforma. El nazismo latente del marido aparece como un recuerdo vergonzoso que Mariane lleva consigo con una mezcla de negación y culpa; la corrupción política se evoca en conversaciones elípticas, nunca en primer plano. Lo que el director prioriza es la dimensión moral y psicológica: el dinero como sustituto del afecto, el poder como escudo frente al vacío, el escándalo como espectáculo que la propia protagonista contempla desde una distancia que oscila entre la demencia senil y la lucidez más perturbadora.

Aquí es donde el film adquiere su mayor ambigüedad y su mayor riqueza: nunca sabemos con certeza cuánto entiende Mariane de lo que ocurre a su alrededor. Esa indecidibilidad entre la víctima y la cómplice, entre la anciana frágil y la gran manipuladora, es el corazón dramático de la película. Isabelle Huppert la habita con una precisión clínica que no concede al espectador ningún consuelo sentimental fácil.
El vínculo intrafamiliar: la hija como antagonista y espejo
La relación entre Mariane y su hija es, junto a la amistad con Pierre Alain-Fantin, el eje vertebral del relato. Klifa la construye como un combate sin cuartel en el que ninguna de las dos partes resulta del todo simpática. La hija (interpretada con crispación calculada) encarna el escándalo familiar clásico: la heredera que ve cómo el patrimonio que considera suyo por derecho de sangre se dilapida en manos de un advenedizo. Pero su celo protector resulta difícilmente distinguible de la codicia.

Lo que el film plantea, con cierta crueldad lúcida, es que el amor filial y el interés material pueden ser prácticamente indiscernibles cuando hay miles de millones en juego. La hija quiere proteger a su madre, sí. Pero también quiere proteger la herencia. Y cuando ambos objetivos colisionan ,cuando proteger a la madre significaría respetar sus deseos, incluido su afecto por Pierre, el film deja ver que el segundo motivo no es en absoluto secundario.
Mariane, por su parte, ejerce sobre su hija una tiranía de la fragilidad. Su aparente demencia senil funciona como armadura: nadie puede atacar a una anciana desorientada, nadie puede resistir a una madre que llora o que no reconoce los rostros. El dinero le confiere además una impunidad estructural que la narración no romantiza. Klifa filma la disfunción familiar con la mirada de quien observa un experimento de laboratorio: los mecanismos de dominación, resentimiento y necesidad recíproca están expuestos con una frialdad que se acerca más al ensayo que al melodrama.
Pierre Alain-Fantin: entre la manipulación y la soledad, el bufón y el villano.
Laurent Lafitte construye uno de los personajes más complejos y más incómodos del cine francés reciente. Pierre Alain-Fantin no es ni víctima inocente ni depredador calculador: es, simultáneamente, las dos cosas. Su relación con Mariane tiene la estructura de un vínculo genuinamente afectivo que sin embargo no excluye la apropiación material y la asimetría de poder. Klifa no resuelve la contradicción porque la contradicción es el personaje.
Como bufón, Pierre hace reír a Mariane cuando nadie más puede hacerlo. La entretiene, la anima, la trata como a una persona plena en un entorno que la infantiliza o la instrumentaliza. Hay en esas escenas una ternura real que el film no desacredita. Pero como villano o al menos como figura moralmente comprometida, acepta regalos de una magnitud obscena, alimenta una dependencia emocional que le conviene económicamente y se mueve con una fluidez inquietante entre el arte y la frivolidad, entre la genialidad y la impostura.

Lo que el film sugiere, con elegante perversidad, es que la soledad de ambos, la de la anciana multimillonaria que nadie visita sin un interés ulterior, y la del artista que nunca termina de pertenecer a ningún mundo. Crea entre ellos un pacto que es a la vez explotación mutua y consuelo mutuo. Esa ambivalencia es la que hace del film algo más que un simple relato de corrupción: es un análisis de cómo la soledad convierte a las personas en cómplices de su propio daño.
La amistad entre ambos también tiene una dimensión de derroche y morbo que Klifa filma con una distancia irónica constante. Las joyas, los viajes, las transferencias millonarias: todo circula en un universo tan desconectado de cualquier realidad cotidiana que el espectador oscila entre la fascinación y la repulsión. El film comprende que esa fascinación es parte del problema, y que el escándalo Bettencourt nos dice tanto sobre el voyeurismo colectivo como sobre los protagonistas.
Entre la comedia negra y el drama crítico: una cuestión de tono.
El mayor logro formal de Klifa (y también su mayor riesgo) es el tono. “La femme la plus riche du monde” no se deja reducir a ningún género con comodidad. Hay escenas de una comicidad afilada, casi de vodevil de alta burguesía, en las que los personajes secundarios (abogados, asesores, periodistas, políticos al margen) funcionan como coro grotesco de la farsa del poder. Y hay momentos de una dureza que se acerca al drama de denuncia, especialmente cuando la enfermedad de Mariane avanza y la desprotección real de la anciana se vuelve visible detrás del maquillaje y las perlas.
Esa oscilación entre la comedia negra y el drama crítico no es gratuita: es el equivalente tonal de la propia ambigüedad moral del caso. Un escándalo que fue simultáneamente trágico (Una mujer anciana presuntamente explotada y grotesco, el espectáculo de los ricos peleándose por más riqueza). No puede filmarse con un solo registro sin falsificar su naturaleza. Klifa opta por la incomodidad productiva: el espectador nunca sabe exactamente si debe reír o indignarse, y esa inestabilidad es la honestidad del film frente a su material.

Las actuaciones son el sustento de todo esto. Isabelle Huppert hace lo que mejor sabe hacer: habitar la ambigüedad sin resolverla, ofrecer superficies que reflejan al espectador en lugar de transparencias que lo confortan. Su Mariane es a la vez víctima y tirana, lúcida y extraviada, simpática e insoportable. Es una actuación que no pide comprensión sino inteligencia. Lafitte, por su parte, aligera la sombra del personaje con una gracia que hace aún más perturbadora su dimensión oscura: precisamente porque Pierre resulta encantador, resulta también más inquietante.
En conjunto, La femme la plus riche du monde es un film que no juzga a sus personajes porque comprende que el juicio fácil es la primera forma de no entender nada. Prefiere la complejidad incómoda a la condena reconfortante. En un paisaje cinematográfico que con frecuencia confunde la denuncia con el panfleto, esa elección es, en sí misma, una toma de posición.
Miquel Claudì-Lopez
Comunicador Audiovisual
Periodista
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