En la Acera de en Frente, «LGTBIQA+ y de derechas:

cuando la orientación sexual no determina el voto, pero el voto puede poner en riesgo tus derechos”

“LGTBIQA+ y de derechas: cuando la orientación sexual no determina el voto, pero el voto puede poner en riesgo tus derechos”

¡Hola de nuevo a todas, todes y todos!

El fenómeno no es marginal ni nuevo, pero sí ha ganado visibilidad en los últimos años: personas abiertamente LGTBIQA+ que militan, votan o incluso lideran formaciones de derecha y ultraderecha, en países donde esas mismas formaciones impulsan políticas que recortan o directamente niegan derechos a su propio colectivo. Analizar este fenómeno exige moverse con cuidado entre dos tentaciones igual de simplistas: la de asumir que toda persona LGTBIQA+ conservadora es una víctima ingenua de manipulación, y la de asumir que su voto es siempre coherente y está libre de contradicción. Los cinco ejes siguientes intentan sostener esa complejidad sin renunciar a la crítica. Antes repasaremos las efemérides de Septiembre dentro del colectivo:

23 de septiembre:  Día Internacional de la Visibilidad Bisexual

Semana del 23 de septiembre:  Semana de Concienciación Bisexual / Bisexual+

«Dormir con el enemigo»: la instrumentalización del colectivo frente al migrante y el «otro» religioso.

Una de las estrategias más extendidas de la derecha y la ultraderecha europeas para captar votos LGTBIQA+ consiste en presentar al colectivo como una comunidad vulnerable amenazada, no por el propio marco legal o social que esas formaciones defienden, sino por la inmigración y por credos religiosos no cristianos, principalmente el islam. Es una estrategia con nombre en la literatura académica «homonacionalismo» y que se sostiene sobre una operación de sustitución: en lugar de señalar a las instituciones que históricamente han negado derechos al colectivo, se señala al extranjero, presentado como portador de una homofobia «importada» frente a la supuesta tolerancia ya conquistada de Occidente.

El problema de esa narrativa es que ignora, de forma selectiva y conveniente, quién ha sido y sigue siendo el principal oponente institucional de los derechos LGTBIQA+ en los propios países que la enarbolan. La declaración vaticana «Fiducia supplicans», aprobada en 2023 bajo el papa Francisco, autorizó por primera vez bendiciones espontáneas a parejas del mismo sexo, pero el propio documento precisa que esa bendición no puede confundirse con un rito matrimonial ni alterar «en modo alguno la enseñanza perenne de la Iglesia sobre el matrimonio», que sigue reservado exclusivamente a la unión entre un hombre y una mujer. El propio Francisco insistió después en que esas bendiciones «no se bendice la unión, sino simplemente las personas”, una distinción que deja intacta la doctrina de fondo. Es decir: incluso el gesto más aperturista de la Iglesia católica en décadas fue diseñado explícitamente para no comprometer ni un milímetro su rechazo doctrinal al matrimonio igualitario. Calificarlo de avance «pasajero» que no llegó a concretarse no es una exageración retórica, sino una lectura ajustada al propio texto del documento.

A eso se suma que buena parte de las confesiones cristianas no católicas que también forman parte del electorado conservador . Iglesias evangélicas, la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días (mormones), los Testigos de Jehová, etc.  mantienen posiciones doctrinales que van considerablemente más allá de la reserva católica: condenan directamente la homosexualidad como pecado y, en un número significativo de congregaciones, han respaldado o siguen respaldando prácticas de «terapia de conversión», patologizando la orientación sexual como si fuera un desvío corregible. Que una parte del colectivo LGTBIQA+ acepte alinearse políticamente con estructuras que, ya sea con matices (catolicismo) o sin ellos (evangelismo, mormonismo, testigos de Jehová), sostienen un marco doctrinal contrario a su propia existencia, mientras dirige su desconfianza hacia comunidades migrantes o musulmanas (Sin negar que en ellas también existan corrientes homófobas) es una paradoja que la propaganda de derechas explota con eficacia y que rara vez se examina desde dentro del propio colectivo que la reproduce.

«La izquierda históricamente no ha pedido perdón»: la deuda pendiente con las víctimas del comunismo real

Es cierto, y los datos lo respaldan con contundencia, que las fuerzas progresistas y de izquierda contemporáneas son hoy las principales impulsoras de derechos LGTBIQA+ en América Latina, Europa y los sectores más progresistas de Estados Unidos: matrimonio igualitario, leyes de identidad de género, políticas antidiscriminación llevan, en su inmensa mayoría, firma de izquierda. Pero esa realidad presente convive, sin que casi nunca se reconozca explícitamente, con un pasado incómodo: los regímenes comunistas totalitarios del siglo XX persiguieron sistemáticamente a las personas homosexuales, y esa persecución rara vez ha sido objeto de una autocrítica pública equivalente a la que la izquierda exige, con razón, a otras instituciones.

