¿Cuánto amor cabe en una contraseña?
A ver si te suena esta escena que es bastante corriente en muchas parejas: una persona deja el móvil sobre la mesa y se va a la ducha. La otra lo mira. Quizá conoce la contraseña, quizá no. Puede que solo quiera comprobar una conversación que ha visto aparecer en la pantalla, puede que busque una explicación para algo que le ha inquietado durante el día. En unos segundos, una pequeña sospecha puede convertirse en una investigación completa: quién ha escrito, a qué hora, qué significa ese corazón, por qué aparece ese nombre, cuánto tiempo estuvo conectada o conectado.
A partir de ahí, el móvil deja de ser simplemente un teléfono y se convierte en una especie de detective doméstico.
La tecnología ha cambiado muchas cosas dentro de las relaciones. Antes había que esperar a que alguien llegara a casa para preguntarle dónde había estado; ahora podemos saber dónde está, cuándo se conectó, quién le ha escrito, qué fotografías ha visto, a quién sigue y hasta cuánto tardó en contestar nuestro mensaje.
La pregunta interesante es qué hacemos con toda esa información, porque saber más no siempre consigue que nos sintamos más seguras. De hecho, algunas investigaciones sobre relaciones y redes sociales han encontrado una asociación entre la vigilancia digital de la pareja, los celos y una mayor insatisfacción en la relación. Cuanto más buscamos una respuesta a través de la pantalla, más posibilidades tenemos de encontrar un detalle que genere una nueva pregunta y esa pregunta puede llevarnos a seguir buscando.
Es una trampa bastante humana, porque se quiere comprobar algo para quedarse tranquila y se termina necesitando comprobarlo otra vez.
Lo cierto es que los celos forman parte de la experiencia emocional de muchas relaciones. Pueden aparecer cuando sentimos que una persona importante para nosotras puede acercarse demasiado a alguien, cuando interpretamos una situación como una amenaza o cuando tenemos miedo de perder un vínculo que valoramos.
Entonces son ¿Celos o necesidad de controlar?Sentir celos, por sí mismo, cuenta una historia emocional y controlar a la otra persona cuenta otra distinta.Existe una diferencia enorme entre decirle a nuestra pareja «me ha hecho sentir insegura verte tan cercano a esa mujer» y exigirle que deje de hablar con ella; entre preguntar “¿quién es?” y revisar sistemáticamente sus conversaciones; entre compartir voluntariamente una contraseña y sentir que tenemos que entregarla para demostrar nuestra inocencia.

La diferencia está también en la libertad que conserva cada miembro. Una pareja puede hablar de sus inseguridades, pedir explicaciones, acordar límites y construir confianza. Otra cosa muy distinta ocurre cuando uno de los dos necesita supervisar continuamente al otro para poder sentirse tranquilo.
A veces, podemos confundir, porque el control puede disfrazarse de preocupación, de amor, de transparencia o incluso de una frase que parece razonable: “Si no tienes nada que esconder, ¿qué problema tienes en enseñármelo?”. Pues quizá el problema sea precisamente ese. No tener secretos no significa no tener intimidad y tu pareja no tiene que ser tu detective.
Existe una idea bastante extendida según la cual una pareja que se quiere debería contárselo todo. ¡Todo!. Con quién ha hablado, qué ha pensado, qué ha sentido, qué ha hecho durante el día, quién le ha escrito, qué conversación ha tenido con una amiga, qué ha buscado en Internet, qué fotografías ha mirado. Sin embargo, una relación íntima necesita confianza y también necesita espacio personal.
Podemos amar profundamente a alguien y mantener conversaciones con nuestras amigas que pertenecen a nuestra intimidad. Podemos tener pensamientos que todavía estamos ordenando. Podemos disfrutar de una amistad que no compartimos con nuestra pareja. Podemos querer tener nuestro propio dinero, nuestro propio tiempo, nuestros propios intereses y nuestra propia autosatisfacción sexual a solas.
La intimidad compartida no exige que desaparezca la individualidad. Claro que una pareja puede decidir voluntariamente compartir contraseñas, ubicación o determinados aspectos de su vida digital. El problema aparece cuando ese acuerdo deja de ser libre y se convierte en una prueba permanente de fidelidad. “Demuéstrame que confías en mi enseñándome el móvil” tiene una contradicción escondida. La confianza que necesita ser comprobada constantemente empieza a parecerse bastante poco a la confianza.
Puede sonar extraño hablar de puertas cerradas dentro de una relación amorosa, pero la intimidad necesita cierto territorio propio. Yo creo que el amor también necesita una puerta que pueda cerrarse…Piensa en una casa. Podemos vivir juntos, compartir dormitorio, comidas, proyectos, vacaciones, preocupaciones y hasta el pijama o el cepillo , pero seguimos teniendo la posibilidad de cerrar una puerta para leer, llamar a una amiga o simplemente estar un rato a nuestro aire.
En una relación es algo parecido ya que la privacidad nos permite conservar una parcela personal. A ver, hablo de privacidad no de ocultar de manera premedita e intencional. De hecho, el secreto, puede implicar esconder deliberadamente algo que afecta a los acuerdos de la pareja. ¡No es lo mismo!.
Esta diferencia se vuelve especialmente importante en la sexualidad, porque una relación puede tener acuerdos de exclusividad muy distintos de otra. Para una pareja, escribir mensajes sexuales a otra persona puede constituir una infidelidad. Para otra, quizá exista un acuerdo explícito sobre determinadas prácticas o encuentros. Algunas parejas consideran que una conversación erótica por Internet traspasa sus límites; otras establecen acuerdos diferentes. La fidelidad no viene con un reglamento universal, necesita ser hablada.
