FLAVIA MORAES: «SER CIVILIZADO TIENE QUE VER CON LA CONVIVENCIA, CON EL OTRO QUE ESTÁ DELANTE DE TI»
Carlos Garries entrevista a Flávia Moraes
Fotografías: Ailén Garries
La cineasta brasileña inicia una nueva etapa creativa desde Girona. Tras presentar Uncivilized, el espectáculo audiovisual creado junto a Oriol Marès y Talal Fayad, conversamos con ella sobre el poder de los rostros, la música como lenguaje universal, Milton Nascimento, su salida de Estados Unidos y un futuro en el que espera seguir haciendo cine en Cataluña.
Hay espectáculos que uno entiende inmediatamente y otros que necesitan acompañarte durante un tiempo. Al terminar Uncivilized ocurre algo extraño. Resulta difícil determinar exactamente qué acabamos de contemplar, realmente ¿Que he experimentado? .
El Canal de Artes Escénicas de Salt es un lugar que ya respira comunidad artística tan solo al entrar en él. Sobre el escenario, la música de Oriol Marès y Talal Fayad dialoga con unos enormes rostros que parecen suspendidos en el aire. Personas de diferentes edades, culturas y procedencias hablan frente a nosotros. Algunas lo hacen en idiomas que comprendemos; otras, no. Mientras los músicos interpretan las composiciones de Uncivilized, esas caras aparecen y desaparecen, las voces se mezclan y las imágenes entran y salen de la oscuridad. De pronto aparece el mar. El blanco y negro deja paso al azul, la iluminación del escenario cambia y músicos, imágenes y espectadores parecen formar parte durante unos instantes de una misma película.
Uncivilized surge del álbum nacido del encuentro de dos universos culturales: Oriol Marès, catalán y Talal Fayad, sirio e intérprete de oud cuando decidieron ir más allá de interpretar simplemente un concierto su obra y adentrarse en todas estas cuestiones, Talal Fayad explicó el origen del proyecto cuando trabajando con Oriol en Rotterdam pensaron en un nuevo proyecto. “Yo propuse llamarlo Uncivilized”. Talal recordó entonces su propia historia:
“Soy sirio. Crecí principalmente en Siria y cuando tenía quince años tuve que marcharme a Holanda. Fue hace unos diez u once años. En Siria estaba la guerra y, años después, Rusia invadió Ucrania. A partir de ese momento observó determinados discursos en los medios de comunicación que comparaban la reacción occidental ante ambas guerras. Algunas voces se preguntaban por qué Europa y Estados Unidos ayudaban a Ucrania de una manera diferente a cómo habían reaccionado ante Siria.
Una de las respuestas que aparecía en determinados medios de derechas era algo parecido a: “Esas personas no se parecen a nosotros, no son blancas, son incivilizadas”. Entre los sirios aquello acabó convirtiéndose casi en una broma. De ahí nació el título, pero la idea fue creciendo progresivamente. El proyecto comenzó a hacerse cada vez más profundo. Fuimos a Córcega, conocimos a Flavia, Oriol le explicó el proyecto y ella quiso compartir con nosotros sus conocimientos y sus ideas. Para Talal, su relación con Oriol Marès constituye, en sí misma, una pequeña representación de aquello de lo que habla Uncivilized: Simplemente soy un tipo que toca música. Conocí a un chico catalán que también toca música. Venimos de contextos vitales muy diferentes y, sin embargo, nuestras familias tienen tradiciones muy parecidas. Hemos ido construyendo esto juntos y el proyecto se ha hecho cada vez más profundo a través de nuestra relación, de conocernos, de comprender nuestras inseguridades y de entender por qué cada uno reacciona de una determinada manera“

¿Y quién es Flavia Moraes, la creadora del contenido audiovisual? Flavia es una cineasta brasileña nacida en Porto Alegre cuya curiosidad por las personas ha marcado toda su trayectoria. Durante décadas ha trabajado entre Brasil, Argentina y Estados Unidos, desarrollando una extensa carrera en cine, televisión, publicidad, documental y grandes espectáculos musicales. Fue una de las primeras directoras sudamericanas en formar parte del Directors Guild of America y sus trabajos han recibido reconocimientos en festivales y certámenes internacionales. Entre sus películas destacan Acquária, Visions in the Dark, premiada en festivales como Boston y Girona, y Milton Bituca Nascimento, dedicada al legendario músico brasileño. Su relación con la música también la llevó a participar en grandes producciones como Rock in Rio. Ahora vuelve a explorar la unión entre música y cine en Uncivilized, junto a Oriol Marès y Talal Fayad. Después de muchos años en Estados Unidos, ha elegido Girona para comenzar una nueva etapa creativa: «Vine buscando inspiración, vine buscando humanidad».