Los casos están extensamente documentados. Stalin añadió en 1933 el Artículo 121 al código penal soviético, que convirtió la homosexualidad masculina en un delito castigado con hasta cinco años de trabajos forzados, una ley que se mantuvo vigente hasta 1993. Historiadores calculan que entre 1934 y 1980 cerca de cincuenta mil hombres fueron condenados por este motivo a los campos del Gulag, y la persecución penal de la homosexualidad se extendió a prácticamente todo el bloque comunista: Alemania Oriental, Bulgaria, China, Cuba, Hungría, Polonia, Rumanía y Yugoslavia, entre otros. En el caso concreto de Yugoslavia que mencionas, hay constancia documentada de arrestos de homosexuales por parte del propio Partido Comunista, como el episodio de 1952 en Dubrovnik, donde varios hombres fueron humillados públicamente con bolsas en la cabeza con inscripciones peyorativas, además de al menos un caso de ejecución sumaria decidida por un mando partisano tras descubrirse la orientación sexual de un soldado. Ni siquiera el marxismo teórico estuvo libre de esa hostilidad: el propio Maxím Gorki, uno de los intelectuales soviéticos más influyentes, publicó en 1934 un artículo en el que llegó a escribir «destruyamos a los homosexuales y el fascismo desaparecerá», una frase que hoy resultaría inadmisible en cualquier discurso progresista y que, sin embargo, rara vez aparece en los relatos que la izquierda hace de su propia historia.

El punto no es equiparar moralmente a la izquierda actual con la ultraderecha actual, los datos de políticas concretas en el presente no lo permiten, sino señalar que la ausencia de un ejercicio explícito de memoria y disculpa por esa persecución histórica deja a la izquierda en una posición más frágil de la que le gustaría admitir cuando reclama para sí, en exclusiva, el relato moral de la liberación LGTBIQA+. Un movimiento que exige memoria histórica a sus adversarios políticos debería poder sostener la misma exigencia sobre su propio pasado.

Vender la identidad por un asiento en la mesa: el caso Weidel y las incoherencias del discurso ultra

Pocos ejemplos ilustran mejor la tensión que se describe en el  liderazgo de Alice Weidel al frente de Alternative für Deutschland (AfD). Weidel comparte su vida con Sarah Bossard, una cineasta suiza nacida en Sri Lanka, y juntas crían a dos hijos, mientras su partido aprobaba en conferencia formal una definición «tradicional» de familia compuesta por «un padre, una madre» como célula básica de la sociedad, en flagrante contradicción con su propia vida familiar. Weidel ha llegado a declarar públicamente que legalizar el matrimonio igualitario «no es importante», y en una entrevista se distanció explícitamente de la etiqueta identitaria con la frase «no soy queer, estoy casada con una mujer”, Hola, ¿que tal? ¿Todo bien allí arriba?; una forma de individualizar su propia relación para vaciarla de cualquier solidaridad política con el resto del colectivo.

El análisis crítico más extendido sobre su figura la describe, literalmente, como una «hoja de parra»: para sus adversarios políticos, Weidel sirve como fachada que permite al partido seguir arremetiendo contra solicitantes de asilo, el islam y el multiculturalismo, mientras sus bases reciben permiso implícito para continuar la retórica contra las identidades queer. Es exactamente el mecanismo que se describe: una persona del colectivo que adopta la imagen y el discurso heteropatriarcal “familia tradicional, fronteras cerradas, desconfianza hacia el otro” a cambio de un asiento real en la mesa del poder, sin que ese asiento revierta ni un ápice el programa homófobo de la organización que representa. La propia Weidel utiliza su condición sexual y su familia multirracial en los mítines para argumentar el peligro que la inmigración supuestamente representa «para personas como ella”, instrumentalizando su identidad precisamente en el sentido contrario al que cabría esperar de alguien que pertenece al colectivo que buena parte de su partido sigue estigmatizando. El asiento en esa mesa, como bien se intuye, no está garantizado a largo plazo: nada en el ideario de la «familia tradicional» que su propio partido reivindica contempla, a la larga, un lugar estable para su propia familia.

En lenguaje mas coloquial: WTF? Una incoherencia que da una dicotomía que al parecer sus seguidores no ven ni asumen.

El clasismo disfrazado de opción política: el gay o la lesbiana como objeto de consumo sofisticado

Existe una lectura de clase que rara vez se cruza con la lectura identitaria, y que sin embargo la explica en buena medida: dentro del capitalismo tardío, una parte del colectivo LGTBIQA+. Generalmente blanca, urbana, con estudios superiores y poder adquisitivo medio “alto” ha sido absorbida como nicho de consumo sofisticado, lo que en la literatura crítica se conoce como «capitalismo rosa» o pinkwashing corporativo: marcas que despliegan banderas arcoíris en junio y financian, el resto del año, a candidatos o partidos que erosionan derechos del propio colectivo al que cortejan comercialmente. Ese proceso de integración mercantil ha producido una fracción del colectivo que experimenta su identidad sexual fundamentalmente como estilo de vida y capacidad de consumo, no como posición política compartida con el resto de la comunidad.

