“VERITY” de Michael Showalter
Puede creerlo porque es cierto o porque le conviene.
Lowen Ashleigh es contratada por Jeremy Crawford para escribir como ghostwriter las novelas de su esposa Verity, autora de éxito que no puede terminarlas tras un accidente. En la casa de los Crawford, Lowen encuentra un manuscrito autobiográfico que pone en duda lo que ocurre allí. Showalter, que viene de La idea de ti y The Eyes of Tammy Faye, convierte el material en un thriller psicosexual con aire de cuento gótico.
La verdad según quién la cuenta
El eje de la película es una pregunta de autoría: ¿quién tiene derecho a decir lo que pasó? Verity es la voz más importante del relato y, sin embargo, está casi ausente: no es el personaje de punto de vista y pasa buena parte de la película muda. Su verdad llega solo a través de un texto, y un texto no se interroga: se lee, se interpreta y se puede falsificar.

En tiempos de IA…
Eso crea tres capas de testimonio:
- Jeremy ofrece la versión del marido cuidador: dolido, razonable y con el control de la casa, de los papeles y de la narrativa oficial.
- Lowen es la lectora-testigo. Su mirada es parcial porque desea algo (dinero, un lugar como escritora, a Jeremy), y por eso su juicio nunca es neutral.
- El manuscrito de Verity funciona como confesión, pero una confesión escrita por una novelista profesional tiene siempre algo de pose. La narración de Hathaway rellena la historia previa entre Verity y Jeremy con una voz seductora que se sabe leída.
La película dramatiza que la verdad depende de quién controla el relato y de quién lo recibe. Cuanto más cree Lowen en el texto, más lo necesita como verdadero, y ahí aparece la ambigüedad moral: puede creerlo porque es cierto o porque le conviene.
Giros constantes: la novela descrita y la novela por escribir
La estructura juega con dos libros. Uno es la serie de Verity, que Lowen debe terminar. El otro es el relato autobiográfico, que desmiente la imagen pública de la autora. Entre ambos se abre la tensión: Lowen escribe el final de una ficción mientras lee el principio, o quizá el final, de una verdad. Esto genera giros de tres tipos:
- De información: cada fragmento del manuscrito reordena lo que creíamos saber de la pareja.
- De posición: Lowen pasa de empleada a lectora, a cómplice, a posible víctima.
- De género: la película oscila entre melodrama romántico, terror doméstico y sátira, y esa inestabilidad forma parte del juego.

Los giros funcionan como en la novela: están diseñados para que el espectador cuestione la fiabilidad de lo que ve. El riesgo es que tanto cambio acabe pareciendo caprichoso o en cambio, que el thriller juega con la percepción del espectador y plantea qué pasa cuando ya no sabes en quién confiar.
También hay un juego metaficcional: una película sobre una escritora que escribe sobre una escritora. Lowen, al “completar” a Verity, se vuelve su continuación literal, y la identificación entre ambas es una de las ideas más ricas, aunque no siempre bien explotada.
Tensión sexual, poder adquisitivo y estatus social
Aquí la película es más directa. La relación entre los personajes se organiza por desigualdad económica:
- Lowen llega sin dinero, y la oferta es una salida a la precariedad: es una escritora al borde de la ruina financiera.
- Jeremy representa el confort: es rico, atractivo y habita una mansión aislada.
- Verity tiene el estatus simbólico: es la autora consagrada, aquella cuya firma vende. Que esté inmóvil no le quita poder; se lo concentra en el texto.
El deseo queda atravesado por esa jerarquía. Lowen desea a Jeremy, pero también desea lo que él posee (casa, seguridad, la posición de Verity), y la película insinúa que ambas cosas son difíciles de separar. La atracción es a la vez una forma de ascenso social.
Johnson recupera su registro de despertar sexual al estilo Cincuenta sombras y es la “desnuda” de la película, mientras Hathaway funciona como mascota camp. Es decir, la sexualidad recae sobre la empleada joven y el estatus sobre la autora.
Naturaleza de thriller sensacionalista

La película asume sin complejos su naturaleza de producto popular. Reúne los ingredientes clásicos: casa aislada, nieve, secreto familiar, manuscrito prohibido, deseo culpable y una figura inmóvil que parece vigilar. El sensacionalismo es el motor, no un defecto accidental.
Lo interesante es cómo se gestiona el tono. Showalter, procedente de la comedia (Wet Hot American Summer), sabe que este material roza lo ridículo, y la crítica lo ha notado: Time Out cree que él y su reparto se divirtieron claramente haciéndola, y que el espectador también lo hará. Esa lectura la entiende como thriller con conciencia de su exceso, más cercano al culebrón elegante.
Otras voces son duras: hay reseñas que la califican de drama psicosexual insulso, con ritmo irregular, trama ridícula y personajes planos. Y una reseña más favorable reconoce que haber abrazado un tono telenovelesco pudo haberle ayudado.
Mi lectura: la película se mueve entre esas dos tentaciones, tomarse en serio lo absurdo o reírse de ello, y gran parte del juicio final depende de cuánto estés dispuesto a aceptar el pacto.
Hathaway, otra vez en pantalla en 2026
Este es su año de presencia fuerte, y “Verity” le ofrece un papel distinto a los que la han hecho popular: un personaje casi sin cuerpo activo que debe imponerse por la mirada, por la voz en off y por la idea de lo que podría ser. Es un trabajo de economía actoral.
La recepción coincide mucho en este punto: la crítica destaca su interpretación como el gran sostén de la película, y otra reseña la considera lo que sostiene un thriller elegante y oscuro. Además, es productora, así que el papel no es casual: Hathaway elige un personaje que, a pesar de su silencio, domina el relato. Es también su segunda colaboración con Showalter, tras “La idea de ti”.
Una observación de fondo: que la figura más poderosa de la película sea la que menos se mueve encaja con la idea central del filme, que el poder reside en quién controla la historia.
A modo de cierre
Verity es más interesante por su estructura que por su ejecución. Su mejor idea es convertir el acto de leer en una forma de peligro, y su mejor activo es Hathaway. Sus límites son un ritmo desigual y un tono que no siempre decide si quiere ser serio o camp. Como thriller de consumo, ofrece lo prometido; como reflexión sobre quién cuenta la verdad, deja la pregunta abierta, que quizá es lo más honesto que podía hacer.
“Porque el mejor cine, siempre es una conversación tras los créditos, una copa de vino o un café…o quizás en esta ocasión un momento de reflexión.
¿Con qué pecado sigues el diálogo?”
Miquel Claudì-Lopez
Comunicador Audiovisual
Periodista
@miquelclaudilopez
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@queerascinema