Esta es una de esas entrevistas que comienzas con un nudo en la garganta, consciente de que estás frente a una gran creadora. La misma sensación que tuve cuando entrevisté a Jeremy Thomas, Jerzy Skolimowski, Gaspar Noé o Phil Tippett. Con todos ellos sucede algo especial: sientes el arte en cada una de sus palabras y, al mismo tiempo, poseen la capacidad de explicarte de una manera cercana y casi didáctica algo tan complejo como su propio proceso creativo.
Así fue también mi conversación con Flavia Moraes: un viaje hacia la creación contado desde la sencillez, pero que nos conduce a algo mucho más profundo y complejo, cómo transformar los sentimientos y las emociones humanas en una manifestación artística. Una conversación sobre cine, música, imágenes, personas y, sobre todo, sobre la necesidad de observar al otro y a nosotros mismos.
Esta es mi entrevista con Flavia Moraes, una gran cineasta brasileña que ha recalado en Girona y que comienza desde Cataluña una nueva etapa personal y creativa.
—Después de ver Uncivilized salí sin saber exactamente cómo definir lo que acababa de experimentar. Hubo momentos que me llevaron a aquellos grandes espectáculos de Pink Floyd y también a la experimentación de La Fura dels Baus en la Barcelona de los años noventa. ¿Cómo definirías a Uncivilized?
—Me alegra escuchar eso, porque La Fura dels Baus y Pink Floyd son y serán siempre referencias importantes de buen arte, experimentación y riesgo. De libertad, de buscar emocionar e impactar al público y, sobre todo, de crear experiencias memorables. De eso se trata.
Para explicar Uncivilized hay que ir al origen de todo, que es la música. La música de Talal tiene una enorme potencia y posee la fuerza de ese encuentro entre culturas y civilizaciones diferentes: Oriol es catalán, europeo; Talal es sirio y toca el oud, con toda la sonoridad que eso implica.
Cuando decidieron llamar Uncivilized a su segundo álbum, quizá por motivos que inicialmente no eran tan políticos, creo que ya intuían que el concepto del disco pedía algo más, otro lenguaje.
Oriol fue quien me buscó. Había visto mi película sobre Milton Nascimento y le había impactado mucho. Creo que ellos intuían que el proyecto necesitaba algo más, pero la verdad es que ni ellos ni yo sabíamos exactamente qué iba a ser.
Y creo que ahí reside precisamente la fuerza del trabajo: en aquello que apareció de nuestra colaboración y, sobre todo, de las casi cincuenta personas que participaron en las entrevistas. Me gusta pensar que acabó convirtiéndose en una especie de caleidoscopio de voces, culturas, edades, experiencias y maneras de mirar el mundo.
Para mí fue como montar un rompecabezas cuya imagen final no existía. No tenía la tapa de la caja para saber qué estaba construyendo. Las cosas iban adquiriendo sentido a medida que juntaba las piezas.
Eso es precisamente lo que más me interesa como artista: no ejecutar una idea cuyo resultado ya conozco, sino entrar en un proceso sin saber exactamente qué voy a encontrar.
También me ocurrió con Milton Bituca Nascimento. Allí seguía a un personaje tan magnífico y con tanta fuerza como Milton que, aunque no sabía exactamente qué encontraría, sabía que encontraría algo precioso.
