Preguntas que dan calor y un poco de vértigo
Ya es verano y julio tiene una manera curiosa de colocarnos frente a nosotras mismas.
Basta con que el cuerpo cambie de escenario, que aparezca más piel, más luz, más presencia en el espejo o en la mirada de los otros, para que empiecen a aparecer preguntas que durante el resto del año se quedan en un segundo plano, como si
estuvieran guardadas en un cajón que solo se abre cuando el ritmo baja y hay más espacio para sentir.
Lo interesante es que muchas de esas preguntas no aparecen formuladas con palabras claras, sino como sensaciones. Hay una incomodidad al ponerse cierta ropa, una inseguridad que parecía superada y vuelve, una comparación fugaz con otras mujeres en la playa o en una terraza, una forma distinta de mirarse en el espejo que no siempre tiene que ver con el cuerpo en sí, sino con la relación que tenemos con él en este momento concreto de la vida.
Si esas sensaciones se tradujeran en lenguaje, probablemente sonarían bastante más directas de lo que solemos admitir.
Algo como:
¿Cómo me estoy viendo ahora?
¿Desde dónde me estoy mirando?
¿Desde la exigencia, desde la comparación, desde la costumbre de corregirme o desde un lugar más amable que no necesita estar revisando continuamente lo que falta?

Hay algo muy significativo en cómo cambia la percepción del propio cuerpo según el contexto. En invierno muchas mujeres vivimos más hacia dentro, con menos exposición, con rutinas que tapan la presencia física con obligaciones diarias. En verano el cuerpo vuelve a ser visible, no solo para una misma, sino también en el entorno. Esta visibilidad actúa como un espejo ampliado que intensifica lo que ya estaba en marcha internamente, lo sepamos o no. Por eso no es tanto el verano el que
genera las inseguridades, sino el lugar donde todo eso encuentra más superficie donde aparecer.
Algo que se ha observado desde hace años en relación a la imagen corporal es que la percepción del cuerpo no depende únicamente de sus características objetivas, sino del estado emocional, del nivel de autoexigencia y del tipo de mirada que una ha ido incorporando a lo largo del tiempo. Dos cuerpos muy parecidos pueden vivirse de formas completamente distintas según esa historia interna. Esto explica por qué una misma mujer puede sentirse cómoda en su piel en un contexto y completamente fuera de lugar en otro, sin que haya cambiado nada físico de forma relevante.
El verano, con su aumento de exposición, solo amplifica esa conversación interna.
Muchas mujeres no están en conflicto con su cuerpo en sí, sino con la forma en que han aprendido a mirarlo. Una mirada construida a base de comentarios, modelos repetidos, experiencias propias y ajenas… y momentos en los que el cuerpo ha sido
más evaluado que habitado.
Hay una diferencia muy grande entre habitar el cuerpo y observarlo como si fuera algo que hay que aprobar o suspender. Cuando el cuerpo se vive desde la observación constante, cada ropa elegida y cada postura pasan por un filtro de evaluación. Cuando se habita, lo que aparece son sensaciones: comodidad, incomodidad, placer,
cansancio, energía.
“La única patria posible es la infancia recuperada” Rainer María Rilke.
Esa forma más libre de mirar el cuerpo que teníamos de niñas sigue siendo una referencia muy potente. Las niñas no miran su cuerpo buscando defectos; lo usan, lo prueban, lo exploran, lo olvidan cuando están jugando y lo recuperan cuando lo necesitan. No hay vigilancia constante, hay relación directa. Con el tiempo eso se va volviendo más complejo y no siempre se sabe en qué momento ocurrió el cambio. Lo que sí es evidente es que en verano esa complejidad se vuelve más visible.

Otra cosa interesante en relación a la intimidad es lo que ocurre cuando una mujer no se siente cómoda con su propia mirada. Esa incomodidad suele aparecer después en el encuentro con el otro. En realidad, muchas veces el otro ni siquiera está juzgando, pero dentro de una misma se activa una especie de vigilancia interna que se cuela en todo lo que está ocurriendo, como si una parte de ti estuviera viviendo el momento y otra estuviera observándolo al mismo tiempo, midiendo cómo estás, cómo te ves, cómo estás siendo percibida y en ese doble plano la experiencia pierde naturalidad y fluidez incluso cuando hay deseo, conexión o ganas de estar.
Esto cambia cuando esa vigilancia baja, incluso sin que haya una aceptación total del cuerpo. El movimiento interno es otro pues deja de centrarse en la perfección y pasa enfocarse en la presencia. Creo que es interesante que te preguntes: cuánto de lo que estás viviendo contigo misma está atravesado por la idea de cómo deberías verte y cuánto por lo que realmente sientes cuando dejas de corregirte durante un momento.
No hay una respuesta única ni una forma correcta de estar en el cuerpo en verano o en cualquier otra estación. La relación con el cuerpo no se ordena desde fuera, se va afinando desde dentro, en la manera en que lo miras cada día. A veces basta con
detectar en qué momentos esa mirada se vuelve más dura, cuándo aparece la comparación automática o en qué situaciones surge la necesidad de esconder o modificar partes de una misma.
Mi propuesta para este mes es sencilla: observa un poco más cómo te estás mirando cuando el cuerpo vuelve a ser más visible y deja que esa observación vaya abriendo espacio a una relación menos exigente contigo misma.
Cuídate mucho este verano, disfrútalo y ojalá encuentres momentos en los que tu cuerpo deje de ser algo que se analiza y vuelva a ser simplemente el lugar donde estás viviendo.
Abhaya Fdez. de Castro
@laviadeltantra.abhaya