Esa fracción tiende a votar, con relativa naturalidad, a opciones económicamente conservadoras, porque su prioridad material: bajar impuestos, proteger patrimonio, mantener el statu quo económico, etc.  Pesa más en su decisión electoral que la defensa colectiva de derechos que, en su caso concreto, ya dan por descontados: viven en entornos urbanos tolerantes, tienen recursos para blindarse de la discriminación cotidiana, y rara vez dependen de las políticas públicas (sanidad, vivienda, protección legal frente a la discriminación laboral) que sí resultan vitales para las personas del colectivo con menos recursos. El resultado es una forma de clasismo que se disfraza de opción política neutral: «voto por mis intereses económicos, no por mi identidad», una frase que suena a libertad individual pero que en la práctica niega (o al menos ignora deliberadamente) a las disidencias del propio colectivo que no gozan de ese colchón económico: personas trans racializadas, migrantes, con discapacidad, en situación de precariedad, para quienes el retroceso de derechos no es una discusión abstracta sino una amenaza material directa. El colectivo, visto así, deja de ser un sujeto político colectivo y pasa a fragmentarse según la misma lógica de clase que atraviesa cualquier otro grupo social.

La memoria histórica corta y el disfraz del «no soy parte del colectivo»

Este último eje conecta con los cuatro anteriores y quizás sea el más incómodo de asumir desde dentro: existe un sector del colectivo, generalmente el más joven y el más asentado en entornos ya liberalizados, que disfruta sin fricción aparente de derechos (matrimonio igualitario, adopción, protección antidiscriminación, visibilidad en medios y redes) sin sentirse parte de un «colectivo» que perciben como una etiqueta política incómoda o anticuada, y que rara vez conecta esos derechos con el coste humano que tuvo conseguirlos: procesos judiciales, cárcel, terapias de aversión, violencia policial, muertes por VIH desatendidas durante años por gobiernos que miraron hacia otro lado, décadas de protesta callejera de generaciones anteriores. Esa desconexión no es casual: es, en parte, un efecto secundario del propio éxito del movimiento, que ha normalizado hasta tal punto ciertos derechos en determinados entornos urbanos que las generaciones más jóvenes pueden permitirse experimentarlos como algo dado por sentado en lugar de como una conquista frágil y reversible.

Esa falta de memoria histórica encuentra, además, un aliado perfecto en la lógica de las redes sociales y el consumo contemporáneo: el «estatus» se mide hoy en visibilidad, estética y capital social digital, no en pertenencia a una lucha colectiva. Es perfectamente posible y cada vez más frecuente,  ser una persona abiertamente gay o lesbiana con una vida pública construida enteramente sobre la imagen, el consumo y el reconocimiento social, y al mismo tiempo votar opciones políticas que, de haber gobernado en el momento histórico adecuado, habrían impedido que esa misma vida pública fuera posible. No se trata de exigir gratitud servil hacia el pasado, sino de señalar que la despolitización del presente: «a mí la política no me interesa, yo solo quiero vivir mi vida» es en sí misma una postura política, y una que resulta mucho más cómoda de sostener cuando se han heredado, sin haber tenido que pelearlos, los derechos que otros conquistaron con protesta, cárcel y, en muchos casos, con su propia vida.

El desapego de la realidad: discriminación intracolectiva, homofobia internalizada y el moralismo sanitario

Aqui el tema nos obliga a girar la mirada hacia dentro, porque buena parte del terreno que la derecha y la ultraderecha explotan electoralmente no lo inventan: lo encuentran ya sembrado dentro del propio colectivo. La homofobia interiorizada es el mecanismo psicológico que mejor explica esa contradicción. La literatura académica la define como el producto del estigma y el prejuicio social y político asimilado durante toda una vida en un entorno heteronormativo, no como un miedo individual irracional, y sus manifestaciones conductuales son precisamente las que permiten entender el fenómeno que describes: entre sus expresiones más documentadas están los comportamientos explícitamente homófobos dirigidos hacia otras personas homosexuales, el «passing behaviour» eliminar cualquier rasgo que pueda leerse como afeminado o poco masculino y la evitación activa de contextos identificados como LGTB-friendly. Dicho de otro modo: no hace falta ser heterosexual para reproducir el prejuicio; basta con haber crecido dentro del mismo sistema que lo produce y no haber tenido, o no haber querido, el espacio para desmontarlo.