Y con Visions in the Dark, la película de los caballos, sucedió algo parecido: entré por un camino y la película acabó llevándome hacia otro completamente diferente.
Eso es lo que me interesa como artista.
—Hay una pregunta que atraviesa toda la obra: “¿Qué significa ser civilizado?”. ¿Qué significaba para ti antes de empezar y qué significa ahora, después de escuchar a todas esas personas delante de tu cámara?
—Uncivilized no pretende dar respuestas y, por eso, tampoco tengo una respuesta concreta para esa pregunta. Creo que lo verdaderamente importante es la pregunta. Preguntas como esta abren una conversación importante y necesaria sobre el mundo en el que estamos viviendo.
¿Cuánto hay de mí en todo esto? Muchísimo, seguramente. Como dije aquella noche, pienso que ser civilizado es una especie de máscara que estamos obligados a transmitir de una generación a otra, de acuerdo con el lugar donde vivimos, nuestra cultura y quiénes somos. Pero la verdad es que seguimos siendo bastante salvajes. Todavía tenemos instintos muy salvajes. Lo que encontramos durante el proceso fue, sobre todo, el sentido del otro. Ser civilizado tiene que ver con la convivencia. Tiene que ver con el otro que está delante de ti. Oriol es el otro para Talal. En la música, el batería es el otro para otro de los músicos. Uno siempre es el otro de alguien.
Porque, si no existiera el otro, tampoco necesitaríamos ser civilizados. Podríamos ser animales u ogros viviendo solos dentro de una cueva.

—Precisamente los silencios, las miradas y esas personas hablando en idiomas que no entendemos provocan que, durante unos minutos, nosotros mismos nos sintamos “el otro”.
—Sí. Y te voy a contar algo. Al principio de la pieza decidí colocar a un grupo de personas hablando diferentes idiomas. Cuando se lo enseñé a Oriol me preguntó: “¿Pero no vas a poner subtítulos?”. Y le dije: “No. Precisamente de eso se trata”. Quería que resultara incómodo.
Creo que es importante que el arte provoque emociones. Quería que el espectador pensara: “Me siento incómodo porque no sé qué están diciendo”.Eso proporciona una pequeña dimensión de nuestra propia ignorancia. De cuántos idiomas, lenguajes, culturas y civilizaciones existen de los que no tenemos absolutamente ninguna idea.
Y eso, de alguna manera, desarma o desorganiza nuestras certezas y nuestras opiniones acerca de qué significa ser civilizado o no serlo.
—También me llamó especialmente la atención cómo filmas los rostros. Parece que no quieras únicamente que escuchemos a esas personas, sino que las observemos. ¿Por qué era tan importante el rostro humano en Uncivilized?
—Aquí hay una curiosidad interesante. A mí me encanta trabajar con personas. Me encanta hacer entrevistas y trabajar con actores. Creo que la máscara humana es todo un universo. Cuando pensaba cómo incorporar imágenes a este concierto imaginé precisamente esas máscaras, casi como en un teatro kabuki: grandes rostros flotantes. Quería eliminar el cuerpo, los movimientos de las manos, todo aquello que pudiera distraernos, y quedarme únicamente con las máscaras. Por eso filmamos a las personas con prendas de cuello alto y sobre fondo negro.
Pero hicimos algo más que me parece muy interesante. Coloqué un espejo entre la cámara y la persona entrevistada. Yo hacía las preguntas y ellos respondían mirándose a sí mismos en el espejo. En muchas ocasiones eso provocaba una reacción extraña, incluso cierta incomodidad, porque no a todo el mundo le gusta mirarse al espejo. Pero una vez entraban en el juego empezaban realmente a observarse. Creo que el espejo los conducía hacia un lugar muy interesante de autoanálisis y autoconocimiento.
Es algo que, si yo no lo cuento, el espectador probablemente nunca sabrá, pero creo que el uso del espejo y la decisión de filmarlos únicamente a través de sus rostros, convirtiéndolos en esas cabezas flotantes sobre el escenario, proporciona una fuerza brutal a las imágenes. Ni siquiera yo tenía la certeza de que produciría ese efecto.
