El Séptimo Pecado, «Leones de invierno»

“Leones de invierno” de Albert Pintó

“Blockbuster de autor”

“Leones en invierno” es un thriller de venganza de 116 minutos, presentado en el Festival de San Sebastián y estrenado en cines el 23 de octubre de 2026. Adapta la novela homónima de Carlos Augusto Casas sobre un guion de Juma Fodde. Luis Zahera interpreta a Hidalgo, antiguo líder de los Ultras Sur; Roberto Álamo y Luis Callejo, a sus antiguos compañeros; e Inma Cuesta, Irene Escolar, Jordi Mollà, José Manuel Poga, Ana Wagener y Antonio Durán «Morris» completan un reparto coral.

La trama arranca cuando una joven muere atropellada por un coche de lujo. El conductor, un policía infiltrado en una red de narcotráfico, huye porque el accidente podría descubrirlo; el padre de la víctima descubre que el fuego que creía enterrado, el de su pasado ultra, sigue vivo.

La película usa la estructura del cine de venganza para desmentir lo que el género suele celebrar. Pintó lo dice sin rodeos: quiere que se sea consciente de que la violencia solo trae violencia.

Pintó entre Tarantino y John Wick

La comparación es una lente crítica, y funciona mejor por lo que une que por lo que separa.

Lo que une: Con “John Wick”, el arranque: una pérdida personal que despierta a un hombre de un mundo violento que creía abandonado. Hidalgo intentaba mantener enterrado un fuego que la muerte de su hija reaviva, igual que Wick es un hombre con pasado oscuro al que la venganza arrastra de nuevo al submundo. Con “Tarantino”, el reparto coral de personajes moralmente turbios: la película se define como “de gente mala y de villanos” y teje subtramas enlazadas entre policías corruptos, mafiosos y yonquis.

Lo que separa: Tanto Tarantino como John Wick estilizan la violencia. De la saga de Reeves se ha dicho que su “gun-fu” es cinético y coreografiado, y que su universo criminal tiene una mitología propia. Pintó hace lo contrario: quería una violencia clara y explícita para que hiriera, para que se viera lo real que puede ser y para no engrandecerla. Toma la máquina narrativa del cine de venganza y le quita el placer. Además, ancla su mundo en un fenómeno social reconocible, el de los ultras con simbología neonazi, y no en una mitología inventada.

Esa posición intermedia encaja con la etiqueta con la que el propio director define su estilo, “blockbuster de autor”: cine de género con voluntad de mensaje. Su filmografía reciente (Malasaña 32, Nowhere, Tierra de nadie) muestra a un director cómodo entre el entretenimiento y la tesis. En “Leones en invierno”, según sus declaraciones, la tesis pesa más que el espectáculo.

La violencia solo atrae violencia

La tesis de la película está en boca de su director: en tiempos turbios, en los que hay quien dice que se vivía mejor en una dictadura, quería que fuéramos conscientes de que la violencia solo trae violencia. El productor la formula como una verdad incómoda: la violencia siempre encuentra una grieta por la que abrirse paso. La metáfora se construye con tres figuras que parecen distintas y comparten una misma lógica.El ultra que nunca se retiró: Hidalgo cree haber enterrado su pasado, pero la muerte de su hija demuestra que nunca se fue. La novela de Casas lo formula como una pregunta de identidad: quizá siempre han sido así, escondidos tras el disfraz que la sociedad les obliga a ponerse. El fenómeno es real. Ultras Sur frecuentó el Bernabéu hasta que el club los expulsó en 2013-2014, tras exhibir esvásticas en un partido. El Frente Atlético acumula dos asesinatos, el de Aitor Zabaleta en 1998 y el de Jimmy en 2014.

El narco: Para Pintó, los mafiosos son malvados de trazo grueso, crueles solo por codicia. El vínculo con los ultras tampoco es ficción: la Policía Nacional detuvo a un líder de Ultras Sur, neonazi, por formar parte de una red que introducía cocaína desde Sudamérica.

El policía corrupto: La cadena arranca con un agente infiltrado que atropella a una joven y huye para no perder su tapadera. Aquí el agente del Estado no frena la violencia: la provoca y la encubre. De esa ocultación nace la venganza, y de la venganza, más víctimas. Esa es la metáfora: cada acto de fuerza responde al anterior y produce el siguiente.

La película marca además una línea entre los ultras, retratados como seres heridos incapaces de despegarse del pasado, y los mafiosos. Ahí aparece su riesgo: un lector de la novela confiesa que sabe que son “los malos” pero quiere que les salga bien. Pintó responde que no blanquea nada, que sus personajes sufren pero no son héroes y que ninguno acaba bien. El director explica que enseña la violencia sin eufemismos para que genere rechazo y no sea diluida.

El dato social refuerza esa mirada. Los delitos de odio investigados en España fueron 1.955 en 2024, un 13,8 % menos que en 2023, y el 81,9 % de las personas detenidas o investigadas eran hombres (Ministerio del Interior, 2025). La película habla de “las descargas de violencia masculina” que acompañan a muchas formaciones ultraderechistas, y en ella las mujeres son siempre víctimas de la violencia que generan los hombres.

