“Chemsex: un viaje al interior” de Emma Demar
Mirar de frente lo que la sociedad prefiere no ver
“Chemsex: un viaje al interior” es un documental español estrenado en mayo de 2025, dirigido por Emma Demar y producido por la Coordinadora Estatal de VIH y Sida (Cesida) junto con la productora Anchoa Films y distribuido por Mosaico Filmes. Rodado en Madrid, Barcelona y Valencia, con testimonios adicionales de entidades de Torremolinos y Sevilla, el filme combina el relato íntimo de usuarios y exusuarios de chemsex con el análisis de profesionales sanitarios y activistas comunitarios que llevan años trabajando en primera línea, muchas veces con recursos escasos. No es una pieza de denuncia moral ni un relato de terror sobre las drogas: es, en palabras de quienes lo impulsaron, un intento de mirar una realidad silenciada sin paternalismo y sin la lente del escándalo. Ese propósito “hablar sin prejuicio de algo de lo que casi nadie habla” es el hilo conductor de todo el análisis que sigue.
Poner el chemsex sobre la mesa: romper un tabú

El chemsex ( El uso de sustancias químicas, habitualmente metanfetamina, mefedrona o GHB/GBL, asociado a encuentros sexuales entre hombres) reúne en una sola práctica varios de los temas que más incomodidad generan en el discurso público: el sexo explícito, el consumo de drogas, la identidad gay y una vulnerabilidad que no encaja con el relato de normalización e igualdad que suele acompañar los avances en derechos LGTBIQ+ de las últimas décadas. Precisamente por eso, nombrarlo en un documental de producción institucional (no en un reportaje sensacionalista, sino en una pieza avalada por la principal coordinadora estatal de lucida contra el VIH) tiene un valor que va más allá de lo informativo. Poner sobre la mesa una práctica que combina sexo, drogas, comunidad gay y vulnerabilidad implica aceptar que ninguno de esos cuatro elementos puede tratarse por separado sin perder de vista el conjunto: no se puede hablar de reducción de daños en el consumo de drogas ignorando el contexto sexual en el que ocurre, ni se puede hablar de salud sexual gay sin reconocer que una parte de esa comunidad convive con el uso problemático de sustancias, ni se puede hablar de vulnerabilidad sin señalar que esta convive, muchas veces, con el placer y con la búsqueda legítima de conexión, intimidad o pertenencia. El tabú no protege a nadie: solo mantiene a quienes atraviesan esta realidad en un silencio que dificulta pedir ayuda.
Visibilizar salva vidas
La tesis central del documental y la que sus propios impulsores han repetido en cada presentación, es que la visibilidad no es un gesto simbólico, sino una herramienta de salud pública con consecuencias directas y medibles. Mientras el chemsex permanezca en la sombra, quienes lo practican y atraviesan dificultades con él: dependencia, sobredosis, riesgo de transmisión de VIH u otras infecciones de transmisión sexual, deterioro de la salud mental. Tienen menos probabilidades de reconocer que necesitan apoyo, y los servicios sanitarios y sociales tienen menos presión y menos información para diseñar respuestas adecuadas. Visibilizar, en este sentido, cumple una triple función: para la persona usuaria, ofrece un espejo en el que reconocerse sin la deformación del morbo o la condena, lo cual es a menudo el primer paso para pedir ayuda; para la comunidad, construye redes de reconocimiento mutuo y cuidado entre iguales; y para las instituciones, genera una presión pública que puede traducirse en financiación, protocolos clínicos y formación específica del personal sanitario. El documental, al rodarse en varias ciudades y dar voz tanto a usuarios como a exusuarios y a profesionales, no busca solo contar una historia individual sino evidenciar que existe ya un tejido comunitario y sanitario sosteniendo esta realidad, aunque con recursos que casi siempre resultan insuficientes frente a la magnitud del fenómeno.