Creo que he encontrado ahí un camino interesante que me gustaría seguir explorando en futuros trabajos.
—Durante el espectáculo hay momentos en los que esos enormes rostros parecen flotar detrás de los músicos. Es una imagen muy poética y te transporta a un lugar etereo.
—Creo que dimos en el clavo.
Uno de los motivos por los que elegí Cataluña para venir a vivir es precisamente su enorme fuerza cultural y su conexión con algo que me fascina: la estética surrealista y el realismo mágico. Existe aquí una libertad cultural y unas raíces visuales muy fuertes que me permiten plantear este tipo de juegos y conseguir que el público también acepte embarcarse en un viaje visual que no necesariamente está pensado para todo el mundo.

—Hablemos del montaje. Has explicado que la música se convirtió en tu guía emocional. ¿Escuchabas constantemente el disco mientras trabajabas? ¿Hubo alguna pieza que te hiciera cambiar completamente una secuencia?
—Todo comenzó escuchando la obra de los chicos. De ahí surgió la idea de trabajar con esas máscaras.Después llegaron cuatro días de filmación.
No había un guion. Hablaba con las personas sobre sus experiencias, sus vidas, sus angustias, sus miedos, sobre cómo se sentían y sobre si alguna vez habían tenido la sensación de ser “el otro”. Eso aparecía especialmente en las personas pertenecientes a minorías o que habían llegado desde otros lugares: una chica procedente de China, otra de África, un colombiano, una marroquí…
Explorábamos ese universo de sensaciones. Acabé con unas veinte horas de material. Una locura. Y tenía que convertir veinte horas en veinte minutos.Pero es algo que me gusta muchísimo hacer. Yo misma monto todas mis películas y siempre me gusta partir de un material muy amplio para ir eliminando aquello que considero superfluo.
Si cocinas, sabes cómo se hace una salsa: añades agua, se evapora, vuelves a añadir y continúas cocinándola hasta que todo se concentra. Para mí el montaje fue algo parecido. Pasé casi dos meses escuchando y escuchando, eliminando todo aquello que me parecía poco espontáneo, poco potente o poco importante. Al final te quedas con una especie de extracto, una pasta concentrada de significados, sensaciones y sentimientos verdaderos.
—¿Y cómo conviertes esa enorme cantidad de material en una narración?
—Fui construyendo diferentes segmentos. El primero estaba formado por personas explicando, cada una en su propio idioma, qué significaba para ellas ser civilizado. Después continuábamos hablando de civilización, pero preguntándonos si esas personas se sentían o no civilizadas. Siempre estábamos investigando la misma cuestión: ¿qué significa ser civilizado?, ¿qué significa no serlo? Por suerte obtuve respuestas magníficas.

Y ese segundo segmento acaba llegando a una conclusión: que la civilización, o aquello que consideramos civilizado, es un concepto que cambia de un país a otro, de una época a otra y de una persona a otra. Pero existe cierto consenso en algo: tiene que ver con el otro, con la convivencia con el otro. Eso me lleva al tercer bloque.Entonces las personas empiezan a hablar de cómo se sienten respecto a los demás, del miedo al extranjero, del miedo al otro, del miedo a aquello que desconocemos.
Pero nunca existe la pretensión de encontrar una verdad. Lo que intento es explorar diferentes ideas y conseguir que todo sea multifacético.Así fue apareciendo una estructura dramática:
¿Qué significa ser civilizado?
¿Qué es una civilización?
¿Tiene que ver con el otro?
¿Quién es el otro?
¿Cómo pueden comunicarse personas de diferentes idiomas y países?
Y entonces aparece la música como la posibilidad de un lenguaje común. A partir de ahí todo se humaniza. Existía realmente una narrativa. Si eliminas una de esas piezas, el resto comienza a quedar flotando.
—Hay momentos en los que escuchamos simultáneamente a diferentes entrevistados.