Ese mismo mecanismo es trasladable, con matices, al inmigrante que discrimina a otro inmigrante recién llegado: la lógica de ascenso social dentro de una estructura hostil premia a quien mejor logra distanciarse simbólicamente del grupo estigmatizado, aunque forme parte de él. Es la misma dinámica de «homonacionalismo» descrita en el primer eje, aplicada ahora en clave individual y psicológica: cuanto más se logra pasar por «aceptable» ante el grupo dominante, ya sea el heterosexual respecto al homosexual, o el migrante ya asentado respecto al recién llegado, mayor es la tentación de reforzar esa distancia señalando con el dedo a quien todavía no ha logrado, o no quiere, esa misma asimilación.

El caso del VIH, las ETS y el Chemsex

Ilustra esta dinámica con una crudeza particular, porque en este terreno el moralismo dentro del propio colectivo no solo hiere: literalmente empeora la salud pública que dice defender. La serofobia (el rechazo y la discriminación hacia las personas con VIH) se retroalimenta con la homofobia y la LGTBIfobia, construyendo ciertos cuerpos y prácticas sexuales como desviaciones peligrosas o inferiores, un juicio que, cuando lo emite alguien del propio colectivo hacia sus pares, funciona exactamente igual que si lo emitiera un homófobo externo. Lo más perturbador es que los estudios clínicos identifican la causa y el efecto en un círculo que se muerde la cola: la homofobia interiorizada y la serofobia figuran entre los principales factores que empujan a hombres gais hacia el consumo problemático de drogas en contextos sexuales, junto al rechazo, la soledad y traumas no procesados, y un hombre con serofobia interiorizada es, en términos sencillos, aquel que ha asimilado los mismos patrones de rechazo hacia el VIH que exhibe su entorno, ya sea sintiendo rechazo hacia sí mismo o un temor extremo a ser marginado o rechazado sexualmente por los demás. Quien hoy condena públicamente el Chemsex, el VIH o las ETS desde una superioridad moral :

”Yo no soy como esos»,

«Yo sí me cuido»,

«Eso les pasa a los que no tienen dignidad”

No está tomando distancia de un problema ajeno: está reproduciendo, puertas adentro de su propia comunidad, precisamente el estigma que la evidencia clínica señala como uno de los motores que alimentan ese mismo problema. Es un supremacismo moral que se presenta como higiene personal o responsabilidad individual, pero que cumple la misma función estructural que el discurso homófobo externo: dividir al colectivo entre «los respetables» y «los otros», en lugar de reconocer que ambos grupos comparten el mismo origen del daño.

Una precisión final

No toda persona LGTBIQA+ de derechas, ni toda persona con prejuicios intracolectivos,  responde a estos patrones. Conviene cerrar este análisis con una salvedad necesaria para no caer en el mismo reduccionismo que se critica. No todo voto conservador dentro del colectivo es cinismo, ignorancia histórica o clasismo disfrazado. Existen personas LGTBIQA+ genuinamente libertarias que priorizan la reducción del Estado por convicción económica antes que por rechazo a su propia identidad; personas creyentes que intentan, con mayor o menor éxito, reconciliar su fe y su orientación sin abandonar ninguna de las dos; personas que sencillamente rechazan que su voto deba estar determinado por su orientación sexual, y que reclaman el derecho a votar por seguridad, economía o política exterior sin que eso se lea automáticamente como traición identitaria; y personas en contextos nacionales muy distintos a los europeos o norteamericanos, donde el mapa de «izquierda» y «derecha» no se traduce de forma automática en las mismas posiciones sobre diversidad sexual. Reducir a cualquier persona LGTBIQA+ conservadora a una sola explicación: interés, ignorancia o autoodio. Es, en el fondo, la misma operación reductora que la ultraderecha hace al reducir a todo migrante o a toda persona musulmana a una sola amenaza homogénea. El análisis crítico gana fuerza precisamente cuando distingue entre la instrumentalización política evidente (como la de Weidel) y la pluralidad real, aunque minoritaria, de convicciones legítimamente conservadoras dentro de un colectivo que, como cualquier otro, no es ni debería ser ideológicamente homogéneo.

Nos vemos en la acera de en frente, donde resistimos, existimos y brillamos. Porque mientras una sola letra quede atrás, ninguna está verdaderamente segura, sigamos caminando junt@s, tod@s, como siempre, pero nunca sol@s.

Con orgullo y resistencia, En La Acera De En Frente – Brillantes Sensaciones

PD: Con Amor

Miquel Claudì-López

Periodista y Licenciado en Comunicación Audiovisual

@miquelclaudilopez

@enlaaceradeenfrente

Facebook
Twitter
LinkedIn

Deja un comentario


El periodo de verificación de reCAPTCHA ha caducado. Por favor, recarga la página.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.