Estigmatización y culpa: el castigo en lugar del apoyo
Uno de los puntos más incómodos (y más necesarios) que plantea el documental es la distinción entre dos formas radicalmente distintas de responder a una misma realidad: la del castigo moral y la del análisis y el acompañamiento. Cuando el discurso social o incluso el discurso médico tradicional aborda el chemsex únicamente en clave de peligro, transgresión o patología individual, el resultado casi inevitable es la culpa: la persona usuaria interioriza que su problema es un fallo de carácter o una desviación moral, no una respuesta (a veces disfuncional, a veces no) a necesidades reales de placer, conexión, evasión del dolor o gestión de la soledad. Esa culpa, lejos de disuadir el consumo problemático, suele profundizarlo, porque añade una capa de vergüenza que dificulta buscar ayuda antes de que la situación se agrave, y porque desplaza el foco del análisis de las causas hacia el reproche de la conducta.
El documental señala, con matices, que buena parte de lo que se estigmatiza como «el problema de las drogas» enmascara en realidad otras cuestiones de fondo: soledad estructural, salud mental desatendida, homofobia interiorizada, falta de espacios de intimidad no sexualizados dentro de la propia comunidad gay, o el impacto acumulado del estigma por VIH que muchas generaciones arrastran. Tratar el chemsex exclusivamente como un problema de sustancias «hay que dejar de consumir» sin abordar estas capas subyacentes es, en la práctica, tratar el síntoma y no la causa. Es la diferencia entre un modelo punitivo, que ve en el usuario un sujeto a corregir o sancionar, y un modelo de análisis y apoyo, que pregunta primero qué necesidad satisface esa práctica antes de intervenir sobre ella.
Recursos de apoyo y reducción de daños

Frente al castigo, el documental sitúa en primer plano el trabajo (a menudo invisible y crónicamente infrafinanciado) de las entidades y profesionales que llevan años sosteniendo respuestas desde la reducción de daños: espacios de escucha sin juicio, formación entre pares, distribución de material de inyección seguro cuando el consumo es intravenoso, acompañamiento psicológico específico para las dinámicas de chemsex, y coordinación entre servicios de salud sexual y salud mental que tradicionalmente han funcionado de forma separada. La reducción de daños parte de una premisa distinta a la abstinencia obligatoria: no exige que la persona deje de consumir como condición previa para recibir ayuda, sino que ofrece herramientas para que, consuma o no, lo haga con el menor riesgo posible, mientras se abre la puerta “sin forzarla” a un cambio más profundo si la persona lo desea. Esta filosofía exige un cambio de mirada profesional e institucional:
Pasar de preguntar :
¿Por qué no puedes parar?
A preguntar:
¿Qué necesitas para estar más seguro y, si quieres, para parar cuando estés listo?
El documental muestra que ese cambio ya está ocurriendo en ciertos servicios pioneros, pero también deja claro que sigue siendo minoritario frente a un sistema sanitario que, en general, no está preparado ni formado para abordar el chemsex con la especificidad que requiere.
Paralelismo con “Chemsex” (2015), de William Fairman y Max Gogarty