—Sí. Quería ir más allá del montaje tradicional en el que una persona habla y después aparece otra. Construí una especie de trama de voces. Hay momentos en los que cuatro personas hablan simultáneamente. Es una locura, porque produce la sensación de que una está escuchando a la otra, aunque durante las entrevistas eso no sucediera realmente.Al superponerlas, comienzo a jugar con la sensación de que se escuchan y se responden. Trabajo entonces con los volúmenes.
De repente tenemos cuatro personas hablando. Cada una posee su propio discurso, pero aparece un quinto discurso, que es el resultado de todo aquello que conseguimos escuchar de las cuatro simultáneamente. Ahí ya estamos hablando de un viaje realmente caleidoscópico.Cuando todo aquello comenzó a adquirir sentido, busqué los momentos en los que los diferentes temas podían relacionarse emocionalmente.
Pero tenía otra preocupación muy importante: aquello había nacido de la invitación de un grupo de músicos. No quería que las imágenes se comieran la música. Necesitaba hacer algo que consiguiera que la música fuera todavía más importante y, al mismo tiempo, que la música potenciara las imágenes.
Cuando vas a un concierto convencional, cada persona puede estar dentro de su propio mundo escuchando la música.Pero cuando incorporas una experiencia y un contenido como este, la música se convierte también en un espacio para reflexionar sobre aquello que acabas de escuchar y preguntarte qué vendrá después.
Entonces dejamos de tener a cada espectador aislado dentro de su propio mundo y empezamos a construir una experiencia colectiva.
—Y ese viaje nos conduce finalmente al mar. ¿Qué representa para ti?

—El mar apareció de una manera muy intuitiva. En determinado momento me di cuenta de que tenía entre las manos el impresionante relato de una chica que había cruzado el Mediterráneo para llegar a Europa en una embarcación de goma. Ella reflexionaba sobre todas las personas que no consiguieron completar el viaje y quedaron por el camino. Decía que lo hacía también en honor a quienes no habían podido llegar.
Entonces pensé: “Aquí necesito un elemento”. Busqué imágenes capaces de representar todas esas historias y necesitaba algo que, al mismo tiempo, conectara continentes y civilizaciones. Y apareció el mar.
El mar toca todos esos territorios y para nosotros, además, tiene una importancia enorme en Cataluña. Cuando aparece, personalmente siento que de alguna manera me lava el alma. Me llena de emoción. Me entran ganas de llorar. Y ahí entramos en un territorio magnífico porque las historias que acabamos de escuchar, la potencia de la música y las imágenes comienzan a potenciarse mutuamente.
Entramos en un lugar de enorme emoción. Creo que eso fue precisamente lo que ocurrió durante el estreno.
—¿Cómo fue poner finalmente en común tus imágenes y la música de Oriol, Talal y el resto de los músicos?
—Fue difícil. He trabajado mucho con músicos y siempre son muy particulares. Durante el montaje trabajé fundamentalmente sola y en paralelo. Ellos me entregaron la música y yo desarrollé el trabajo audiovisual.
Nos reunimos apenas dos o tres días antes de la representación que tú viste para juntar todas las piezas. Para mí era fundamental que comprendieran que aquello no era un concierto con imágenes ni unas imágenes a las que simplemente habíamos añadido música. Solo funcionaría si conseguíamos que la suma fuera mayor que las partes. Había que crear una experiencia nueva a partir de esa unión.
Al principio tenían ciertas preocupaciones. Pensaban: “Vamos a tener una pantalla delante, esto quizá nos aleje del público…”. Es normal. Cuando cambias la manera en la que alguien está acostumbrado a trabajar aparece cierta resistencia ante aquello que todavía no conoce. Tuvimos que superar algunas cosas y todavía hoy existen aspectos que podemos seguir desarrollando. Pero poco a poco ellos mismos fueron comprendiendo la fuerza de lo que teníamos entre manos.
