El Momento de Volver a Nosotras
Hay algo especial en otoño. Después de la luz intensa del verano, de los días largos, las vacaciones, los viajes y esos momentos en los que parece que el tiempo se detiene, llega el otoño para invitarnos, casi sin hacer ruido, a regresar.
Regresamos a los horarios, al trabajo, a los colegios, a las responsabilidades y a la rutina. Las mochilas vuelven a ocupar su lugar, las agendas se llenan y las mañanas recuperan su ritmo. Para muchas mujeres, especialmente para aquellas que han pasado el verano cuidando de hijos, pareja, familia y trabajo, octubre puede convertirse en una auténtica carrera para volver a poner todo en orden.
Pero mientras organizamos la vida de los demás, existe una pregunta que muchas veces olvidamos hacernos: ¿cómo estoy yo?
El final del verano puede despertar emociones contradictorias. Podemos sentir alegría por recuperar nuestras rutinas y, al mismo tiempo, cierta tristeza por despedirnos de una etapa más relajada. Puede aparecer cansancio, nostalgia, ilusión e incluso una sensación difícil de explicar: la necesidad de volver a encontrarnos con nosotras mismas.
Desde la experiencia sabemos que los cambios de etapa pueden generar un pequeño proceso de adaptación emocional. Nuestro cerebro necesita tiempo para acostumbrarse a nuevas rutinas y expectativas. Por eso no siempre tenemos que exigirnos comenzar septiembre con energía, entusiasmo y una agenda perfectamente organizada.
También está bien parar.
También está bien sentir.
Y también está bien reconocer que necesitamos cuidarnos.
El otoño nos ofrece, además, una hermosa metáfora de la vida. Los árboles comienzan a desprenderse de sus hojas cuando llega el momento. No luchan contra el cambio. No intentan conservar aquello que ya ha cumplido su ciclo. Simplemente sueltan.
Quizá nosotras también podamos aprender a hacerlo.
Soltar la culpa por no llegar a todo.
Soltar la necesidad de agradar constantemente.
Soltar viejas exigencias.
Soltar aquello que nos resta paz.
No todo lo que dejamos atrás es una pérdida. A veces es espacio para algo nuevo.
Cada cambio de estación puede convertirse en una oportunidad para hacer una pausa y observar nuestro propio camino. El otoño nos habla de transformación, de recogimiento y de renovación interior. Nos recuerda que la vida está formada por ciclos y que no podemos estar siempre floreciendo.
Hay momentos para crecer hacia fuera y momentos para crecer hacia dentro.
Quizá octubre sea precisamente eso: una invitación a volver a nuestro centro.
A recuperar hábitos que nos hacen bien.
A mover nuestro cuerpo.
A cuidar nuestra alimentación.
A descansar.
A reencontrarnos con amigas.
A reservar un espacio para aquello que nos apasiona.
A mirarnos al espejo no solamente para comprobar cómo nos vemos, sino para preguntarnos cómo nos sentimos.
Porque cuidarnos no es un acto de egoísmo. Es una forma de reconocer nuestro propio valor.
Y mientras nuestros hijos comienzan un nuevo curso, nosotros también podemos comenzar el nuestro.
Un curso diferente. Más consciente. Más nuestro.
Podemos elegir qué queremos aprender, qué personas queremos tener cerca, qué sueños queremos recuperar y qué versión de nosotras mismas queremos alimentar.
Tal vez el verdadero significado del otoño no sea volver a la rutina, sino volver a nosotras.
El verano nos dejó recuerdos. El otoño nos ofrece silencio.
Y en ese silencio quizá encontremos algo que durante los meses de prisas, obligaciones y responsabilidades habíamos olvidado:
que nuestra propia vida también merece un lugar en nuestra agenda.
Que cada estación tiene su propósito.
Que cada cambio trae una enseñanza.
Y que, a veces, para volver a florecer, primero necesitamos aprender a soltar.