Mi madre nos dejó demasiado pronto. Recuerdo su pelo rubio, sus ojos verdes, su piel suave, blanca como el nácar. La mujer de sonrisa constante, el centro de todo. Siempre ella, como un mar abierto inundado de agua fresca.

Photo by Alex Pasarelu on Unsplash

Después de su partida mi camino fue recto, podría haber cogido el tren hacia el abismo, o caminar en círculos a ninguna parte, pero ¿Qué hubiese sido de mi casa, de mi cordura, de mí como persona?

Mi madre era el lugar donde inventaron los sueños, a pesar de no haber podido compartir ninguno con ella, pero al llegar cada primavera, siento la fuerza del que un día me regaló.

A veces, al pasar página el episodio que te espera no es tan bonito como uno imagina.

Mi vida ha traído episodios de dolor, pero tengo entereza y fuerza, herencia de una gran madre, para no morir en el intento de la superación.

Con los días aprendo que no existe capacidad humana que pueda dañarme, y eso no me asombra. Las cosas que tienen solución no duelen, se resuelven porque en eso consiste este juego del vivir.

Yo no recuerdo la voz de mi madre.

Y eso, eso… eso sí me duele.

Loca, enamorada de la vida y de su tierra murciana. Sus trabajos son como ella, en continuo aprendizaje y movimiento. Como un puzle compuesto de diversas piezas, en las que nunca falta la pasión, la energía, la inquietud, la creatividad y por supuesto la alegría.

Nos pondrá al día con sus “Reflexiones de Andar por Casa” libres y sin filtros. Como los niños mismamente.

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