Un Batman sin gadgets ni abdominales

La película demuestra que no hace falta exhibir cuerpos atléticos para firmar cine de acción. La comparación con Batman ayuda a verlo. Bruce Wayne es un hombre sin superpoderes que convierte una pérdida en una cruzada, pero la hace con fortuna, tecnología y un cuerpo entrenado, y cuenta con aliados como Alfred o el comisario Gordon, un policía honrado. Hidalgo conserva el duelo y la rabia, y se queda sin todo lo demás.

Sin cuerpo escultural. El protagonista es un hombre corriente, con un empleo gris, que lleva años fuera del mundo de los ultras. Zahera nació en 1966 (Neo2, 2026) y, a propósito de “Tierra de nadie”, la anterior película de ambos, dijo que él y Karra Elejalde ya tienen una edad y que la acción empieza a costar. Es un cuerpo de sesenta años que sufre. Pintó quería que la violencia fuera explícita para que hiriera, y para no engrandecerla: el cuerpo no se exhibe como trofeo sino como superficie vulnerable. Frente al cine de acción “testosterónico de los 80 y 90” al que se asocia John Wick, el músculo aquí no es un atributo sino un coste.

Sin gadgets. Los aliados de Hidalgo no son un equipo de élite sino sus antiguos compañeros de ultras, hoy “un poli y un yonqui”. El policía honesto, el Gordon de la leyenda, aquí está contaminado: entre los personajes hay policías corruptos. No hay laboratorio ni cinturón: hay un grupo de hombres heridos que vuelve a los métodos que conocía.

Una contradicción productiva. La propia prensa habla de un “thriller testosterónico” con combates entre grupos, puñetazos, armas de fuego e incluso animales feroces. Pintó confiesa estar saturado de “machirulismo” tras dos películas seguidas así y quiere hacer una protagonizada solo por mujeres. Para contrarrestar tanta testosterona, Inma Cuesta e Irene Escolar aportan otra vía, más política, pacífica y legal, ante una situación dura. La película critica la masculinidad violenta desde dentro de un género masculino, y el resultado es un justiciero sin capa: acción sin carne, con más consecuencias que espectáculo.

¿Thriller, acción o comedia negra?

La Critica cinematográfica coinciden en una etiqueta: thriller.

Así lo llaman Público, el productor, The Film Catalogue y Diari de Tarragona, que añade «dramático». Zahera la describe como una película dura y visceral en la que “hay que entristecer a la gente” y Pintó llama a su cine “blockbuster de autor”.

Thriller: Es el eje del relato, un atropello encubierto, un policía infiltrado que debe frenar la investigación, un padre que no se fía de los avances, una periodista que quiere ayudar a la madre. Hay conspiración, ocultamiento y una amenaza que crece.

Acción: Las secuencias existen y son físicas: combates entre grupos, golpes, armas de fuego y animales feroces, con escenas de acción que, según el productor, empujaron al equipo al límite. Pero sirven al duelo, no lo sustituyen: la acción es la consecuencia visible del conflicto, no su objetivo.

Comedia negra: Exige distancia irónica frente a la muerte, y la película busca lo contrario: que la violencia hiera y genere rechazo. Una comedia negra invita a reírse de la violencia; la intención declarada de Pintó es incomodar. Los villanos de trazo grueso o los yonquis desesperados podrían contener ecos grotescos al estilo de Tarantino, pero eso solo puede confirmarlo el visionado, no las entrevistas.

La etiqueta más precisa es la de thriller dramático de género negro con secuencias de acción. El género aquí es una postura ética: la acción celebra, el thriller investiga y la comedia negra distancia. Pintó elige que el espectador sienta.

“Leones en invierno” toma prestada la máquina del cine de venganza, la de John Wick y la del cine de villanos tarantiniano, y le retira el placer. Su metáfora central, que la violencia solo trae violencia, se sostiene en tres figuras (el ultra que nunca se retiró, el narco y el policía corrupto) que encadenan sus actos hasta que nadie sale indemne. Su protagonista es un Batman sin gadgets ni abdominales: un hombre corriente cuyo cuerpo sufre y cuyos aliados están rotos. Y su género es un thriller dramático que usa la acción como consecuencia y no como espectáculo. La película acierta cuando incomoda; su riesgo, como en toda ficción de venganza, es que el espectador acabe deseando que los “malos” ganen. El director lo sabe, y por eso insiste en que ninguno acaba bien.

“Porque el mejor cine, siempre es una conversación tras los créditos, una copa de vino o un café…o quizás en esta ocasión un momento de reflexión.

¿Con qué pecado sigues el diálogo?”

Miquel Claudì-Lopez

Comunicador Audiovisual

Periodista

@miquelclaudilopez

@enlaaceradeenfrete

@queerascinema

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