Es inevitable (y muy productivo) poner este documental en diálogo con “Chemsex” (2015) -En España, disponible en la plataforma FILMIN-, de William Fairman y Max Gogarty, la pieza británica producida por Vice que, una década antes, puso el término en el mapa del discurso público internacional. Ambos comparten el objetivo de romper un silencio, pero lo hacen desde tonos y contextos bastante distintos, y esa diferencia es reveladora del propio recorrido del tema en diez años.
El documental británico, rodado a lo largo de un año en sótanos, dormitorios y bares de Londres, tiene un tono más crudo y casi de urgencia clínica: retrata a varios hombres luchando por salir vivos de «la escena», y centra buena parte de su relato en 56 Dean Street, la clínica londinense pionera en dar respuesta a estas prácticas, y en la figura de un trabajador de salud que hace de la tarea de rescatar a estos hombres casi una misión personal. La crítica lo describió como un retrato sombrío e inquebrantablemente franco de una subcultura al límite, y ese «al límite» es la clave tonal de toda la obra: el chemsex aparece ahí casi exclusivamente en su cara más oscura, ligado a la autodestrucción, al deseo de contagiarse de VIH como forma extrema de gestionar la ansiedad ante la enfermedad, y a ciclos de vergüenza de los que algunos personajes logran escapar y otros no.
“Chemsex: un viaje al interior” parte de una intención explícitamente distinta: sus propios responsables han insistido en que buscaban evitar tanto el paternalismo como el morbo, y construir un relato que reconozca el placer, el deseo y la búsqueda de vínculo junto al riesgo, sin reducir la práctica a una patología de la que solo cabe huir. Mientras el documental de 2015 se estructura en gran medida como un descenso a un submundo casi clandestino que la sociedad prefiere no mirar, el español se plantea como un trabajo coral y comunitario, construido junto a las entidades que llevan una década respondiendo a esta realidad, con un tono más de acompañamiento que de exposición. Es también, en cierto modo, la diferencia entre un país que descubre el fenómeno por primera vez ante la cámara y otro que llega diez años después, con un ecosistema de asociaciones, protocolos y aprendizajes ya acumulados, aunque todavía insuficientes.

Sin embargo, el paralelismo revela también una continuidad incómoda: diez años después de que el documental británico alertara sobre la relación entre chemsex, VIH y salud mental, el documental español confirma que el estigma y la falta de recursos específicos siguen prácticamente intactos en gran parte del sistema sanitario. Ambas películas, separadas por una década y por un tono distinto, coinciden en la misma conclusión de fondo: el silencio institucional no ha desaparecido al ritmo en que ha crecido la práctica, y sigue siendo necesario un trabajo activo de visibilización para que la respuesta sanitaria y social no vaya, una y otra vez, diez años por detrás de la realidad que pretende atender.
“Chemsex: un viaje al interior” no ofrece una respuesta fácil ni un final moralizante: expone una práctica compleja, atravesada por el deseo, la vulnerabilidad, la salud mental y la desigualdad en el acceso a recursos, y defiende que la única forma responsable de abordarla es hablar de ella sin castigo previo. Frente al reflejo casi automático de convertir el consumo de drogas en un relato de culpa individual, el documental (y el trabajo de reducción de daños que retrata) propone mirar primero las causas: soledad, estigma acumulado por generaciones de VIH, falta de espacios de intimidad no medicados por la sustancia. Puesto en diálogo con el “Chemsex”de 2015, el documental de Demar confirma que visibilizar no es un punto de llegada sino un proceso que hay que sostener en el tiempo: la vergüenza y el silencio no se disuelven con un solo documental, por necesario que sea, sino con la acumulación constante de testimonios, recursos y voluntad institucional que impidan que la respuesta llegue, de nuevo, demasiado tarde.
Antes de cerrar, queremos compartir contigo otros enlaces donde, desde Brillantes Sensaciones, ya hemos hablado de chemsex, por si te apetece seguir profundizando:
“En la acera de en frente”: Chemsex
“En La Acera De En Frente”: Cuando la química es más que feromonas, Chemsex parte 2
“Queer As Cinema +”: “Espejos de Realidad y Resistencia” El Chemsex desde la perspectiva Audiovisual
Dialoguemos, debatamos, compartamos.
QUEER AS CINEMA +:
«cada película, una revolución. Cada documental, una realidad que otros prefieren callar.”
Dialoguemos, debatamos, compartamos.
QUEER AS CINEMA +:
«cada película, una revolución. Cada documental, una realidad que otros prefieren callar.”
Miquel Claudí-López
Comunicador Audiovisual
Periodista
@miquelclaudilopez
@enlaaceradeenfrente
@queerascinema