Hay un momento que lo resume perfectamente. Después del relato de la chica que habla de quienes no consiguieron cruzar el Mediterráneo aparece el mar. Hasta entonces todo había sido en blanco y negro y, de repente, la imagen se transforma en azul. En directo, el batería utiliza el plato para crear el sonido del mar. Al mismo tiempo, yo cambio la iluminación del escenario: pasamos de una luz ámbar, amarilla, a una luz azul. Los músicos quedan bañados en azul. Y también el público.
Cuando conseguimos crear esa sincronía entre imagen, música y luz, todos comprendimos la fuerza que podía llegar a tener la experiencia.

—¿Cómo llegas a la decisión de que no haya simplemente una pantalla detrás de los músicos, sino unas imágenes que parecen flotar en el escenario? Todo resulta muy etéreo.
—La idea fundamental era la sustracción. Si hubiera mostrado a las personas con sus cuerpos, sus manos y dentro de espacios realistas, esas imágenes habrían competido demasiado con la presencia real de los músicos sobre el escenario.
Necesitaba que las imágenes no compitieran, sino que añadieran otra capa de surrealismo.Quería sacar a las personas del ámbito realista y naturalista y llevar la expresión facial a su máxima potencia.Por eso alteramos también su relación con el tamaño y con lo corpóreo de aquello que está sucediendo en directo.
Quería que fueran como recuerdos, ilusiones o pensamientos. Una especie de caleidoscopio de imágenes en el que lo importante fueran las expresiones, los ojos, los idiomas y la manera particular de hablar de cada persona. Casi como si fueran los cantantes de una ópera. Tenemos la música y ellos son quienes “cantan” las palabras, quienes aportan las ideas y el significado a la música de los chicos.
«VINE A CATALUÑA BUSCANDO INSPIRACIÓN Y HUMANIDAD»
—¿Por qué decidiste instalarte precisamente en Girona? ¿Quieres convertirla ahora en tu centro de creación?
—Es una historia interesante. ¿Por qué Cataluña? ¿Por qué España? Puedo responder de muchas maneras.
Yo procedo del sur de Brasil, de Rio Grande do Sul, una región que culturalmente tiene muchos vínculos con Uruguay y Argentina. A veces digo que somos como la Cataluña brasileña. Tenemos una cultura muy particular y nosotros somos los gaúchos de Brasil.
Los gaúchos somos, de alguna manera, nómadas. Nos gusta atravesar fronteras y viajar. Yo he sido nómada durante toda mi vida.Y eso me proporciona algo fundamental como artista: perspectiva.
Viví durante muchos años en Estados Unidos. Me fui allí porque para mí representaba un lugar de ilusión, libertad y posibilidades. Pero ese lugar ya no existe. O, por lo menos, yo ya no reconozco aquella América a la que un día fui a vivir. Tengo pasaporte estadounidense, fui una de las primeras directoras sudamericanas en formar parte del Directors Guild of America y tenía allí una vida muy confortable, con trabajo y proyectos.
Pero cada vez me resultaba más difícil continuar viviendo y creando dentro del clima político y humano que se había instalado en Estados Unidos. Empecé a comprender que tenía que marcharme.Pensé en España porque tenía cierta familiaridad con el castellano después de los años que había vivido y trabajado en Buenos Aires.
Inicialmente pensé en Barcelona. Cataluña surgía de manera natural por su diversidad cultural, su conexión con Francia y Europa, su relación con el Mediterráneo… Pero todo el mundo me decía: “Barcelona está imposible”. Es una ciudad increíble, pero llega un momento de la vida en el que descubres que ya no necesitas vivir necesariamente en una gran ciudad. Puedes buscar una ciudad más pequeña, una vida más sencilla y tranquila, y trabajar desde un lugar que te proporcione otra calidad de vida. Y apareció Girona.
Habíamos venido al Festival de Cinema de Girona con una película. Pasamos una semana fantástica, ganamos en el festival y nos enamoramos de la ciudad. Mi compañera y yo dijimos medio en broma: “Si Trump gana las elecciones, nos vamos a vivir a Girona”. Y Trump ganó. Así que vinimos. Y creo que ha sido una decisión muy acertada.