De hecho, ¿Qué significa ser fiel? Esta es una conversación que muchas parejas evitan hasta que sucede algo que obliga a tenerla.
¿Qué consideramos una infidelidad? ¿Un beso? ¿Dormir con otra persona? ¿Enviar fotografías sexuales? ¿Tener una conversación erótica por WhatsApp? ¿Flirtear con alguien en Instagram? ¿Tener una relación emocional con una persona aunque nunca haya contacto físico?
Las formas de relacionarnos han cambiado tanto que algunas parejas siguen utilizando una definición de fidelidad que quizá nunca han hablado entre ellas. Las investigaciones recientes sobre infidelidad señalan precisamente que las fronteras entre lo físico, lo emocional y lo digital pueden ser diferentes para cada pareja y que los límites dependen en buena medida de los acuerdos que ambos hayan establecido.
Por eso una conversación clara puede resultar mucho más protectora que una vigilancia permanente. No será mejor ir directamente junto a tu pareja y preguntarle: “¿qué significa para ti ser fiel?”. De hecho, puede abrir una conversación extraordinariamente íntima. Preguntar “¿qué considerarías una traición?” puede revelar que dos personas que llevan diez años juntas y tienen ideas bastante diferentes sobre aquello que están prometiendo.
Siguiendo con los celos, también tienen una relación muy directa con la sexualidad cuandoempiezan a entrar en la cama. Una persona que se siente vigilada puede empezar a vivir el encuentro sexual con una mezcla de presión y obligación; mientras que otra puede utilizar el sexo para comprobar que todavía resulta deseada. También puede aparecer la necesidad de preguntar después de una relación sexual: “¿Te ha gustado?”, “¿Te ha gustado más que con ella?”, “¿Todavía te atraigo?”.

El sexo puede convertirse entonces en un examen. Una mirada, una erección que tarda, una falta de orgasmo, una fantasía, un nombre mencionado durante una conversación o incluso una fotografía antigua pueden interpretarse como pruebas de que algo está ocurriendo.
Si algo está claro es que el deseo difícilmente puede desarrollarse cuando cada gesto está siendo evaluado. El encuentro erótico necesita presencia, curiosidad y capacidad para expresar lo que sentimos con libertad. Cuando estamos pendientes de demostrar que seguimos siendo suficientemente atractivas, suficientemente deseables o suficientemente importantes para nuestra pareja, una parte de nuestra atención deja de estar disponible para el placer. Es decir, sí… el cuerpo está en la cama, pero la cabeza está haciendo cuentas: ¿Quién es ella? ¿Por qué le escribió? ¿Por qué tardó tanto en contestarme? ¿Por qué le ha puesto ese corazón? ¿Por qué conmigo ya no hace lo que hacía antes?…Así resulta difícil disfrutar.
Cuando aparecen celos, solemos mirar primero hacia fuera. Seguramente nos preguntamos: ¿Quién es esa persona? ¿Qué está haciendo mi pareja? ¿Qué habrá pasado?; pero quizá resulte más interesante mirar un momento hacia dentro y preguntarnos: ¿qué necesito para sentirme segura en esta relación?
La respuesta, evidentemente, puede ser muy diferente según cada caso. Tal vez necesitemos más afecto o hablar de sexualidad o tal vez echemos de menos tiempo compartido o exista una herida antigua que se activa ante determinadas situaciones. Tal vez nuestra pareja haya hecho algo concreto que ha roto un acuerdo y necesitemos abordarlo o tal vez estemos intentando controlar una relación que, en realidad, necesita una conversación mucho más profunda sobre los límites.
Así que sentir inseguridad no es algo negativo si puede ser una invitación a hablar; pero controlar a la pareja puede convertirse en una forma de evitar esa conversación. Por eso, yo creo que una contraseña no puede hacer el trabajo de la confianza. Quiero decir, que podemos conocer la contraseña de nuestra pareja y seguir sin confiar en ella; o, al contrario, podemos no conocerla y sentirnos profundamente seguras.
La contraseña, por tanto, no contiene la confianza. Como tampoco la contiene la ubicación compartida, el acceso al móvil o la obligación de contestar inmediatamente. La confianza se construye de otra manera: con coherencia entre lo que decimos y hacemos, con acuerdos claros, con capacidad para reparar cuando hemos causado daño, con respeto por los límites de nuestra pareja y con conversaciones que permitan saber dónde estamos realmente dentro de la relación.
Ahora bien, existe una diferencia importante cuando el control forma parte de un patrón más amplio, como puedes ser el impedir amistades, exigir saber continuamente dónde está la pareja, controlar su dinero, aislarla de su entorno o decidir por ella. Ese conjunto de comportamientos puede formar parte de una manipulación, un control coercitivo y tiene una dimensión mucho más seria que una discusión puntual por celos.
Hace años hablaba en una ponencia sobre el maltrato, el papel que juega el control en los primeros pasos y que generalmente no se le da la importancia que tiene. Por eso tampoco conviene romantizar el control llamándolo amor intenso. Quien ama puede sentir miedo, puede sentir celos, puede necesitar seguridad. El amor también puede aprender a respetar que la persona que está a nuestro lado sigue siendo una persona completa, con una vida propia que no necesita estar permanentemente bajo vigilancia.
Quizá una de las preguntas más íntimas que podemos hacernos dentro de una relación no sea ”¿me estará siendo fiel?”, sino “¿puedo ser yo misma dentro de este amor sin tener que demostrar constantemente que lo merezco?”. Esta conversación es mucho más profunda y te aseguro que ninguna contraseña la puede sustituir.
Con todo mi amor y respeto a tu proceso
Abhaya Fdez. de Castro
@laviadeltantra.abhaya