Vine buscando inspiración. Vine buscando humanidad. Vine buscando una vida más sencilla y, al mismo tiempo, una vida más rica.
Después de tantos años trabajando a una velocidad enorme, siento que me he acercado nuevamente a las cosas que realmente importan: las personas, las conversaciones, el tiempo. Una conversación como la que estamos teniendo ahora sería muy difícil para mí en los Estados Unidos de hoy. Allí todo se ha vuelto mucho más frío y transaccional. Todo pasa por el dinero y por el negocio.
Por eso me interesa Cataluña. Me habían advertido: “Los catalanes son muy duros, son fríos, no te dejarán entrar, son muy cerrados”. Y es verdad que quizá al principio sean algo cerrados. Pero hay que tocarlos. Estamos realmente enamoradas y muy felices con la acogida, el cariño y el abrazo que hemos encontrado aquí.
EL FUTURO: CINE EN CATALUÑA Y LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL
—Después de Uncivilized, ¿te gustaría desarrollar nuevos proyectos aquí?
—Todo lo que espero es encontrar aquí la oportunidad de trabajar con el mercado y los artistas locales. Me encantaría integrarme realmente en el cine y la televisión de España, Cataluña y Europa. Pero también me interesa muchísimo continuar colaborando en espectáculos como Uncivilized y explorar nuevos territorios.
Y ahora, además, está todo lo que viene con la inteligencia artificial.
—Precisamente quería preguntarte por ello. Tu cine tiene una relación profundamente humana con las personas. ¿Cómo contemplas la irrupción de la inteligencia artificial en el proceso creativo?
—Es un tema sobre el que podríamos estar hablando tres horas.
Negar la inteligencia artificial en este momento es imposible. Está llegando con una fuerza quizá todavía mayor, más rápida y contundente que la revolución tecnológica que vivimos con la aparición de Internet. Hace muchos años hice un trabajo llamado La revolución de la comunicación. Allí hablé con Vint Cerf, uno de los pioneros de Internet.
Siempre recuerdo aquella conversación. Él me explicó que sabía que habían creado algo muy importante, pero que no tenía ni idea de lo que acabaría sucediendo, de la dimensión que alcanzaría Internet ni de la velocidad con la que transformaría el mundo.
Creo que ahora está sucediendo algo parecido, pero elevado a la enésima potencia. Ya no podemos negar la presencia ni la utilidad de la inteligencia artificial. Es una herramienta increíble.Pienso que puede ser una herramienta magnífica y, al mismo tiempo, tremendamente peligrosa.

Tenemos que volver a Stanley Kubrick y Arthur C. Clarke y pensar en 2001: Una odisea del espacio, precisamente en ese momento en el que la inteligencia artificial empieza a tomar decisiones y el ser humano deja de tener el control. Pero, al final, todo vuelve siempre al ser humano.
Con la sustitución de muchas profesiones y de mucho trabajo que probablemente realizará la IA, quiero pensar —o al menos quiero desear— que podamos utilizar el tiempo que nos quede para hacer cosas más interesantes que guerras o simplemente pensar en ganar dinero. Si podemos utilizar ese tiempo para crear, hacer arte y mejorar todo aquello que necesita ser mejorado en este planeta, entonces creo que habremos ganado algo.
—Además de tu propio trabajo, ¿te interesaría colaborar con iniciativas pequeñas, festivales o jóvenes que empiezan a hacer cine?
—Por supuesto. Hay muchísima gente realizando trabajos muy interesantes en el cortometraje, tanto en Brasil como en América. Seguro que tendremos que volver a hablar e intercambiar información.Y enseñar a los jóvenes es algo que tenemos que hacer.
Llega un momento en el que uno tiene que devolver una parte de todo aquello que ha aprendido. Los jóvenes están viviendo un momento muy difícil. Hoy resulta complicado encontrar un espacio y tener oportunidades.
Todo aquello que podamos hacer para ayudarles merece la pena.